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Martes 18.11.2008, 13:35 hs l Montevideo, Uruguay
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Editorial


[EDITORIAL]

Reflexiones educativas

El educativo es un tema recurrente en todo tiempo y lugar del planeta. No recordamos ningún momento en la historia de la humanidad en el que todos los integrantes de la sociedad estuvieran de acuerdo con los contenidos y los resultados obtenidos por el sistema educativo vigente. Siempre han habido críticas. Y ello es así por lo menos desde Sócrates -que se quejaba de la impertinencia y de la irrespetuosidad de la juventud ateniense- hasta nuestros días. En Francia, por ejemplo, se dice que cada ministro de Educación lleva a cabo la reforma del sistema y, al nuevo, se lo identifica con su propio nombre.

En el Uruguay llueven las críticas respecto a la mala calidad de la enseñanza en todos los niveles y, por ende, se tiende a considerar que la educación vigente en el pasado era mejor que la actual. Pero ese pasado parece ser muy subjetivo e imprecisable. Porque, en verdad, si nos remontamos a 10, 20 o 50 años atrás encontramos la misma inconformidad que hoy respecto al sistema que regía en ese entonces. ¿Quién no recuerda la muletilla, usual desde siempre, que resumía el juicio menoscabante sobre nuestra educación? Que era libresca, que los alumnos estudiaban en apuntes pero no en fuentes académicas, que Secundaria no preparaba para la vida...

¿Estaremos todos equivocados o todos acertados en nuestra opinión? Una cosa es indudable: principalmente desde el fin de la 2ª Guerra Mundial, la humanidad está enfrentando desafíos que implican cambios radicales en la vida cotidiana y en las perspectivas de la especie: los transplantes de órganos, la aventura espacial, las comunicaciones satelitales, la energía atómica y otras alternativas, la Tv, los celulares, la informática, los transgénicos, la globalización..., por citar algunos de los más notorios y significativos.

En consecuencia, ante avances tan profundos, la educación ha de adaptarse constantemente a ellos. Debe ser una educación permanente. Pero, obviamente, la educación -que viene después de ese proceso innovador- no puede ofrecer resultados inmediatos y, mientras tanto, da lugar a los consiguientes reparos contra su insuficiencia o su falta de modernidad. Sin embargo, lo importante es mantener vivo el sentido crítico de la sociedad. Ello incluye no sólo el funcionamiento del sistema educativo sino la sospecha de que esto, nunca figurará entre las prioridades presupuestales, lamentablemente. Y que en su contra -como agentes que lo socavan- hay que incluir las malas condiciones de vida de parte considerable de la población, la cada vez más debilitada gravitación del núcleo familiar así como la existencia de vicios sociales en medio de un clima de inseguridad generalizada.

A lo anterior hay que agregar un capítulo fundamental: es el relativo a la influencia de la educación impartida por los medios de comunicación masiva, principalmente la televisión. A nadie se le escapa que el niño y el adolescente de nuestro país ocupan una mayor parte de su tiempo libre en mirar televisión y que el mismo sobrepasa al que dedican diariamente a las aulas escolares o liceales. No puede desconocerse, entonces, que su personalidad se forja, en buena medida, según los programas que ven en la pantalla chica, difusión de lo peor que se produce en el extranjero. Allí, lo que predomina es un humorismo grueso y grosero, un lenguaje procaz, una exaltación de lo vulgar y de lo sexual, una carencia del arte de insinuar, sugerir, dominar los matices y de cultivar los valores superiores.

Las gremiales de la enseñanza pretenden cogobernar en los Consejos correspondientes, pero, ¿por qué no manifiestan igual inquietud por constituirse en veedores del Poder Ejecutivo en los canales de Tv?

Volvamos al principio: si la educación ha de ser permanente, su constante reforma o adaptación también debe serlo. Más allá del contenido instrumental de la educación -que es tan importante como imprescindible- están todos aquellos valores de los que no se ocupa la evaluación hecha por organismos internacionales mediante estadísticas y porcentajes. Hablamos de lo que queda fuera de esos estudios: el tesón, el coraje, la honestidad, la lealtad, la buena fe y la sensibilidad. Todo esto no es cuantificable ni medible pero pertenece a la educación integral y debe constituir un objetivo tan válido como el que forma parte de la instrucción curricular. Es el verdadero campo de acción de un educador, que es, etimológicamente hablando, quien guía, quien conduce.

El País Digital

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