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MIGUEL CARBAJAL
Mae West es una pieza de museo. Las generaciones actuales no tuvieron oportunidad de atisbar sus pasos. Nacida en Brooklyn en 1893, la hija de un boxeador irlandés y una modelo alemana creció y se redondeó hasta convertirse en una especie de obelisco. A partir de 1910 el mujerón, que superaba los 1,80, y se tiñó de platinado shocking, ya estaba metida en el vodevil. Supo ser una actriz graciosa y reveló condiciones para las comedias musicales con las que debutó en Broadway en 1926.
En épocas de la Depresión (la otra), existían sólo dos colas en las calles de Manhattan: las que formalizaban los desocupados para conseguir un plato de comida y las que concertaban los fanáticos para poder verla a ella en vivo; gente sin holguras capaz de desperdiciar unos dólares en los desplazamientos teatrales de una señora que había combinado la gimnasia y lo kitsch con un espeso manto de glamour.
La West accedió al cine en 1932. Su estatura y su falta de inhibiciones la catapultaron como la última "vamp" de Hollywood. Su vigencia duró hasta mediados de la Segunda Guerra Mundial. Cuando Rita Hayworth, longilínea y elegante se convirtió, gracias a un cachetazo y un incendio capilar, en el ejemplo de la nueva sensualidad, los tiempos de West se agotaron. Pero no se dio por vencida. Murió con más de 90 años, después de tener participaciones en Myra Breckinridge y Sexteto, dos manifestaciones de cine bizarro.
Ella ejemplificó mejor que nadie la metamorfosis literaria de un término que había empezado por designar el costado gallardo de la raza humana para apuntar a construcciones de gusto dudoso y ausencia de refinamiento. Cuando la West se refugió en Broadway armada de su propia compañía descubrió un nuevo concepto estético. ¿Por qué el público se entusiasmaba, sin decaer, en los despliegues de una octogenaria que parecía un zulú rubio fajado hasta los tobillos? Así y todo lograba un impacto sexy con sus contoneos, sus famosas bajadas de escalinatas flanqueada por fisiculturistas, y los simulacros de bailes eróticos que hacía antes del final de la función. Terminaba en medio de los aplausos, silbidos y aclamaciones.
En los últimos tiempos, y no sólo por su participación en la novela de Gore Vidal en donde compartió cartel con Raquel Welch, en historia travesti, se había transformado en un objeto de culto para la colectividad gay de la costa Oeste. Le levantaron hasta un altar en una de las esquinas del barrio Castro, de San Francisco. ¿La recuerdan a ella o a su corte de atléticos figurantes?
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