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José Mastandrea
Al partido todavía le quedan tres minutos. Pero Juan Ramón no aguantó más. Hubo una incidencia en el área de Central Español en donde creyó que había sido penal. No dijo nada. Sólo esbozó una sonrisa (irónica, por cierto), metió sus manos en los bolsillos de su pantalón y lentamente empezó a caminar rumbo a los vestuarios.
En la cancha, sus futbolistas seguían peleando, buscando el empate afanosamente que finalmente no llegó.
Pero ya no estaba Carrasco en la cancha. Se había ido en medio del partido como si fuese un espectador más. Dejó a sus jugadores solos, en medio de otra derrota y bajo el reclamo de sus hinchas.
Algo está sucediendo. Nunca antes había hecho algo similar. Ni en sus momentos más difíciles.
Carrasco volvió a sorprender con una actitud incomprensible para un profesional.
River ya no es el mismo de antes. No juega como en el Clausura pero sigue manteniendo el buen trato de pelota, esa "chispa" que lo distingue del resto.
El que volvió a ser el de antes es Juan Ramón. Atrás quedó el técnico que hacía terapia, que consultaba al psicólogo y que había cambiado hasta su forma de hablar con los medios.
Lo del domingo no se hace Juan.
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