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EDWARD PIÑÓN
Cuando ganó con el peruano Luis Horna el torneo de Roland Garros, Pablo Cuevas inscribió su nombre en la lista de los grandes tenistas que dio Uruguay a lo largo de la historia.
No había que ponerse a pensar si Diego Pérez, si Marcelo Filippini o José Luis Damiani, por sus logros en singles, son o fueron más importantes que Cuevas. De nada valen las comparaciones absurdas, lo único que interesaba era reconocer que un título de Grand Slam le daba a Cuevas su lugar en el imaginario salón de la fama del tenis uruguayo.
Hoy, que dio un paso hacia las semifinales del torneo de maestros de Shanghai, no hay que ser avaros en el elogio sobre el jugador salteño. Especialmente en estos tiempos en los que el poderoso fútbol no logra alcanzar los ribetes de antaño y en los que destacarse en el exterior parece ser casi una quimera.
Cuevas no precisa ser campeón del Masters, ni siquiera llegar a la final, aunque hay que reconocer que si lo hace llenará de orgullo a todos los uruguayos, para sentirse satisfecho con su actuación.
De la misma forma que hay que concluir que con esta actuación deportiva se metió en la historia del deporte de este país, porque cuando pasen los años, cuando ya haya colgado la raqueta, seguirá siendo el ganador de Roland Garros y el semifinalista del Masters.
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