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El verbo partir está unido al concepto de separar una parte del todo. Así, un partido político representa un sector de la sociedad, no la totalidad, mancomunado por determinadas ideas y propósitos. El Frente Amplio -aunque en las últimas elecciones representó a la mayor parte del electorado- fue siempre definido, como una colcha de retazos. Se trata, como se puede advertir, de una especie de pícara amabilidad con la que jugaban sus adversarios para referirse a algo que se componía de partes o de restos desechables que mediante un acto voluntario se unían para formar un conjunto precario que buscaba un fin concreto: acceder al gobierno. Alcanzó ese objetivo 30 años después de haberse fundado. A partir de ese punto, la colcha empezó a deshilacharse. Los retazos se perfilaron con una gran autonomía en su proceder y provocaron agujeros en la colcha a medida que la criticaban o, incluso, la abandonaban.
No vale la pena entrar en detalles en la materia pero lo cierto es que quienes se fueron del Frente Amplio alegaron que procedían así por considerarse puros, es decir, fieles a los propósitos iniciales de su Partido y a sus principios programáticos. La colcha se hizo así cada vez más corta y angosta. Este juicio se basa no sólo en los que ya no pertenecen a dicha coalición sino, además, en la legión de decepcionados que constituyen la masa de los votos "prestados" procedentes de otros partidos o de votantes independientes que creyeron en las banderas ondeadas por el Frente Amplio en la época en que esta agrupación carecía de responsabilidades gubernativas. Pero el hecho es que desde hace más de tres años tiene esas responsabilidades y, entonces, lo que cabe es emitir juicios fundados en situaciones reales, no imaginarias.
¿Qué es lo que se advierte en el seno del Frente Amplio? En primer lugar, que las distintas posiciones sectoriales no guardan entre sí más que una apariencia de compañerismo. Se denostan mutuamente en forma directa o con tiros por elevación cuyo destinatario es por todos conocidos.
Es que cada sector se cree único depositario de la pureza ideológica y de los contenidos programáticos del Frente Amplio y, por tanto, actúa en consecuencia, actitud que pretende ocultar las ambiciones veladas de sus dirigentes más notorios. En el fondo, por supuesto, se está frente a una verdadera lucha por el poder, una pulseada para captar al electorado interno.
En segundo lugar, el mayor agente de unión frenteamplista, el presidente Tabaré Vázquez, ha pasado de ser un ícono indiscutible, como hasta poco fue, a la nueva condición de dirigente cuestionado. Es que una de las características más salientes del actual primer mandatario es su ambigüedad verbal respecto a sus próximos pasos políticos y su constante, pero previsible, cambio de dirección en problemas de suma importancia, por más categóricas que hayan sido sus manifestaciones inmediatamente anteriores sobre el mismo asunto. Y sus cada vez más tibios acólitos no dejan de pasarle la correspondiente factura. Obviamente, nos referimos especialmente al tema de la reelección presidencial.
Tabaré era el intocable, el que estaba por encima de las luchas internas, por arriba del disenso y de la discordia. Era un factor de unión, no de división.
Esto era ayer; hoy, sin embargo, hay quienes lo atacan diciendo que es poco serio, que habla con jerigonza, que actúa como si integrara una barra brava y que lo hace con una arrogancia indebida en un presidente... No quitamos ni ponemos rey pero comprobamos la vigencia del antiguo dicho popular: "Riñen las comadres y dícese las verdades...".
Cualquier observador imparcial sostendría que es poco concebible que se destruya un mito, desde sus propias filas, cuando se acerca un importante congreso partidario y, sobre todo, una decisiva elección nacional. No obstante ello, así está ocurriendo en el Frente ¿Es que se le está haciendo el juego a la derecha, como supone uno de los principales líderes de la izquierda? En el Dr. Vázquez hay un ayer, un hoy... ¿y un mañana?, en cuanto a sus opiniones fundamentales. ¿Cuál es el Tabaré Vázquez sincero y definitivo?
Plantear el problema en estos términos reales significa, desde el arranque, poner en tela de juicio la presunta firmeza del Presidente no sólo en sus convicciones sino, también, en sus decisiones. Lo cual es sumamente grave.
Y, más aún, si todo fuera un simulacro.
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