Martes 04.11.2008, 03:31 hs l Montevideo, Uruguay.
 
 
 
 
 
 
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Editorial

Lenin murió y vive en Madrid

Álvaro Casal

Llegar a Europa por estos días, convoca fríos, cielos grises, de un otoño que avanza. También hay otros grises que se asoman: los de la tan mentada crisis mundial.

En el aeropuerto de Madrid parece haber menos movimiento que en otros tiempos. No sé. Parece. Procuro tomar el metro para alcanzar el centro de la ciudad, pero las máquinas que expenden billetes me superan. Un joven sonriente de rostro cetrinos ofrece ayuda. Consigue billetes y sirve de guía en un laberinto subterráneo que sería la envidia del viejo minotauro.

Mientras avanzamos bajo tierra explica que nació en Quito pero que se vino a España con toda la familia cuando tenía apenas once años. Cuenta que se llama Lenin. Que su padre y su abuelo son comunistas y que a su hermano le fue peor: lo bautizaron Stalin. Sonríe tenuemente mientras agrega que no le gusta el comunismo. Parece que el nombre no lo ha ayudado. Aún así se abre camino con crisis incluida en España.

¿Qué cómo le va con la famosa crisis? Sonríe otra vez y dice que se gana la vida guiando discapacitados, ciegos, paralíticos y otros, mientras aprende soldadura submarina. Que su familia puso una ferretería en un barrio madrileño pero que ahora (tal vez por la crisis) no les rinde lo suficiente y su padre quiere ser chofer de ómnibus.

Cambiamos de tren. Como un líder, Lenin indica que le siga. Trepamos a otro vagón donde la gente se estruja de forma inimaginable.

Siento como si un insecto trepara por el pantalón. Logro llevar una mano al lugar y encuentro dedos tratando de entrar en mi bolsillo. Parecen partenecer a un sujeto impávido que está a mi lado. Los dedos se retiran y escucho a un inglés protestar porque alguien le ha querido birlar la billetera. En la siguiente parada el impávido baja rápidamente. Lenin, que ha dicho que duerme cinco horas por día, se encoge de hombros, hace una mueca y encuentra un asiento. Al rato abre los ojos e indica que se va a bajar. Antes de despedirnos le pregunto si ahora, en estos tiempos duros volvería a Quito.

"No, no. No tendría sentido", responde. ¿Aún con crisis y con un socialista de presidente de Ecuador? Lenin ríe y ríe. "No, ni aún así".

Poco después su silueta marrón se pierde en la multitud y yo debo bajar en estación Puerta del Sol. El carrito de equipaje "made in China" se me descontrola. Perdió una rueda. Un señor me dice que la vio rodando escaleras abajo. Que si me apuro la podría recuperar. Compruebo que aún rescatando la rueda no se podría reparar. Se trata de obsolescencia planificada. Sigo con la valija mutilada al hombro y mirando a ver si veo otra parecida en venta.

En Puerta del Sol hay más mendigos mostrando deformidades, que los que había antes de la crisis. O es sugestión... Al lado mío, rumbo al "Corte Inglés" pasa un pobre hombre muy delgado, que se gana un puñado de euros caminando con una tabla adelante y otra atrás, donde dice: "Compro oro", con el agregado de que pagaría hasta 14 euros el gramo en anillos o joyas.

Mucha gente camina, compra, entra y sale de las tiendas, se junta en locales de comidas y de "tapas". En una pared leo: "Tranquilo Ecuador. Con Money Gram no hay crisis. En minutos tu bolsa de viaje en Ecuador". Signos de pesos rodean este aviso hecho a medida para Lenin.

El País Digital

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