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MATÍAS CASTRO | LA FARÁNDULA
Ricky Martin parecía un buen tipo. Tiene una fundación que trabaja por los niños que han sufrido abusos de variado tipo. Es un individuo amable, transmite mucha tranquilidad a la hora de hablar, cosa extraña para una persona que lleva su rocambolesca vida de estrella. Es una figura discreta, no vive de los chismes, huye de los rumores y no es amigo de las cámaras paparazzi. Pero tenía que dar el mismo paso que otros.
La semana pasada nos enteramos que firmó un contrato con las revistas People y Hola! gracias al cual cobraría unos 3 millones de dólares por las fotos de sus dos hijos obtenidos con un vientre de alquiler. O bien Ricky quiere volver a vivir la vida loca, como cuando estaba en la cima de su fama, o bien tiene deudas, o vaya uno a saber. De todas maneras vender la exclusiva de las fotos de dos hijos que ha querido mantener protegidos del carnicero mundo del espectáculo es una decisión cuestionable. Claro está que estas palabras no le llegarán, y en el remoto caso de que le lleguen, tampoco le moverán un pelo. No es el objetivo de esta columna convencer a Ricky Martin (aunque difícilmente alguien se pueda imaginar una idea semejante).
Los niños se llaman Mateo y Abraham y de ellos no se ha visto un pelo. Un mes atrás apareció una foto muy bien trucada en la que Ricky sostenía dos niños. El engaño no duró demasiado, y todo el mundo quedó con las ganas de verlos.
Ahora, por tres millones de dólares hará lo que muchas otras celebridades. Los mostrará con una gran sonrisa y también hablará con sinceridad de lo que los periodistas quieran preguntarle. Es que la sinceridad se puede comprar, no es barata. Con esto Ricky le pondrá fin a todos los rumores sobre su paternidad, y le pondrá el precio más alto a su palabra. Con lo cual no vale nada.
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