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La situación de enfermo terminal del Hospital de Clínicas motivó un ardoroso intercambio de acusaciones entre la Universidad de la República y el Ministerio de Salud Pública. Los dos organismos, conducidos por miembros de la izquierda gobernante, se culparon recíprocamente por la decadencia de ese centro asistencial sumido en honda crisis. Mientras el Ministerio denunció que la Universidad le retaceaba recursos al Clínicas, las autoridades de esa casa de estudios le pasaron la pelota al gobierno acusándolo de dar un presupuesto insuficiente. Al final, el gobierno otorgó una suma de dinero suficiente para que el hospital sobreviva un par de meses.
Pero la riña previa mostró que, mientras las autoridades debaten y transfieren responsabilidades, quienes pagan el pato son los pacientes de un hospital excluido de la reforma de la salud y cuya financiación está contemplada en los fondos asignados a la Universidad. Desde tiempo atrás, el Clínicas trabaja a los tumbos, recortando servicios y sin los elementos adecuados. Su sindicato está en pie de guerra y hay fricciones en la cúpula del hospital desde donde surgen críticas a la directora, Graciela Ubach, ex candidata a legisladora del partido Comunista, reelecta para seguir al frente del nosocomio tras largas discusiones.
Lo llamativo es que, a la hora de exigir fondos, la Universidad suele resaltar su obligación con el Clínicas, argumentando que consume casi un tercio de su presupuesto total. Como se sabe, la casa mayor de estudios logró ampliar sus asignaciones presupuestales en los últimos años, pero ello no se reflejó en una mejora en la calidad de los servicios del hospital universitario que, por citar el caso de las intervenciones quirúrgicas, han disminuido gradualmente. Ante ese cuadro, el decano de la Facultad de Medicina, Felipe Schelotto, se queja amargamente de "la falta de sintonía" entre el Clínicas y el Poder Ejecutivo, a la vez que el gremio de los 3.000 funcionarios del hospital se moviliza en defensa de sus condiciones de trabajo.
Este es otro ejemplo de la falta de sintonía y coordinación entre las filas de la izquierda, defecto que, como siempre, termina pagando el ciudadano de a pie.
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