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Apertura. Un espacio para las obras de un consagrado
JORGE ABBONDANZA
El miércoles a las 19 hs abre un nuevo espacio para las artes plásticas en la Ciudad Vieja. Se trata de la Galería Ká (en Rincón 622), donde el director Jorge Cancela dedicará sus actividades a divulgar la obra de destacados creadores nacionales.
Relacionado desde hace décadas con el medio de las artes visuales, mayormente a través de subastas de maestros modernos y contemporáneos, Cancela cumple con esta apertura una de sus aspiraciones mayores y agrega así su flamante sala al circuito de galerías de ese casco montevideano, enriqueciéndolo con el programa que ha preparado.
Porque su espacio se inaugura con una muestra de los últimos trabajos de Manuel Espínola Gómez, cuyas reproducciones impresas por medios digitales se habían expuesto por primera vez hace ocho años en la Galería Latina.
La diferencia consiste ahora en que se exhibirán los originales a partir de los cuales Espínola desarrolló aquellas reproducciones, de manera que la oportunidad es también un acontecimiento (lamentablemente póstumo) para acercarse a los ejercicios finales de su estupenda trayectoria personal.
La muestra cuenta con el apoyo de la Fundación Espínola Gómez, que resguarda en el viejo domicilio del maestro no sólo las obras que conservaba en su colección, sino además la torrencial documentación que ha dejado y ha sido prolijamente ordenada por los directivos de esa Fundación.
En lo que se verá a partir del miércoles, los bolígrafos de colores bailaron sobre el papel junto a los lápices, trazando una malla donde las formas surgen con la misma libertad de esos juegos que la mano dibuja a la deriva, pero también con la sugestión de ciertas marañas por las cuales circula el hilo de las emociones.
El pintor no parece buscar las imágenes que obtiene, sino que ellas nacen aparentemente solas, imponiéndosele poco a poco, llevadas por el flujo muscular que desde el brazo se extiende a las líneas ramificadas sobre la superficie, como si el cuerpo del artista mantuviera con su obra la continuidad de una sola fuerza.
Ciertos individuos tienen la posibilidad de gestar imágenes sin que la conciencia ejerza en ellas más que un mínimo control, como si las produjera una ráfaga de libres asociaciones en la que se traslucen los semblantes del mundo interior y exterior.
Porque se sabe que la fuerza del pulso toma direcciones imponderables y que su rumbo puede ser involuntario, aunque en este caso Espínola dispuso del auxilio de un colosal entrenamiento, gracias al cual se nota que los bolígrafos tienen su brújula para emprender el viaje a través del papel. En la caligrafía del pintor, ese movimiento revela un sello inconfundible, es el trazo pendular, amplio e imperioso que incluso está presente en la energía de su firma, igual que una constancia visual de identidad.
Con la potencia de ese gesto, las telarañas cromáticas se expanden sobre el soporte blanco y al ondular en él parecen diagramas hilados en la pantalla de la computadora para reproducir con una trama casi textil los jardines de la fantasía.
Ese parentesco informático revela cómo algunos creadores afilan su visión de acuerdo a las provocaciones de cada época, para lo cual parecen disponer de un mecanismo de adecuación a su tiempo que es similar al del guante sobre la mano. En estas obras realizadas en pequeño formato, las formas de Espínola pueden insinuar una germinación, pueden alargar esa espesura botánica como si fueran troncos o abrirse como tallos, pueden volverse opulentas y carnales, sombreadas de genitalidad, aunque también pueden ser atormentadas por espinazos que las atraviesan, tornillos que se clavan o tajos que las parten.
Esos organismos y articulaciones que el ojo va descubriendo, son indicios colocados por el pintor como si manipulara los significados de un texto codificado, entreabriendo las hojas para que pueda intentarse la lectura y se permita al interesado asomarse por esa rendija hacia el fondo de las cosas.
Nacido en Solís de Mataojo en 1921, Espínola Gómez conoció a los 15 años de edad al compositor Eduardo Fabini, quien lo impulsó a dedicarse seriamente a pintar. Su vocación fue tal que antes de cumplir los 20 años ya había ganado un Premio Adquisición con su pintura al óleo Circo al mediodía en el Salón Municipal de Artes Plásticas.
Entre los hitos más notables de su rica trayectoria destaca su participación en la fundación del Grupo Sáez en 1949, junto a Washington Barcala, Luis A. Solari y Juan Ventayol. Su inquietud por experimentar con nuevas formas se encontraba intacta en 1997, cuando realizó una serie de obras con birome sobre servilletas, impresas digitalmente.
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