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REBAR
Cerré la columna del último lunes -dedicada al 60° aniversario del Príncipe de Gales- haciendo eco al rumor de que estaría marchando entre allegados varios y amigos íntimos, un colectivo que pudiera aliviarlo de su actual apremio económico. Bueno, pues: la iniciativa se frenó. Isabel II -fanática de todas las tradiciones inglesas- al enterarse tronó desde el trono: "¡Nada de colectivos: o se le hace un ómnibus de dos pisos... ¡o nada!"
Se reunió de mala gana con la nuera Camilla, y le puso el repertorio de festejos:
-You encárgate de una fiestita en la casa de campo de Highgrove... que yo me ocupo de Buckingham.
La intención de la soberana no era otra que la de alejar a su primogénito, de la depresión que podría provocarle un cumpleaños pasado de largo, con el fondo ennegrecido de una posición económica en riesgo de extinción. Casi 60 millones de dólares arrojados al Támeseis, apenas iniciada la recesión mundial.
Camilla cumplió la orden: se comunicó por mail on Mirtha Legranand, a fin de consultarla sobre qué haría para el caso de recibir en un almuerzo a 150 personas, entre representantes de casas reales y "berretas" de cualquier lado. El sabio consejo de "Chiquita" desembocó en un menú, inmediatamente aprobado por Camilla, del que se sacaron suficientes fotocopias traducidas a varios idiomas, para que los concurrentes supieran qué comerían, en su propio lenguaje. Abría un salmón escocés (sin gaita); un caviar de beluga; venado de Gales (enlazado a tiempo en su carrera); vegetales de granja orgánicos, rociado todo con vinos y champagnes de primer tapón. Cuando esto hiciera efecto (para bien o para mal) comenzarían a lanzar sus alaridos Elton John, Rod Stewart y Mick Jagger; no tardó en producirse la ladrada protesta de todos los perros de Highgrove, que se sintieron afectados por tan desleal competencia. Felizmente, los canes se calmaron; y la cosa terminó sin incidentes.
Veinticuatro horas después, Su Majestad arremetió con todo en su calidad de locataria: recibió a Charles y su barrabrava, en Buckingham Palace. Allí lo esperó con una torta gigantesca de diez pisos (sin pent-house, por razones de economía) a la que Isa deseaba coronar con uno de sus sombreros en forma de frutilla, con el que suele ir de compras por el Covent Garden. Por suerte, su jefe de relaciones públicas y, además, asesor en repostería, logró disuadirla.
La reina agregó, a la lista de obsequios al agasajado, la formal promesa de que abdicará a su favor cuando en 2013 cumpla 87 años (ella, sí; no él). Me parece adivinar que, en medio del festejo coreando "God save the Queen", Charles se acercará a su progenitora y, amoroso hijo como es, le susurrará al oído: "Vamos, viejita: no se me distraiga... ¡Venga la coronita!
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