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Sergio Abreu
La democracia americana nos ha dado una gran lección; no sólo porque su funcionamiento permite la elección de los representantes del pueblo, sino también, porque es parte de un sistema que hace de la movilidad social, uno de sus resultados más importantes.
Barack Obama ganó la elección sin experiencia ejecutiva anterior, enfrentando en la interna del Partido Demócrata a una estructura de poder afín a Hillary Clinton, diseñando un sistema de financiamiento ajeno al aporte de grandes empresas, respaldado por una juventud comprometida con la actividad política, siendo hijo de un inmigrante de primera generación y de un origen racial minoritario.
El nuevo Presidente deberá encarar una nueva expresión en su Política Exterior. En un nuevo esquema de equilibrio de poder que, a diferencia del ejercido en tiempos de Disraeli, Palmerston o Bismarck, tiene como actores a países desarrollados, bloques económicos y políticos y economías que como la de India, la de Rusia y -en especial- la de China, actúan como factores desequilibrantes.
La guerra en Irak y en Afganistán necesita un nuevo enfoque menos rígido, así como el disciplinamiento del uso y fabricación de armas nucleares. La seguridad internacional será una de las prioridades del Presidente electo, pero bajo otras expectativas respecto de su gobierno. Tampoco Obama podrá ser ajeno a la profundización de la brecha social que se produce en el Planeta. Sus realidades están muy cerca de la vida y origen del futuro Presidente, cuyo conocimiento de la realidad africana no se deriva de la cómoda lectura en una moderna biblioteca de una universidad americana.
Por otra parte, la crisis financiera global, iniciada en los Estados Unidos, proyecta sombras de futuras recesiones que restringirán la demanda en el comercio internacional y provocarán una reducción sustantiva de los precios internacionales. El proteccionismo alienta respuestas simples, tanto en los mercados de los países desarrollados como en los de en vías de desarrollo. El multilateralismo tiene pendiente una decisión en Doha y los antecedentes de Obama en su votación en el Congreso, han estado más cerca del comercio administrado que de la apertura comercial. El déficit comercial americano alcanza sumas exorbitantes y su deuda pública externa está concentrada en manos de tenedores asiáticos.
Recuperar el crecimiento de la economía americana, devolver la confianza en el sistema financiero, iniciar un cambio que reoriente la inserción internacional de los Estados Unidos es, de por sí, una tarea que el nuevo Presidente de los Estados Unidos tendrá que encarar con un nuevo sentido de liderazgo. Para ello, la propia globalización de la elección norteamericana ha creado un sentimiento de simpatía hacia su personalidad, a diferencia de su antecesor.
Tanta expectativa no es ajena a nuestro continente. América Latina ya no figura en las prioridades de los países desarrollados y su destino depende, en mayor parte, de la forma de conducción que tengan sus Estados y su capacidad de modernizar las economías, combatir la corrupción y proyectar eficiencia en las políticas públicas, en consonancia con la confianza del inversor privado. Si el comercio se restringe y la apertura de mercado queda congelada, nuestro continente quedará en manos de afiebrados líderes populistas en incesante búsqueda de socios para combatir un enemigo permanentemente recreado para justificar sus desvaríos. Es muy probable que el primer mensaje hacia el Sur del nuevo gobierno de los Estados Unidos se oriente a flexibilizar el embargo a Cuba. Y no está mal, pero una señal política de esta naturaleza debe estar acompañada de un realismo que comprenda que la prosperidad se alcanza con un mercado abierto, leyes de juego estables y una competencia que permita derrotar bloqueos y proteccionismos.
El fenómeno socio político que resume el triunfo de Obama es una ratificación de las virtudes de la democracia, la movilidad social y de los beneficios de la rotación del poder. Pero, si bien eso ya es de por sí un hecho a resaltar, un continente como el nuestro está lejos de consolidar una democracia pluralista eficiente, sobre todo cuando las intenciones intervencionistas de todo tipo se mantienen en permanente acecho. Las relaciones hemisféricas no podrán ser debidamente encauzadas si el paternalismo y la indiferencia rigen la política exterior del próximo gobierno de los Estados Unidos.
La elección de Obama es un buen mensaje político, una inquietante interrogante comercial y un desafío para el continente americano. El lugar que ocuparemos en el escenario global dependerá de la forma de encarar nuestra inserción externa y de la modernidad y realismo de nuestros gobiernos. Ganó Obama y muchos nos felicitamos de ello. Pero, evaporado nuestro tradicional espíritu deportivo nos surgen naturalmente dos preguntas: ¿seremos capaces de saber qué es lo que queremos? Y, ¿estaremos en condiciones de superar nuestras propias contradicciones internas? Por esa respuesta, ni los países desarrollados, ni EE.UU., ni China, ni nuestros vecinos están angustiados.
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