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EDWARD PIÑÓN
El médico de Peñarol, Atilio Rienzi, está actuando de la única forma en la que se puede proceder cuando existen dudas sobre la condición física de un joven de 18 años.
Acá, sin faltarle el respeto al trabajo científico que hizo el cuerpo médico de la selección uruguaya y dejando de lado cualquier tipo de consideración deportiva o económica, Rienzi piensa en una sola cosa: la vida de Abel Hernández.
Y nadie, pero absolutamente nadie, tiene derecho al pataleo. Peñarol y Rienzi están caminando en forma correcta. Hay que extremar las medidas para tener las más absolutas garantías que no existe ni siquiera la más pequeñísima posibilidad de sufrir una pérdida irreparable en una cancha de fútbol.
No está en discusión una rodilla, un tobillo o una lesión muscular, esto es serio. No olviden, además, que muchas veces se le frustró la carrera a un deportista por una intervención quirúrgica inadecuada. Y no son pocos los casos de uruguayos en los que la adecuada sugerencia médica, como la del doctor Carlos Suero, evitara males mayores.
Por eso, no hay otra que tener paciencia. Esperar que se cumplan la mayor cantidad de análisis clínicos y que a partir de ahí no queden más dudas. Que todo sea claro y que el médico A diga lo mismo que el médico B. Es por Abel. Es lo principal.
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