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Hebert Gatto
Si explicar fenómenos sociales no es sencillo, comprender el éxito fulgurante de Barack Obama lo es mucho menos. Pero despejemos, para empezar, un error extendido: Obama no triunfó por su color o en contra de él; portando uno, demostró lo esencial: que las raíces étnicas no son lo importante para elegir un presidente. Tampoco rindió, aunque se intentó en la campaña electoral, ahondar, para descalificarlo, en sus orígenes familiares y en su nombre como expresión de una presunta ajenidad a su país. Nos referimos a su nombre de pila, Barack y al patronímico Obama. Árabe el primero, traducible como el "bendecido", vinculado a las deidades pre coránicas de los antiguos semitas; keniata el segundo, originado en los grupos lingüísticos Lou. Seguramente, como diría Borges, porque, salvo el de la deidad, los nombres poco importan. Y si importaran no es en política, como aquí se pretendió, donde deben hacerlo.
Tampoco nada definitivo, como explicación, se obtendrá de su religión o de su familia. De padres agnósticos (su padre egresado de Harvard, renunció joven al islamismo, se casó tres veces sin divorciarse y terminó alcoholizado y sin piernas), mientras su madre fue una libre pensadora heterodoxa y radical que permanentemente desafió el statu quo de su entorno. Obama, en sus años formativos, fue criado por abuelos maternos indiferentes a la religión, a la que adhirió tardíamente coincidiendo con su carrera política.
Mirada desde afuera, su vida, excepto en algún corto paréntesis, fue una sucesión de éxitos. Nació en Hawai, vivió en Indonesia con su madre y su segundo marido, regresó a casa de sus abuelos en Hawai donde concluyó el secundario, para trasladarse al continente donde se graduó en Ciencias Políticas y recibió con honores el título de Doctor en leyes de la Universidad de Harvard. Dirigió la revista de leyes de esa casa para identificarse luego con causas sociales de Chicago en las que destacó como abogado. Más tarde, y con menos de cuarenta años, fue reelegido tres veces senador en el estado de Illinois, hasta su consagración definitiva como el cuadragésimo cuarto presidente de los Estados Unidos, luego de pasar, defendiendo las buenas causas, por el Senado de su nación.
Escrutada más de adentro -donde todas las vidas son un misterio y sus claves ignotas- podría señalarse que perdió tempranamente a sus padres, y que un tiempo antes coqueteó con el alcohol y las drogas, incluyendo las pesadas, mientras aún lucha con el tabaco con el que convive en privado.
Nunca vivió con su padre, al que poco conoció, y por largos lapsos estuvo lejos de su madre. Se casó con una profesional exitosa y tuvo dos hijas, que no son rubias pero sí simpáticas y prometedoras. También escribió dos libros de prosa convencional. No sé si plantó algún árbol.
¿Algo de lo relatado explica su éxito?
Sin duda es un hombre inteligente y decidido, como hay millones en cualquier país del mundo. Un ser menos convencional que el promedio, hecho por sí, con poca ayuda de su entorno inmediato, lo que facilitó su identificación con las minorías.
Pero nada de lo que de él se conoce lo agota, excepto su carisma, la misteriosa sintonía que logró con el anhelo de cambio de una nación enferma de rutina, convencionalismo y decepción.
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