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JUAN MARTÍN POSADAS
El mundo vive una crisis económica de dimensiones catastróficas. Ella ha producido un empobrecimiento general y un desconcierto igualmente generalizado. Economistas, gobernantes, periodistas y entendidos de varios tipos producen opiniones a granel: remedios, ninguno. Esa es la situación general.
En el Uruguay no sucede nada diferente, como era de esperar. Los uruguayos individualmente andamos cada uno muy preocupados (excepto los empleados públicos a quienes nada les cambia nada). Hay temor al seguro de paro, a la reducción del salario, a los incumplimientos forzados, al cierre de empresas y al abandono de proyectos.
Alguna de esas penurias va a suceder indefectiblemente y nos molestan las voces oficiales que dicen que nuestro país está blindado y seguro.
El desconcierto en que se vive no es solamente producto del impacto -hace un año navegábamos viento en popa y con el cinto henchido- sino del desencuentro entre la actitud que se plantea el particular y las medidas que toman los gobiernos. El particular responde moderando sus gastos, retrayendo su consumo, procurando un ahorro para ponerlo a salvo. Los gobiernos, por lo que se ve, tienden hacia lo contrario: desembolsan billones y billones para que no se seque el crédito y no pare el consumo. El particular, ante la crisis, dice: mejor pospongo la compra de la nueva casa o dejo para más adelante el cambio de auto. El gobierno del Brasil, en cambio, está derramando millones en la industria automovilística para que siga produciendo. En Estados Unidos están contemplando una decisión similar. ¿Quién va a comprar esos autos nuevos? Para eso están los nuevos créditos. El particular ve que los gobiernos y los gurús de la economía se desesperan porque siga funcionando la maquinaria estropeada; si la máquina se detiene colapsa el sistema ya herido, pero ¿no es el sistema el que produjo el colapso? El dilema no es de fácil resolución.
Pero el gobierno del Uruguay que ni pincha ni corta en el sistema ¿por qué insiste en un discurso tranquilizador? Quizás busque calmar los ánimos de la gente; las corridas bancarias son generadas por gente nerviosa. Pero ese no es el riesgo en Uruguay: acá estamos literalmente vacunados por lo que sucedió en 2001. Entonces ¿para qué el engaño?
El engaño tiene otros motivos; motivos domésticos, del gobierno uruguayo. Repetir que aquí no va a pasar nada grave apunta a dos objetivos. Primero, defender la gestión económica del gobierno; hay que neutralizar la imputación de que gastó todo sin guardar reservas y desvirtuar los motivos de sospecha de que, con un consumo en caída, no podrá cumplir con los gastos prometidos y comprometidos para el año que viene. Tiene que disimular que no implementó lo que los economistas -especialistas en inventar palabras- llaman medidas contracíclicas. En una palabra: el prestigio del equipo económico está en juego. Y, segundo, porque el año que viene, cuando ya se sienta el hacha, será año electoral y el partido de gobierno, enredado en sus complicaciones internas tan visibles, no quiere estar en la necesidad de dar explicaciones. El gobierno se defiende pero no nos defiende.
¿Cuáles serán las decisiones que tendrá que tomar el ciudadano de a pie para defender su capital o sus ingresos? Cada uno tendrá que buscarlas sin atender a lo que diga el gobierno (que está con otras preocupaciones). En esa búsqueda tendrá que sopesar, además y como parte de la misma, cómo va a votar el año que viene.
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