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MIGUEL CARBAJAL
El buen gusto va y viene como la marea. A lo largo de los setenta, cuando el tango estaba cadavérico, reinaban los Beatles y los Rolling Stones cimentaban su perfil de fenómeno cult, la música del grupo sueco Abba se oía con displicencia. Resultaba melódica, pegadiza, alegre, pero el eje cultural la tildaba de demasiado liviana, evanescente, más pegada al jingle que a una estructura musical. Tan parecida a un pop acaramelado que parecía escapada de las golosinas del Parque Rodó. Los intelectuales la despreciaban.
Ahora hablan de ella en voz baja, casi cariñosamente. La prestigió una comedia en Broadway y una película en donde brilla Meryl Streep. Pero sigue siendo la misma. Y no es el único Lázaro musical de los últimos tiempos. Unos años antes y en latitudes más cercanas, un cantante argentino atomizó el basamento estético de la época. Las ululantes Fuiste mía una vez y Quizá simplemente le regale una rosa hicieron de Leonardo Favio una especie de Pavarotti de La Salada, la feria marginal de Lomas de Zamora. Resultaba intolerable escuchar los jadeos de Favio, de pronto corrido de su nicho de actor preferido de Torre Nilsson, y director de cine sorprendente.
Favio con el micrófono en la mano era otra persona. La música fue para él un salvavidas y una carga pesada al mismo tiempo. Pudo haber sido sólo un acto aberrante si no estuvieran como causales la necesidad económica, la persecución política y cierto instinto kitsch que los muchachos de Whisky retrataron para siempre. Crónica de un niño solo fue considerada la mejor película argentina en una encuesta realizada por especialistas en el año 2000. No fue un desacierto.
El romance del Aniceto y la Francisca siguió el mismo camino. Ambas, y su responsabilidad en El dependiente, figuran entre los logros de la producción porteña.
Una invitación de Bergara Leumann y el instinto de un ejecutivo de la CBS apuraron paralelamente su carrera musical. Peronista notorio, y reincidente, los golpes militares atentaron contra su condición de director de cine. Pero ya había tenido problemas con la censura.
El periplo personal de Favio ha estado a la altura de sus ambiciones, siempre grandilocuentes. Nazareno Cruz y el Lobo es la película argentina más vista. Juan Moreira se acerca al mito literario. Gatica, el Mono, lo puso de nuevo en el centro de la consideración pública.
El Favio casi bressoniano de los primeros títulos se había convertido en un personaje felliniano. ¿Y su música? En una bohardilla por ahora. Cambió el pañuelo que envolvía su calvicie por un gorro blanco de lana que disfraza una enfermedad seria. Ya no está para giras. Hizo del Aniceto un ballet que le valió un reconocimiento interesado de Cristina Kirchner en el último Festival de Mar del Plata.
Y lo agradeció con demasiada generosidad. La política siempre ha sido un problema para él.
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