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Domingo 09.11.2008, 08:06 hs l Montevideo, Uruguay
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Editorial


PCi & PCe

Un fénix demasiado frecuente

CARLOS MAGGI

Estudié hace muy poco, una crisis de absoluta actualidad, sucedida a mediados del siglo XIX.

Escribí el prólogo de un clásico brasileño, "El Barón de Mauá, empresario del imperio"; del brasileño Jorge Caldeira; en su primera versión al español. (1). En esa tarea comprobé una vez más, que la historia es repetidora.

Nada está conmoviendo al mundo en estos días del año 2008, más que un hecho puramente financiero.

La actividad hipotecaria de los bancos escapó a los debidos controles del Banco de la Reserva Federal de EE.UU. y hubo (¿hay?) una corrida que hasta ahora fue contenida, pero cuya desconfianza generalizada, hace temblar la mayor economía del mundo.

Los bienes son los mismos, los medios de producción son los mismos y sin embargo, todos nos disponemos a ser más pobres.

Me extiendo en estas consideraciones preliminares para evaluar en su debida magnitud los errores infantiles de nuestra política financiera a fines del siglo XIX y la ingenuidad del Barón de Mauá, el más formidable emprendedor que haya conocido este continente en todas sus épocas.

El barón genial medía la seguridad de su banco por la magnitud del activo y su comparación con el pasivo.

Un banco es un comerciante en estado de quiebra incesante, desde el momento que nace; y esa situación no se da por razones de insolvencia. Sucede que un banco no tiene nunca liquidez suficiente.

La salud de un banco descansa en un equilibrio inestable ligado a lo emocional. Lo "normal" es que los depositantes (los acreedores del banco) no se presenten "todos" a retirar "todo" en la misma fecha.

Pero si los depositantes se asustan, lo normal es que "muchos" se presenten a retirar "mucho" y eso bastará para que cualquier banco en cualquier momento se vea vaciado y entre en cesación de pagos.

Los bancos existen mientras dura la placidez de sus clientes. (Y en el siglo XIX, más que nunca: ni siquiera había bancos centrales. El Uruguay creó el suyo en 1967).

El desastre de Mauá empieza en 1860, cuando Bernardo Prudencio Berro, es elegido Presidente de la República en elecciones absolutamente limpias.

Y resulta que Berro es un hombre moderado, enemigo de la guerra civil y sus caudillos.

Como primer mandatario, empezó por ofrecerle a sus adversarios colorados exiliados en Buenos Aires, una amplia amnistía.

El barón de Mauá se entusiasmó con la nueva cara del Uruguay (Mauá coincidía con la actitud de Berro) y convirtió a su banco en un instituto cuasi estatal, financiando las necesidades del erario durante más de tres años.

Es fácil caer en la tentación de creer que todo lo establecido tiene tendencia a seguir.

Cuando a mediados de su período de gobierno Berro sufre las primeras hostilidades de Venancio Flores levantado en armas, el crédito concedido a Uruguay por el Banco Mauá, llegaba a un millón de libras esterlinas (dos veces el capital del banco).

Mauá era por entonces la única institución de crédito que seguía prestándole a un país cuyo gobierno no tenía ni solvencia económica, ni suficiente poder de imperio; las fuerzas del orden eran más nominales que reales.

En su campaña contra Berro, los colorados pegaban en el punto más débil, donde más dolía: alertaban a la población, diciéndole que Mauá era socio de Berro y que la revolución barrería por igual, al titular de la Presidencia y al dueño del banco que lo financiaba.

Aconsejaban, abiertamente, retirar los fondos de esa institución condenada a la bancarrota.

Esa prédica pública y el corrillo que iba de boca en boca, junto a la intranquilidad que provocaba la guerra civil, donde las fuerzas de Venancio Flores llevaban la mejor parte, terminó provocando una corrida incontenible.

El 2 de enero de 1865 Venancio Flores, apoyado por fuerzas brasileñas, tomó la ciudad de Paysandú después de un sitio que costó muchas vidas. Entonces, los retiros masivos vaciaron el Banco Mauá.

Obligado, el barón le pide al gobierno amigo el pago de su deuda; y el gobierno, sin un centésimo disponible, decide (tal vez de común acuerdo) decretar en general la inconvertibilidad del papel moneda por oro, durante seis meses a partir del fin de la guerra.

El banco Mauá, liberado de su obligación de entregar oro a cambio de sus billetes emitidos, ganó tiempo con esa moratoria y pudo rehacerse, trayendo metal precioso del exterior.

Pero la confianza en los bancos quedó herida de muerte. Por si fuera poco, la historia jugaba en contra.

La inconvertibilidad se decretó el 2 de enero de 1865 y cinco días después, Venancio Flores entró a Montevideo y asumió el mando. Una catástrofe para Mauá.

Asombrando a todo el mundo, el nuevo gobierno desmintió de inmediato las advertencias hechas por sus correligionarios. El gobierno proclamó su confianza en la solidez del Banco Mauá (cuando esa solidez ya no existía) y mantuvo la postergación de la la inconvertibilidad durante seis meses a partir del cambio de mando.

Mauá recogió buena parte de los depósitos perdidos y aguantó su falta de liquidez, trayendo recursos de sus otras empresas del exterior.

Pero la gente ya no creía en nada ni en nadie.

Al terminar 1867, el gobierno, que no había conseguido tranquilizar la plaza, decretó una nueva inconvertibilidad.

Para completar el pánico generalizado, el 19 de febrero de 1868 fueron asesinados en horas y lugares diferentes, primero Venancio Flores y poco después, Bernardo Berro.

Lorenzo Batlle asume la Presidencia y nombra Ministro de Hacienda a Pedro Bustamante, un partidario decidido de la convertibilidad "por el valor moral que significa, cumplir lo prometido".

Imponer un imposible (que todos los bancos devolvieran el oro que no tenían) provocó un caos brutal. La gente se sintió masivamente estafada.

En 1874 hay otra revolución y otro sacudón financiero y en ese clima de inseguridad se hunde definitivamente el Banco Mauá, que no puede cumplir de ninguna manera con sus depositantes.

A partir de 1876, gobierna el Uruguay el Coronel Lorenzo Latorre, un autoritario con mucha visión del futuro.

Bajo su gobierno se consolidó el Estado uruguayo y se inició el más formidable plan de educación primaria, gratuita y obligatoria.

Latorre debutó desbaratando el loco proyecto de nacionalizar el Banco Mauá, concertado por Andrés Lamas y el barón.

La ola furiosa contra Mauá se hizo escandalosa; algo así como una persecución contra el banco en cesación de pagos y contra el responsable de ese infortunio público.

Pero el dictador Latorre decidió honrar la firma y pagar lo que debía el Estado uruguayo y para ello articuló un ingenioso mecanismo financiero: autorizó al banco a emitir por el valor de la deuda pública contraída, y le dio, a los papeles así emitidos, un poder cancelatorio capaz de extinguir obligaciones con el Estado.

El Banco Mauá recuperó de ese modo, su liquidez y pudo pagarle a todos los depositantes.

Lo admirable de esta breve historia, culmina tiernamente: medio siglo después, el Uruguay le levanta un monumento a Irineu Evangelista de Souza, barón de Mauá; una obra tallada en granito rojo por José Belloni. El homenaje sigue colocado en la rambla y Ciudadela.

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(1) Traducción de Cristina Pilon Schultz; Tomás Domínguez editor, Montevideo, 2008.

El País Digital

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