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Matías Pérez
Estaba en casa de Sabrina, su novia, que vive a dos cuadras. Volvió para almorzar con su hermano Diego, que vino de Cardona por el fin de semana pero no quiso ir a Jardines por cábala. El delicioso olorcito a los chorizos caseros que mandó el abuelo desde Cardona invadía el apartamento que Matías comparte con una de sus hermanas, Victoria, que vino para estudiar. "De la cocina se encarga ella, yo hago las compras y me ocupo de la ropa", contó. Aunque de hacer lo mandados nunca reniega: fue en el almacén que conoció a su novia.
SILVIA PÉREZ
- Los teléfonos no paran de sonar.
- ¡Gracias a Dios! Le decía recién a mi hermano Diego que hay que tratar de disfrutar porque en estos días es cuando uno se acuerda de los momentos malos como cuando me tuve que ir de Peñarol o cuando en algunos partidos no te sale nada. Hay que disfrutarlo porque pasa y vivirlo con la familia, con la novia, con los que están siempre.
- A esta altura, después de varios goles, Del Campo debe estar agradecido de haberse encontrado con su padre en Cardona cuando lo habían dejado libre de Peñarol.
- Salimos todos favorecidos porque a mí me hizo muy bien llegar a Danubio, donde primero Dalto y ahora Lasarte me dieron la posibilidad de jugar muchos partidos. Me ayudó a crecer como jugador, agarré confianza y demostré lo que no pude terminar de exhibir en Peñarol. Sufrí mucho porque había llegado a Peñarol a los 13 años y vivía todo de forma muy pasional, pero creo que llegar a Danubio fue lo mejor que me pasó. Cuesta entenderlo, pero con el tiempo uno se da cuenta.
-¿Cómo se siente al otro día de un partido clásico que ganaron con gol suyo?
- Muy tranquilo, porque el equipo sigue en pie. Además, fue un gol soñado, de esos que uno en las prácticas dice "nunca uno de éstos para mí". Que quede picando en la línea para empujarla.
- Tampoco fue sólo eso, tuvo que pelearla con un defensa.
- El lateral se cerró y trancamos los dos juntos, pero el rebote salió hacia mi lado. Me quedó picando y salí gritando como loco.
- No fue mano, ¿verdad?
- Yo venía corriendo rapidísimo y me tiré al suelo a trancarla, es imposible que con esa velocidad pueda tocarla con la mano. Me enteré que habían dicho que podía haber ser mano al final del partido. No me di ni cuenta. Además, si hubiera tenido alguna duda no hubiera salido corriendo como un loco.
- Al hacer un gol soñado como ese, ¿qué pasa por su mente?
- No sabés que hacer. Corro enloquecido para festejarlo con mis compañeros y ni siquiera sé para donde ir. Termino siempre en el mismo lugar de la cancha. Es un alegría inmensa. Y cuando termino de gritar el gol me viene a la mente cómo lo estarán viviendo mi familia, mi novia y mis amigos. Mi padre viene siempre de afuera, él y mi novia no fallan nunca. Van a todas las canchas.
- Se sigue extrañando Cardona, ¿o ya no?
- Me vine muy chico, ya hace diez años que estoy acá. Pero estoy muy agradecido a la gente de Cardona porque siempre le hacen sentir el cariño a mi familia en la carnicería de mi padre. Siempre están pendientes y me mandan mensajes. Es bueno tener una buena imagen en el pueblo. Es un orgullo no sólo para mí, sino para mis padres y mis abuelos que están allá. Y, cada vez que puedo, meto las perras en el auto y arranco.
- ¿Para que está Danubio?
- Lo dirán los partidos. Todo es muy parejo y nos quedan partidos muy difíciles, pero eso es lo lindo del fútbol pelearla con los que van arriba.
- Ahora viene Nacional, ¿sigue siendo un partido especial para usted por su pasado aurinegro?
- Sí, porque viví esa rivalidad muchos años. Tuve técnicos en Peñarol, como el "Indio" Olivera, que me lo inculcaron durante muchos años. Gente que lo sintió, lo vivió, lo jugó y ganó muchas cosas. De eso que te inculcan de chico, no te olvidás. Yo siento por Nacional, lo que mis compañeros que se criaron en Danubio, sienten por Defensor. Aunque ya me estoy empezando a contagiar. Je.
- ¿Ser campeón es su meta?
- Es un materia pendiente que me queda. Salí segundo dos veces con Peñarol y llegué a Danubio y también terminamos segundos. Tengo unas ganas impresionantes de salir campeón. Es mi sueño desde que llegué de Cardona. No me lo saca nadie de la cabeza.
El futbolista adora a sus perras, Sara y Luna. Esta última es hermana de la perra de Paolo Montero y del perro de Serafín García. Sus dos grandes amigos de Peñarol junto a Nicolás Vigneri y Ruben Capria. "Con Paolo y Vigneri concentrábamos siempre juntos. Hoy Paolo es mi representante, pero lo mío con él es más una amistad que otra cosa. Y `Nico` me llamó ayer desde México cuando se enteró que había hecho el gol. Y Serafín (García) vivió conmigo ocho meses", contó sobre las amistades que aún conserva de sus largos años en filas aurinegras. Fue justamente cuando llegó a Peñarol que lo cambiaron de puesto. En el baby fútbol y en el Nacional de Cardona jugaba de delantero, de ahí su facilidad para convertir goles. "Hoy, si pudiera, no cambiaría. Estoy muy acostumbrado al puesto y me destaco mucho más cuando anoto", dijo.
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