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El ya cansador debate en torno a la violencia en el fútbol, imprevistamente ha dejado algo positivo. Entre tanta palabrería estéril, ha impuesto a nivel social la discusión sobre la marginalidad en la que vive una parte cada vez mayor de nuestra sociedad, y las tenebrosas perspectivas que eso augura a futuro, a menos que se tomen medidas urgentes.
Desde jerarcas políticos y policiales, pasando por sociólogos y hasta los máximos "barras bravas", todos han estado de acuerdo en que hay un problema que excede en mucho a sus posibilidades de control, que es una creciente población juvenil marginal, que no respeta leyes ni "códigos". Resultaron ilustrativas las palabras del ex jugador de la selección, Hugo de León, quien en una nota con El País el pasado domingo señalara verdades como ésta: "En los barrios periféricos viven miles de jóvenes que llevan una vida paralela, acostumbrados a pedir de chicos, a robar luego, y más tarde a andar drogados y tomados".
Estas palabras expresan lo que cualquiera que camine por la calle sabe, pero que pocos quieren aceptar. La sociedad uruguaya, otrora ejemplo de integración social en América, se ha ido fragmentando de una manera tan violenta, que existe una creciente población marginal que no acepta las normas básicas de convivencia. Y los números son alarmantes.
Según un censo de la ONG "Un techo para mi país" (¿no había un Ministerio de Vivienda para esto?) hay 251.884 uruguayos viviendo en 566 asentamientos (7,6% de la población), de los cuales más de 20 se han formado en estos últimos 3 años de bonanza económica. Pero más allá de lo doloroso de estas cifras, hay datos que ilustran sobre la problemática que estas barriadas marginales presentan. El 56,1% de las familias está "colgada" a la luz, "con conexiones caseras y riesgosas", el 79,1% usa pozos negros, que no están en condiciones reglamentarias y contaminan el suelo. Y la seguridad es el punto más débil de los asentamientos ya que las comisarías tienden a ubicarse en promedio, a más de 10 cuadras en un 75,4% de los casos.
Lo que esto revela es que casi el 10% de los uruguayos vive por fuera de la sociedad "formal", donde el Estado ha desaparecido y dejado de cumplir con sus roles básicos (algo que indignaría al más neoliberal). Y lo que es peor, los índices de natalidad entre estas poblaciones, son mucho más elevados que en el resto, por lo que el problema tiende a agravarse porcentualmente con cada generación. Son nuestras propias "favelas", incipientes y a escala uruguaya.
No es cuestión de criminalizar a quienes pese a su esfuerzo y trabajo, han quedado por distintos motivos radiados de la sociedad formal. Pero a la hora de entender este problema, vale preguntarse cómo funciona la mente de un joven que tal vez sea el producto de tres o cuatro generaciones de vida en la marginalidad más absoluta. Y, como dice De León, "lo que se viene en este país es muy feo", a menos que toda la sociedad entienda el problema y decida buscarle una solución, mientras todavía es solucionable.
Para eso se necesita una acción decidida del Estado pero, sobre todo, sin que intervenga la politiquería menor (como sí intervino en la formación de muchos asentamientos). Se necesitan auténticas políticas de Estado, algo en lo que el actual gobierno ha mostrado déficits alarmantes. En estos días, desde un diario oficialista, la ex candidata a presidir el Frente Amplio, Constanza Moreira reclamaba por estas mismas políticas suprapartidarias, y se preguntaba "¿acaso no es bueno tener un plan de Equidad?". Claro que lo es.
El gran tema es que un gobierno que quiera implementar planes a futuro, tiene que acordarlos con quien puede sucederlo. Y no colocar a la cabeza de lo que podía ser una buena idea, a la principal dirigente del partido comunista, el más sectario del país. La consecuencia fue que los cargos más importantes en las reparticiones destinadas a ejecutar ese plan quedaron, no en manos de expertos intachables, sino de toda la cúpula dirigente de ese partido, (entre ellos muchos familiares, seguramente no por nepotismo, pero es que los ideológicamente puros no son tantos), y se vieron episodios bochornosos como el famoso "el INDA dámelo a mí, pero el cura quedátelo vos". Linda forma de hacer políticas de Estado.
¿El resultado? La sociedad invirtió más de US$ 100 millones, sin ninguna contrapartida, nulos controles, y los asentamientos siguieron creciendo. Un ejemplo de como no se deben hacer las cosas.
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