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Domingo 09.11.2008, 07:49 hs l Montevideo, Uruguay
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Ciudades


Las columnas

Obama

MARCELLO FIGUEREDO

Fue un negro algo más negro que Barack Obama, quien en rigor es mulato (ya saben: padre negro de Kenia, madre blanca de Kansas y criado por unos tiernos abuelos blancos de Hawai, todo lo cual no destiñe sus méritos en lo más mínimo, naturalmente); fue un negro, decía, para más datos llamado Colin Powell, nacido en el propio Harlem y criado en el mismísimo Bronx, el que le mintió impunemente al mundo sobre las armas iraquíes de destrucción masiva, farsa que trajo la pesadilla que trajo.

De modo que por mucho que nos hayan emocionado los brazos al cielo de miles de negros en el Brant Park de Chicago, por conmovedoras que fueran las lágrimas del veterano reverendo Jesse Jackson, por anudada que nos quedara la garganta oyendo el feliz coro que se improvisó en la iglesia de Ebanezer (el templo bautista de Atlanta al que acudía Martin Luther King), por simpático que nos pareciera el feriado decretado el jueves en Kenia, por muchos ríos de tinta que de ahora en más corran para sumergirnos en análisis semióticos; en fin, por muy sabia que nos resulte la lección que el martes 4 le dio al mundo el pueblo de Estados Unidos, que dejó boquiabiertos a racistas de los cinco continentes, el color de piel del próximo inquilino de la Casa Blanca no va a garantizar la paz ni la felicidad del planeta.

Dicho lo cual vuelvo al colorido ruedo de la semiótica, y de las recompensas que da la Historia, y digo: qué lindo ver a las pequeñas Sasha y Malia, mucho más graciosas ellas que la paliducha y desangelada Chelsea Clinton (última párvula en habitar el 1600 de la Pennsylvania Avenue), correteando con su prometido cachorro por esos verdes jardines; qué lindo imaginar a Michelle, ya estrenada como first lady, atendida cada mañana por un butler blanco, de preferencia sajón, y si es posible nacido en un estado sureño como Arizona, o mejor Mississipi, donde murió Bessie Smith; qué placer ver al flamante presidente yendo de aquí para allá conducido por un chofer rubio, o tal vez pelirrojo, que sólo diga good morning mister president, o yes sir, para que quede claro que el mundo es redondo, la vuelta es chica y todos somos iguales en la viña del Señor.

En tren más objetivo, si lo prefieren, es bueno recordar que los analistas internacionales insisten en que la victoria del estelar senador demócrata ha sido un triunfo del voto blanco, joven, hispano y pobre, así que tal vez sea por ese lado donde haya que esperar las sorpresas más alentadoras en Estados Unidos. Pero en todo caso, y como ha señalado en estos días un editorialista del New York Times, hay que remontarse a una época en que Barack Obama no había nacido para recordar un presidente que llegara al Salón Oval con la "acumulación de desafíos sísmicos" que lo espera a él. Buena suerte, pues.

Y ya que estamos tan pro yanquis, una cosita más: si uno solo de nuestros candidatos para las próximas elecciones fuera capaz de articular un discurso tan sobrio, generoso y bien pronunciado como el que regaló John McCain la noche de su derrota, yo saldría corriendo a votarlo.

El País Digital

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