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Gonzalo Aguirre RamÍrez
El pasado fin de semana no hubo fútbol. Los partidos fueron suspendidos por la propia AUF para intentar poner fin a la crónica violencia que impera en los espectáculos de dicho deporte, ante el enésimo episodio de esa naturaleza, protagonizado por hinchas de Nacional y Danubio, aunque el presidente de uno de estos clubes dijo que no lo son. ¿Y qué son, entonces?
El problema excede los marcos de la actuación de los dirigentes deportivos y del rol harto ineficiente que cabe adjudicarle al instituto policial en su control y represión. Constituye la expresión del comportamiento anormal de un sector de la sociedad, que exhibe sus códigos incivilizados y su violencia, so pretexto de asistir a los espectáculos deportivos.
En la última edición de Búsqueda se publicó un largo reportaje al ex presidente Sanguinetti -también otro a Jorge Batlle en el que éste dictó Cátedra-, en el que aquél expresó, entre otras verdades:
"Cuando en la sociedad no hay simplemente un loco delincuente sino todo un sector de la sociedad que está al margen de esos códigos y valores -los de la gente civilizada-, que se comunica distinto, que habla distinto, que no respeta las leyes, que cree que puede vivir de otras cosas, que confunde los términos, allí aparece la sociedad dualizada. O sea, existe una sociedad estable, regulada por las leyes, y otra sociedad que vive en el mismo territorio, que integra la misma población, pero no la misma sociedad. Como consecuencia, se siente agredida por el resto y a su vez agrede".
Es verdad. Rigurosamente verdad. Cuando los domingos voy hacia Maroñas, un poco antes de las tres de la tarde, a los integrantes de esa otra sociedad los veo venir por Centenario hacia el Estadio, disfrazados con la camiseta del club que han elegido para expresar su furia -generalmente es la de Peñarol, pero no es cuestión de agarrársela con este club-, tomando vino o cerveza y muy probablemente drogados. Verlos, es penoso e inquietante. No van a presenciar un espectáculo deportivo. No, con motivo de éste van a ser protagonistas de su propio espectáculo, que mete miedo y asquea a las personas normales que todavía tienen la inconciencia de ir a ver un partido de fútbol. En el Estadio o donde sea.
También pertenecen a esa otra sociedad los hinchas de Atenas -¡si los vieran Borderes y don Víctor Soliño!- y Unión Atlética que impidieron que se jugara un partido entre ambos clubes y se trenzaron en una trifulca fenomenal. Y también forman parte de ella los jóvenes que todos los días laborales del año veo tirados en la acera oeste de la ex calle Ibicuy, cuando voy o vuelvo de la Suprema Corte o de los juzgados adyacentes, drogados y envueltos en trapos, frazadas o cartones. Penoso espectáculo, que la Policía y la Intendencia ignoran, así como ignora la primera, parece, que la pasta base consumida por estos desechos humanos se vende en una abandonada casa de las cercanías.
Vuelvo a los partidos de fútbol. Dada la magnitud y origen del problema, difícil es solucionarlo. Pero algunas medidas se pueden tomar, para moderarlo. Primera, suprimir por completo las entradas de favor. El que quiera ver un partido en vivo y en directo, debe pasar por las boleterías. Segunda, hay que asistir vestido normalmente. Los que luzcan la camiseta de un club, no pueden entrar. Tercera, la policía debe controlar el ingreso. Sobre todo, de los jóvenes. Quien venga armado o alcoholizado, no debe permitírsele el acceso.
Con esas tres medidas, el problema se moderará.
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