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JUAN MARTÍN POSADAS
El clima electoral está planteado de lleno en el país. Cuando eso sucede la reflexión sobre los asuntos públicos se tiñe de partidarismo. Mientras se mantenga lejos del sectarismo no hay por qué alarmarse. Con todo, aún la reflexión electoral, aquella que está invadida por candidaturas y solicitudes de voto, puede desarrollarse con provecho sin derivar hacia la competencia partidaria. Nada de malo tiene la competencia partidaria, muy por el contrario, pero hay aspectos de la reflexión política que se ubican fuera del ámbito partidario y también merecen atención.
El ser humano, en cuanto persona, está llamado a tomar decisiones y a elegir rumbos de forma natural y frecuente. Eso es la vida: elegir, decidirse. Hay decisiones cotidianas, de escasas consecuencias (¿me compro un traje?) y otras más trascendentes (¿me caso? ¿Abro una empresa?) Pero la persona en cuanto ciudadano toma decisiones que son por naturaleza colectivas.
Es por eso que las elecciones nacionales que se acercan son como la instancia por excelencia: cuando el ciudadano es llamado a votar, a elegir sus gobernantes y representantes. Ante esa convocatoria, que es una responsabilidad, el ciudadano se plantea qué debe hacer.
Los motivos y razonamientos que están detrás de la intención de voto de los uruguayos me han resultado con frecuencia enigmáticos. Y cuando, sorprendido que una persona haya votado de tal manera, inquiero un por qué, lo que proporciona el votante me resulta, casi siempre, más sorprendente aún.
Existen, a mi juicio, dos categorías de votantes. Por un lado está el votante que, en su fuero íntimo, está convencido que su voto no define nada. Por el otro lado está el votante que se aferra a la convicción de que su voto sirve, aunque sea un poquito, para determinar el rumbo futuro de la nación.
Aquellos que votan con la sospecha de que su voto no va a incidir en nada se apoyan en convicciones previas, explicitadas o no, anidadas allá en el fondo de su conciencia; nada va a cambiar porque el Uruguay es como es, hay una mentalidad instalada o un aprecio mórbido por ser como somos.
O si no: nada puede cambiar sustancialmente porque el mundo globalizado maneja sus ritmos y sus rumbos con mano de hierro y muy lejos de aquí. El tipo vota en base a preconceptos de esa naturaleza.
En consecuencia, vota para definir su identidad, vota para desahogar una rebeldía, vota por amistad con un candidato, vota por corrección política, vota para castigar, para diferenciarse, para enfrentar a su padre o para imitar a su padre y por mil propósitos y motivos que no tienen nada que ver con la política.
De ahí los casos de gente que votó toda su vida a la izquierda y cuando resolvió emigrar eligió hacerlo a Australia o Estados Unidos y no a Cuba o Rusia. Es decir: lo que está a su alcance elegir para el bien de su familia, lo que juega en el orden de la realidad manejable o elegible, se enfrenta con un criterio; lo que está en el orden donde mi decisión nada influye, se maneja con otro. Esto no es privativo de la izquierda: funciona en cualquier costado del espectro político.
Aquel, en cambio, que vota aferrado a la esperanza de que su voto tenga aunque sea una mínima influencia, votará según un análisis más detenido de la realidad nacional (único ámbito donde aspira que su voto se note) y votará preguntándose siempre por sus motivaciones al sufragar.
El voto obligatorio sólo cobra sentido si tiene un por qué.
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