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Ayer se cumplieron 90 años de la firma del armisticio que puso fin a la Primera Guerra Mundial. Bautizada en su momento como la Gran Guerra, esa calamidad provocó diez millones de muertos y cambió el mapa europeo, con consecuencias desastrosas que dos décadas después desembocarían en la Segunda Guerra Mundial. Cuando los triunfadores de 1918 empuñaron el lápiz para dibujar la nueva geografía política que -según ellos- debía ordenar en el futuro la coexistencia europea, cometieron disparates cuyo costo sería incalculable. Cuatro de ellos pueden servir de ejemplo: desintegraron el Imperio Austro-húngaro que era un factor de equilibrio en Europa Central, mutilaron el territorio alemán partiéndolo en dos alrededor del "corredor polaco", inventaron países que jamás habían existido (Yugoslavia, Checoslovaquia) y corrieron fronteras desconociendo el solar histórico de varias nacionalidades. Nueve décadas después, Yugoslavia y Checoslovaquia ya no existen, fragmentadas en siete nuevos países, cinco de los cuales debieron sufrir un sangriento conflicto interno antes de nacer.
Para los jóvenes de hoy, un documento de 1918 es historia antigua, pero conviene informar a esos jóvenes que todo lo que sucedió después a lo largo de 90 años es el cimiento de la historia de hoy, el mundo de hoy y la realidad de hoy, un cuadro que también ellos comparten. Menos inclinados que las generaciones precedentes a contabilizar los acontecimientos del pasado, los jóvenes de este flamante siglo XXI deben saber que sin los puntos de referencia que vinculan a la actualidad con esos antecedentes, no hay manera de comprender debidamente lo que está ocurriendo en el planeta. Como se ha dicho, los pueblos que no conocen su pasado están condenados a volver a vivirlo, por la simple razón de que ignoran todo lazo entre causas y consecuencias y entonces tampoco saben aplicar las armas de la cautela, la estrategia y la prevención capaces de impedir que se repitan algunos males.
Durante las nueve décadas que han pasado desde aquel armisticio, se afianzó la Unión Soviética luego de una brutal guerra civil, reapareció Polonia como nación independiente, Italia recuperó zonas "irredentas" de su territorio y Francia obtuvo nuevamente Alsacia y Lorena. Pero en el curso de veinte años todo eso volvería a cambiar, la URSS anexó los países bálticos y la porción oriental de Polonia (que después nunca devolvió), Italia perdió nuevamente Istria y el "interland" en torno a Trieste y Alemania debió retroceder hasta el río Oder, para hacer lugar a la voracidad de Stalin, que hasta se quedó con una mitad de Prusia Oriental que Rusia ha conservado hasta hoy como botín de guerra. Allí, la vieja ciudad de Koenigsberg (ahora Kaliningrado), en cuya catedral está enterrado Kant, sigue siendo territorio ruso. Y todo eso es consecuencia de 1918, fecha en que a Hungría se le dio su independencia, pero amputándole Transilvania, que era parte inseparable de su antigua nacionalidad.
Por eso corresponde evocar la fecha nonagenaria en que se puso fin a la Gran Guerra. Porque ciertas incongruencias del mapa europeo derivan de ese dato, mientras el mundo seguía marchando y la Sociedad de Naciones daba paso a las Naciones Unidas, que han sido tan inoperantes como su antecesora para impedir o resolver pleitos entre los países. Por el camino quedaron algunos monstruos (Mussolini, Hitler, Stalin), quedaron las guerras civiles de España y de Grecia, quedó el surgimiento de la era atómica y hasta la Guerra Fría, episodios que han marcado los estados de ánimo de dos generaciones. Evocar ahora los 90 años de un documento político y militar, no sólo es un ejercicio de repaso de la historia. Es la recuperación de un hecho que determinó todo lo que vendría a continuación, mucho antes de que la Unión Europea impusiera su baño de prosperidad a un continente arrasado hasta entonces por los enconos, la metralla y el rencor. Es bueno saberlo para entender por qué no todo es armonioso en las relaciones internacionales, por qué el rumbo de las naciones parece olvidar el pasado que debería guiarlas, por qué los datos de comienzos del siglo XX mantienen hoy su vigencia y por qué ciertos países siguen guardando en la zona más sombría de su memoria lo que ocurrió hace casi un siglo, en noviembre de 1918, cuando terminaba una catástrofe y empezaba a prepararse otra.
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