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MATÍAS CASTRO
Basta de Madonna, digo yo. Imposible, responderán otros. Cuando la diva dijo, días atrás, que en una vida pasada fue una samurai, el vaso se derramó. No conforme con inundar las noticias cotidianas con las alternativas, dimes y diretes de su divorcio, ahora se anima a hacer ese tipo de confesiones místicas.
Con el comentario sobre su pasado carácter de guerrera se refería a su millonario e inminente divorcio, pero también hablaba en serio. "No lo puedo explicar, sólo lo sé. Soy buena a la hora de pelear, como luchar con una espada", dijo. Y mi abuelita tenía un biombo, podría haberle respondido en el hipotético caso de estar frente a ella.
Parece que esa sangre de batalla es lo que la mueve en su enfrentamiento con Guy Ritchie, quien ha dicho varios disparates sobre su intimidad. No estoy seguro cuál de los dos queda mal parado con este asunto. El martes por la noche Ritchie fue fotografiado en un boliche en Londres, bebiendo hasta la madrugada con sus allegados. Pero eso no tiene nada de malo, es la clase de escape al que acuden muchos hombres que recién se separan, en un intento desesperado por vivir la vida loca.
Claro que Madonna no precisa eso. Ya vivió sus años de locura y todo tipo de excentricidades hace muchos años. Ahora vive con prácticas excéntricas, a la altura de su estatus de diva mundial. La liberación que necesita va por otros lados, y no necesariamente por emborracharse en un pub. Tiene hijos que cuidar, pero, como se sabe, también tiene el suficiente dinero como para pagar veinte niñeras simultáneas.
Por momentos casi me arrepiento de haber comprado la entrada para verla en Buenos Aires. Todo lo que se dice sobre ella está a punto de saturar y de eliminar el interés que tiene todo su trabajo en la música.
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