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Impacto. El mayor sector social del país es quien peor la pasa en los momentos de crisis
DANIEL HERRERA LUSSICH EN WASHINGTON | CORRESPONSAL PERMANENTE
La grave crisis económica que vive Estados Unidos envuelve a casi todos. Pero la más afectada en esta incontenible caída, la peor luego de la Gran Recesión de hace 80 años, es la clase media, el sector más numeroso de la mal herida primera potencia.
Una ola de temor e incertidumbre, el no saber que pasos dar y despertarse a diario con la terrible amenaza del desempleo, la baja del salario, el cartel de remate en la vivienda, el congelamiento de las tarjetas de crédito o de los préstamos en todos los bancos, han creado una angustia general que se trasmite de conversación en conversación entre compañeros de oficina, vecinos y parientes. Llega también a las miradas de tristeza que intercambian viejos conocidos, desacostumbrados a éstos duros golpes.
Estados Unidos, comandante económico, militar y tecnológico del planeta, no tiene más reservas. Su gran poderío económico estaba basado desde hace décadas en un consumo creciente, sin la obligada mirada a la balanza comercial. Los déficits inquietaban pero no apremiaban y los dólares brotaban sin el sólido respaldo que se exige a otras monedas.
Hoy el consumo ha caído, la gente que había abandonado desde hace años el ahorro, gasta lo imprescindible. "Pensamos en subsistir, nada más, hasta que la tormenta aclare y ver hacia dónde caminar", decía con aire de sabia premisa , un ingeniero iraní, Assad, quién hace 30 años llegó en busca del "sueño americano", que alcanzó y ve como se evapora en menos de un año.
Tiene 58 años, se casó con una estadounidense y tiene dos hijas mujeres universitarias. Es profesor e integraba el "staff" de una compañía que proveía a la NASA. Quedó entre los que recibieron una buena suma por el adiós. Sabe que a su edad tendrá que cuidar bien ese capital, pensar en otro trabajo es imposible. Tuvo hasta hace cinco años una segunda casa, decidió venderla y, por consejo de un amigo, comprar acciones de bolsa. Nada queda de ese riesgo jugado en Wall Street.
El ciudadano estadounidense desde hace 30 años siempre hablaba con orgullo de la poderosa clase media, el motor del bienestar nacional, pero vivía "manejando y disfrutando las deudas". Hasta principios de la década del 70 se estimaba que la familia ahorraba el 10% de sus ingresos; luego le dedicó al ahorro un 2%; y desde hace unos años, nada. Recientemente se supo que el promedio de lo que debía cada individuo por concepto de tarjetas de crédito redondeaba los 61 mil dólares, muchos obligados a la solicitud de quiebra personal.
El sector. En general, casi todos se consideraban integrantes del corazón de la mayor economía mundial, la clase media: la maestra, el profesional, el político, el mediano empresario, el granjero o el alto ejecutivo. Obviamente, estaban afuera los millonarios, que son muchos, y los pobres e indigentes, que no son pocos, que con su tarjeta hacen cola en las plazas cuando llega el camión de ayuda que les da un plato de comida caliente.
Pero en cuánto a ingresos, están bien definidos quienes pueden engrosar las filas medias: los que reciben sumas entre 40 mil dólares a más de 100 mil dólares anuales. Se estima que en el entorno de los 170 a 180 millones de personas (de una población de 300 millones) formaban la poderosa capa media de la sociedad. Hoy, sin duda, son bastante menos.
En las últimas horas presencié y escuché tres situaciones que "pintan" crudamente el difícil momento que se vive en EE.UU. Tres mujeres jóvenes, dos latinoamericanas, una tercera bien estadounidense, tomaban algo en un Starbucks café de la Avenida Connecticut. El primer tema que pude oir era el que hacía referencia a la cafetería en cuestión. La prensa ese día anunció que cerraba 600 locales y despedía a 12 mil empleados con la esperanza de reubicarlos más adelante.
Una de las damas, de acento peruano, se dedica a vender dulces y tortas por Internet. Lo hacía con bastante éxito. Ella reparte a domicilio los pedidos y explicaba que la gente, en general latinoamericana, la mayoría empleada de los organismos internacionales, le compraba hasta 100 tortas y 200 empanadas semanalmente. Desde hace cuatro meses, le fueron bajando los encargues, que en la actualidad no alcanzan un 40% de lo que vendía y aún con rebajas del 5% y 10% en los precios.
La segunda, argentina, Eugenia, tiene un equipo de limpieza de casas. Contaba que muchas veces rechazaba solicitudes por falta de personal y transporte y siempre la lista de clientes estaba desbordante. En estos momentos, relata, cuando suena el teléfono, ella y las dos encargadas de atender los pedidos, festejan y chocan las manos de alegría.
La estadounidense, Alice, más reposada, relató que en su barrio la crisis hizo mucho daño. Explicó que la mayoría vivía a crédito. Ella y su marido compraron la casa con el préstamo de un banco, a muy bajo interés, a 20 años, que fue "estirando" con revalorizaciones a 30 años. Le costó en su momento 141 mil dólares, llegó a 460 mil y hoy no le dan ni 200 mil. Compraron dos autos, también a crédito, a pagar a siete años, haciendo retasar el valor de la vivienda para que les fuera útil como garantía y para incrementar el tope de la tarjeta de crédito. Hoy le han congelado 20 mil dólares que tiene la familia en el banco, destinados para los estudios de una de sus hijas, le han topeado el gasto mensual de la tarjeta y sobreviven con "lo justo" para comida, alquilar un video y usando un solo auto por la gasolina. No perdía el buen humor: "Nuestras salidas son solo al jardín, para cortar el césped y arreglar las flores, después a mirar televisión o disfrutar una película".
Tocados. Otro sector especialmente tocado es el de los inmigrantes latinos y los ilegales. Normalmente se desempeñan en las tareas que los locales rechazan (jardinería, tareas rurales, servicio doméstico y construcción). La mayoría de esas ocupaciones se ha reducido, sin derecho a indemnización. Se trataba de ocultos trabajadores o pequeñas empresas que no firmaban ningún papel. Otras han sido suspendidas a la espera de tiempos mejores. Se estima que quedaron en esta situación de despido o semiempleo más de 150 mil personas.
El sector automotor es de los mas afectados, se han cerrado numerosas plantas de los tres grandes monstruos, GM, Chrysler y Ford, han quedado en la calle miles de empleados y obreros. Y las líneas de autos se están transformando vertiginosamente. Todas buscan el auto utilitario y "borran" la tradicional 4X4 y los modelos de lujo.
La crisis también golpea uno de los sectores más denostados y con sus pasos seguidos de cerca por el FBI: los altos ejecutivos de Wall Street. Es verdad que hay muchos que "timbearon" y les fue bien, que "inflaron resultados y dieron datos engañosos" y también les fue bien. Pero a otros no. Se calcula que en Nueva York se han perdido 165 mil puestos de trabajo y en Wall Street, los famosos "yuppies" se han reducido en forma alarmante: quedaron sin trabajo 35 mil personas, en general no mayores de 35 años. Casi todos cumplían con su riguroso traje oscuro, corbata de colores, tareas ejecutivas en financieras, bolsa, bancos o empresas petroleras. Y ahora corren desesperados por devolverle al dueño o arreglar con el banco el descomunal "loft" con que disfrutaban con la mejor vista y las mayores comodidades en pleno Manhattan. Lo mismo está ocurriendo con el descapotable o con la segunda casa, la de veraneo y fines de semana, en los Hamptons, a una hora del centro.
Todos éstos relatos tienen un terrible efecto "dominó" a lo largo y ancho del país. La gente deja de comprar, de ir a restoranes, al cine o teatro, deja de pensar en las gigantescas pantallas de televisión. La pizza ha pasado a ser el alimento más codiciado los fines de semana frente a la televisión. Basta una llamada y el "delivery" llega con cronométrica regularidad. ¡Y hasta han bajado los precios!
En medio de esta brutal crisis, que para muchos expertos está en plena recesiòn y con temor de ir rumbo a una depresión, hay hechos graciosos, de abuso y trágicos, como la ola de suicidios, de gente de clase media, iniciada en California y que ha seguido en todo el país.
Apenas llegó al Congreso el plan de rescate, por 700 mil millones, salieron al cruce toda clase de duros epítetos, siendo "traidor" el principal. Estaba dirigido sobre todo al presidente George W. Bush, porque iba contra los valores neoliberales y exhibía una iniciativa de claro intervencionismo económico.
Entre los que se sintieron agraviados surgió un profesor de economía de la Universidad de Nueva York, Nouriel Roubini, quién en declaraciones a la televisión, dijo que Bush, Henry Paulson, el secretario del Tesoro y Paul Bernanke, el presidente de la Reserva Federal (los tres republicanos y conservadores), eran "unos camaradas que pasarían a la historia como una troika de bolcheviques que transformaron a EE.UU. en la URSS".
Otros escándalo detonó en torno a ejecutivos de la hasta entonces más poderosa aseguradora, AIG, que cuando empezaba a "dar muestras de desequilibrio" fue auxiliada por el Estado con 85 mil millones. Sus ejecutivos, dicen que agotados por el trabajo, se fueron una semana a Saint Reich Monach Beach, California. Gastaron US$ 440 mil por jugar al golf, Spa, masajistas y "misteriosos servicios en el cuarto". La copia de las cuentas llegó al Congreso y provocó una revolución en la opinión pública.
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