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Sábado 29.11.2008, 16:20 hs l Montevideo, Uruguay
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Editorial


Crónicas de luz y sombra

Ayacucho: el honor y los muertos

Luciano Álvarez

Según las Historias Patrias, la última batalla de la independencia americana tuvo lugar el 9 diciembre de 1824 en la pampa de la Quinua, a 2.761 metros sobre el nivel del mar y cerca de la antigua ciudad de Ayacucho, al sur de la sierra central del Perú.

Allí estuvieron frente a frente -siguiendo a las Historias Patrias- el ejército patriota comandado por el general Antonio José de Sucre frente a los españoles comandados por el virrey José de la Serna e Hinojosa.

Era el final de quince largos años de batallas sobre el territorio más extenso que guerra alguna había conocido hasta aquel entonces.

El principio del fin había comenzado casi cinco años atrás, el 1° de enero de 1820 cuando se preparaba en España un ejército destinado a combatir la revolución. Ese día, el teniente coronel Rafael de Riego, que mandaba el batallón de Asturias, se sublevó para restaurar la Constitución liberal de Cádiz (1812) e iniciar lo que la historia española llama el trienio liberal.

Desde ese momento cesaron los envíos de tropas y suministros a los ejércitos españoles de América.

A esa altura -si exceptuamos Cuba y Puerto Rico- sólo el virreinato del Perú se mantenía bajo la autoridad española.

En 1821 desembarcaron las tropas de San Martín y se dirigieron a Lima. El virrey la Serna -un liberal- "luego de negociar brevemente y con poco entusiasmo con San Martín sobre la posibilidad de poner un Perú autónomo bajo el mando de un príncipe Borbón, evacuó Lima en julio de 1821 y llevó su ejército a la sierra, en donde estableció su cuartel general al comienzo en Huancayo y luego en Cuzco". (John Fisher, El Perú Borbónico).

Mientras tanto, San Martín proclamó la independencia del Perú (julio de 1821) y continuó parsimoniosamente una guerra de grandes marchas y pequeñas acciones.

En setiembre de 1822, luego de la célebre entrevista de Guayaquil, San Martín se retiró para siempre de América, dejándole el campo libre a Simón Bolívar.

Pocos meses más tarde terminaba el trienio liberal en España, cuando el 7 de abril de 1823, un ejército francés -los Cien Mil Hijos de San Luis- llamado por el nunca suficientemente denostado Fernando VII, venció a los liberales. Se restauró el absolutismo, se asesinó y encarceló a los liberales.

Esta situación tuvo su réplica en Perú en enero de 1824. El general español Pedro Antonio Olañeta, con los 4.000 hombres de su división, declaró la guerra a los liberales españoles y se autoproclamó "único defensor del altar y del trono". Unos meses antes había llegado Simón Bolívar al Perú, para terminar con la resistencia española.

El virrey y teniente general la Serna comandaba un ejército de 9.310 hombres con 1.000 caballos y 14 cañones; su principal general Jerónimo Valdés y buena parte de la oficialidad, eran liberales. Este ejército de español tenía sólo las banderas: los oficiales eran criollos y los soldados, quechuas, aymaras, mestizos y negros. Sólo había un 5 por ciento de españoles.

Todo habría de terminar en la pampa de Ayacucho, "el rincón de los muertos" o "de las almas" en lengua quechua.

El virrey sabía que la guerra estaba perdida: no podía hacer más levas ni esperar refuerzos ni suministros de ningún tipo, de manera que, aun si ganaba la batalla, nada se decidiría.

Tampoco estaba dispuesto a imponer en América el absolutismo, por lo que en cualquier momento podría ser llamado a España para ser encarcelado por liberal. Ganar era prolongar la agonía, retirarse implicaba luchar con las fuerzas de Olañeta, que les odiaba más a ellos, por ser liberales, que a los independentistas; rendirse sin pelear era cometer traición y consecuentemente ser fusilados -si regresaban a España- por cobardía ante el enemigo.

Cuenta Juan Carlos Losada (Batallas decisivas de la Historia de España. Aguilar, 2004) que los oficiales españoles concluyeron que estarían más seguros si se rendían que si ganaban la batalla, pues era seguro que el enemigo les trataría mejor que sus propios compatriotas absolutistas.

Muchos de ellos habían sido compañeros de promoción en España de los generales americanos y habían combatido juntos contra los franceses, como el caso del virrey la Serna y el general José de la Mar y Cortázar, que se había pasado en 1821 al bando independentista; ambos habían luchado juntos en la defensa de Zaragoza contra Napoleón.

Se desencadenaron así, una serie de hechos misteriosos sobre los que los protagonistas guardaron siempre un escrupuloso pacto de silencio.

Lo cierto es que, a las ocho de la mañana del día 9 de diciembre de 1824, el general español Juan Antonio Monet se presentó en el campamento enemigo y conversó con el general José María Córdoba y con otros mandos americanos mientras los oficiales de ambos bandos confraternizaban. Nada se sabe a ciencia cierta sobre lo que se conversó y eventualmente negoció.

Los oficiales desayunaron y después se fueron a vestir para el combate, como si se tratase de un desfile. A las 10:30 de la mañana, Monet anunció que comenzaba la batalla.

Tantas conversaciones previas y secretas hacían predecir que se estaba urdiendo una comedia para justificar la rendición española.

Sin embargo, la batalla duró dos horas. Dicen que la Serna buscó la muerte; cargando impetuosamente cayó prisionero perdiendo sangre por seis heridas. Dicen que el General Sucre le rechazó la espada con la frase: "Honor al vencido. Que continúe en manos del valiente".

Cuando los españoles emprendieron la retirada, el general Valdés -futuro jefe del ejército liberal en las guerras carlistas de España- sentado en una piedra y ensangrentado dijo a su ayudante: "Mediavilla dígale usted al virrey que a esta comedia se la llevó el demonio".

Canterac, jefe de Estado mayor español, que había logrado reunir unos 500 combatientes, pensó retirarse a Cuzco, pero sus hombres se rebelaron y tuvo que aceptar la rendición.

En sólo dos horas de batalla los realistas, con abrumadora superioridad de artillería y el doble del hombres, sufrieron 1.400 muertos, casi todos pobres soldados peruanos y 700 heridos; los independentistas contaron 309 muertos y 670 heridos.

Todos los generales, jefes y oficiales fueron hechos prisioneros con una increíble facilidad y salieron casi indemnes; un total de 15 generales, 16 coroneles, 552 oficiales y 2.000 soldados. El resto desertó.

Tras la batalla se firmó la capitulación, que establecía la rendición total y la entrega de todas las plazas, así como la seguridad y libertad de todos los militares españoles.

Estos podrían incorporarse al nuevo ejército peruano manteniendo su graduación y honorarios, un nuevo estado que muchos aceptaron.

El honor de los oficiales quedó a salvo y las apariencias políticas y militares cumplidas, aunque para hacerlo se sacrificó la vida de miles de humildes soldados que no entendían nada de todo el montaje que se ventilaba.

Las Historias Patrias se encargarían luego de convertir a Ayacucho en un mojón de gloria, cargas heroicas y gestos caballerescos.

El País Digital

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