Martes 04.11.2008, 03:31 hs l Montevideo, Uruguay.
 
 
 
 
 
 
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Editorial


[EDITORIAL]

Sensaciones térmicas

La sensación térmica es una especie de autoengaño climático: la temperatura ambiental es una, objetivamente, pero la sentimos como otra distinta porque diversas circunstancias ocultan la verdadera, la disfrazan ante nuestros sentidos reduciéndola o acentuándola.

La picardía de un ministro transformó esa explicación meteorológica en un concepto político. Así se extendió la idea oficialista de que la inseguridad reinante en el país no era tal sino una simple sensación errónea de la gente, un producto de su imaginación. Contra todo lo pensado y sentido por el ciudadano común y corriente, por el hombre de la calle, por la ama de casa, por adultos y niños, por maestros y empleados, por trabajadores que regresan a sus hogares, por el vecindario de cualquier barrio, en fin, por todo habitante de este nuestro país, no ocurre nada intranquilizador en medida excesiva. Por tanto, no hay en demasía, ni crímenes, ni rapiñas, ni arrebatos, ni copamientos, ni asaltos, ni violaciones ni nada por el estilo.

Pero, como se dice en la popular canción francesa, el mayordomo informa telefónicamente a su ama que "tout va trés bien, madame la marquise...", aunque aclara que "sólo que el castillo está en llamas y el marqués está dentro..."

¿Puede encontrarse alguna similitud con lo que acontece en el Uruguay`.

Como se sabe, hay diversidad de tipos de sensación térmica. Por ejemplo: ¿quién manda o gobierna en nuestro país? ¿Los tres poderes clásicos de los que habló Montesquieu? ¿La ciudadanía que los eligió libremente y les otorgó su representación? ¿O el nuevo poder sindical que ocupa fábricas, escuelas, liceos y despachos ministeriales y determina irrevocablemente que unos son trabajadores y otros son "carneros", sin derecho a trabajar cuando el sindicato lo decide, hace paros y huelgas a discreción, rechaza proyectos de ley y se opone a que tal o cual ente o servicio descentralizado del Estado se asocie con privados? ¿Cómo se eligió a estos dirigentes gremiales, casualmente afiliados al Partido Comunista? ¿Con qué derecho su representatividad se opone y se sobrepone a la que emana de la voluntad de la ciudadanía?

Otra sensación térmica la tiene también el pueblo con la política impositiva acalambrante que adopta el gobierno. ¿Qué destino tiene la enorme masa dineraria recaudada? Se tiene la impresión -sensación térmica- que se hace poco o nada, y malo. Corresponde al Estado, entonces, demostrar que realmente se hacen obras, se resuelven problemas, se atienden necesidades, y se crean empleos auténticos y no clientelísticos. ¿Es pedir demasiado exigir transparencia?

Es el Estado el que debe rendir cuentas a la nación, permanentemente, en forma diáfana que no despierte suspicacias ni diversidad de interpretaciones, porque el contribuyente tiene el derecho a conocer y a vigilar el destino de su aporte. "El pueblo quiere saber" fue la antigua máxima de los orientales que hoy nos vemos obligados a reiterar con insistencia.

Eliminando desde sus raíces esa pésima pero real sensación térmica que popularmente se tiene de la burocracia estatal -inútil y trabante cuando se sobredimensiona sin olvidar que quien le confiere atribuciones exageradas también es responsable de su inoperancia-, del expediente inhibidor de iniciativas e impulso del país productivo que esas prácticas tienden a crear, se llega a dar muestras de austeridad republicana y de cumplimiento del deber, condiciones indispensables para desarrollar las tareas para las que gobernantes y legisladores fueron elegidos.

La gente está harta de padecer sensaciones térmicas que, a menudo, no son otra cosa que el fruto de la incompetencia de quienes deben resolverlas. El temor a ejercer la autoridad que la ley confiere es uno de los ingredientes que genera la inacción respecto a este problema. Ese temor, a su vez, está vinculado a expectativas electorales que, naturalmente, se acrecientan en momentos en que se acercan los comicios. Esto es lo peor que puede ocurrirle a nuestra nación.

No queremos más sensaciones térmicas sino realidades, reconocidas y positivas. Dentro de esos parámetros generales resulta evidente que se vuelve necesario e imprescindible regular -o sea, ajustar a nuestras posibilidades concretas- el gasto público. En consecuencia, abandonar el camino fácil de establecer más y más impuestos que, en definitiva, ahuyentan al inversor, estancan nuestro desarrollo y desalientan, decepcionan y castigan a nuestro pueblo.

El País Digital

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sin saber de qué se habla...