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Toquinho y María Creuza tuvieron que hacer 3 bises
S.A.
Podría decirse que desde Vocé abusou, segunda canción del concierto, María Creuza conquistó al público que agotó hace varios días el Plaza. Pero la verdad es que la mayoría de los presentes estaban entregados de forma incondicional a lo que fuera a hacer tanto ella como Toquinho.
A pesar de la carencia de intimidad tan característica de los espectáculos que el dúo compartía con Vinícius De Moraes (registrada en el disco que llevaba el nombre La Fusa, por el boliche que funcionaba en Buenos Aires, Mar del Plata y Punta del Este) y de un sonido típico del lugar que va contra las voces, la intensidad de esta celebración no decayó nunca. La primera ovación de la noche fue para la intérprete, ni bien apareció sobre el escenario para cantar Chega de saudade. Esforzada pero disfrutando y sin haber perdido la profundidad serena de su voz, Creuza recordó la fuerza y el valor que puede tener un intérprete serio.
Después, y previo interludio con un pequeño jam del trío de batería, bajo y teclados estable sobre el escenario -algo que sucedería siempre que salían y entraban Toquinho o Creuza-, llegó el ingreso del guitarrista.
Igualmente aplaudido y vivado por un público cuyo promedio de edad superaba los 50 años pero efervescente desde el comienzo del espectáculo, Toquinho regaló canciones como Tarde em Itapuá, quizá su canción más notoria.
Entrañable como siempre, y con una buena dosis de anécdotas sobre sus años con Vinicius entre canción y canción ("fueron muchos años y muchísimas botellas de whisky" contó riéndose), el paulista volvió a dar una exhibición sobre ejecución de guitarra, como lo hizo en el Solís en febrero del año pasado.
Los ojos mostraban a Toquinho acariciando apenas su guitarra y moviéndose como si eso no representara gran cosa, pero lo que llegaba a los oídos era un son veloz que incitaba al movimiento, con raptos de virtuosismo. Con esa velocidad pasó por temas compartidos con Chico Buarque en su exilio italiano y otros de su "parcería" con Vinicius como Aquarela, en una mezcla de español y portugués. También tuvo un momento sobre el final para evocar a Baden Powell.
El final, con ambos artistas juntos cantando A felicidade arrancó el griterío del público, que no se calmó después de tres regresos y de que mucha gente se acercara a bailar al frente. Quedó claro que el espíritu de La Fusa, a casi 40 años de su origen, sigue vigente y no sólo en las radios.
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