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JORGE ABBONDANZA
Marta Minujin (Buenos Aires, 1941) es la figura más pintoresca del arte plástico argentino, todavía más que sus coetáneos Dalila Puzzovio o Edgardo Giménez, que hace cuatro décadas fueron los reyes del Pop-Art en la orilla de enfrente. Los años no han abatido el entusiasmo autorreferencial de Minujin, que a esta altura tiene buena voluntad y mala memoria para repasar las etapas de su vistosa carrera. Atrincherada detrás del look de siempre (cerquillo platinado, lentes negros, muchos anillos), Minujin contestó las preguntas de una larga entrevista que le formuló Bengt Oldenburg en el suplemento ADN Cultura, del diario La Nación de Buenos Aires.
Allí exhibe la opulenta falta de modestia que corresponde a una ejercitadora del arte efímero, que prendía fuego a sus famosos colchones luego de exponerlos en el Instituto Di Tella, antes de lanzar algunas de sus grandes ocurrencias, como la Venus de Milo hecha de trozos de queso que el público podía comer, o el Partenón hecho con los libros que la dictadura argentina había prohibido. Maestra inigualable del marketing, es capaz de demostrar en la carátula de ADN Cultura que no se ha bajado del caballo de la promoción. Pero a cierta altura, en medio de la entrevista, habla de Montevideo y conviene anotar las cosas que dice: "en aquel momento, en 1965 ¿te acordás? yo era "top" acá, venía de París, había hecho La Menesunda. Y la directora del Museo de Montevideo, María Luisa Torrent (sic), me invitó y puso toda la plata del mundo para hacer ese happening... pero lo gracioso fue que ella lo hizo para hacerse famosa y terminaron echándola del museo por el escándalo que se armó. Y yo no pude volver al Uruguay por veinte años".
Todo eso alude a la hospitalidad con que el diario El País, a través del Centro de Artes y Letras y de su directora María Luisa Torrens (que se escribe con "s" y no con "t") recibieron a Minujin para que realizara en el Estadio Troccoli del Cerro un despliegue que consistía en tirar pollos vivos desde un helicóptero en vuelo, a bordo del cual viajaba la artista. El hecho tuvo una gran asistencia de público y una amplia divulgación, pero María Luisa (que ya era famosa desde hacía años) no fue echada del Museo de Montevideo (entidad que nunca existió) y el hecho no tuvo lugar en el estadio de Peñarol (como señala Oldenburg). Cuando finalmente Minujin agrega que no pudo volver al Uruguay, toca un extremo de fantasía al imaginar que alguien impedía su regreso a este país. No volvió porque no tendría ganas o porque "no quiso" como indicó hace unos días el colega Nelson Di Maggio en otra nota sobre la olvidadiza plástica argentina y sus abundantes imprecisiones.
Así se cuenta la historia. La propia Minujin es la mejor animadora de su mito personal, pero en defensa de la verdad y de unas relaciones rioplatenses que hoy están deterioradas por otros motivos (coyuntura que quizá no sea ajena a la pesadilla retrospectiva de la artista porteña) conviene puntualizar un par de cosas para compensar la amnesia en que incurren algunas notabilidades, de manera que los lectores no se contagien de falsas referencias ni queden empantanados en el error.
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