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Sábado 18.10.2008, 02:08 hs l Montevideo, Uruguay
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INDOCUMENTADOS

Almas perdidas merodean las márgenes del río Tijuana

Estados Unidos se halla del otro lado de la franja amarilla pintada en el lecho de concreto del río Tijuana, un río seco.

Al norte de la línea, agentes de la Patrulla Fronteriza estadounidense que se desplazan en relumbrantes camionetas blancas mantienen una vigilia permanente. Al sur de la línea, las almas perdidas pasan noches en vela, frente al resplandor de las luces de estadio que protegen el Sueño Americano.

Del lado mexicano de la valla fronteriza, el principal canal de drenaje de Tijuana recolecta una galería de deportados y vagabundos, de contrabandistas y drogadictos desalojados de la ribera opuesta.

La mayoría son indocumentados que fueron devueltos a México luego de cumplir penas de prisión en el norte. Según la ley de Estados Unidos son ``extranjeros delincuentes´´. En ese grupo figuran ayudantes de restaurantes que fueron arrestados por estar borrachos, así como criminales avezados, liberados luego de varios años en la cárcel.

``La mayoría de nosotros estamos aquí porque nos echaron de allí´´, dice Juan Saucedo, de 29 años, que comparte una bolsa de cereal Coco Krispies con otros residentes del área. Se lo conoce como ``Zacatecas´´, nombre del estado mexicano que abandonó a los 14 años de edad para enfilar hacia Long Beach, California.

Deportado hace siete años, ``Zacatecas´´ lava parabrisas de vehículos y gana apenas lo suficiente para lidiar con los síntomas de abstinencia de la heroína. En ocasiones, obtiene algo más de dinero de contrabandistas que le pagan para que distraiga a agentes de la Patrulla Fronteriza mientras sus clientes trepan por la valla de seguridad.

Redadas de la policía de la ciudad de Tijuana han reducido la multitud en fecha reciente, pero algunas decenas de personas merodean por la tierra de nadie del lecho seco del río, noche tras noche.

Los contrabandistas de indocumentados le ofrecen a cada persona, a precios rebajados, la posibilidad de volver a reunirse con sus amantes, con sus hijos, con los empleos que dejaron del otro lado de la cerca... pero sin garantía alguna de poder cumplir la promesa.

``Muchas de esas personas tienen vínculos importantes con la comunidad, y eso siempre ofrece un impulso vigoroso´´, dice Virginia Kice, vocera del servicio de seguridad de Inmigración y Aduanas de la región de Los Angeles.

``Ellos pueden tener familiares allí. Y si están involucrados en actividades delictivas, eso también es un incentivo potencial´´.

El atractivo magnético del sur al norte es tan poderoso que en ocasiones genera violencia.

El mes pasado, agentes de la Patrulla Fronteriza se enfrentaron con un grupo de personas que les lanzaban piedras por encima de la verja. Es una maniobra de distracción bastante común orquestada por los contrabandistas. La mayoría fueron dispersados con gas pimienta. Un hombre se negó a correr. Por lo tanto, un agente sacó su rifle y lo baleó en la espalda.

El hombre fue hospitalizado por un lapso breve. El agente, un veterano con 10 años en la Patrulla Fronteriza, fue reasignado a tareas administrativas mientras se realiza una investigación. Y la vida continúa en la zona, como antes.

Apenas una semana después del tiroteo, ``Zacatecas´´ es uno de media decena de personas que pasan los días en un sitio donde puede observarse una panorámica de San Diego. Hay una tienda por departamentos, un depósito del Ejército de Salvación y un restaurante de comida al paso.

Alguien comienza a decir chistes verdes. Otros lanzan saludos sarcásticos a través de una ventana enrejada en la valla fronteriza, tratando de llamar la atención de un agente de la Patrulla Fronteriza que los observa sentado en un jeep a menos de un metro de distancia, del lado norteamericano.

Las carcajadas más sonoras provienen de Carlos, de 23 años, deportado hace dos meses de Los Angeles. Carlos tiene en su espalda un enorme tatuaje de La Santísima Muerte, una figura de culto mexicana que tiene el aspecto de La Guadaña.

De repente, cesan los chistes y todas las cabezas enfilan hacia una zona en la verja, al este del río. Se informa en un murmullo que una mujer acababa de trepar la cerca. Un automóvil situado en un parque de estacionamiento, en la parte estadounidense de la valla, de repente parte a toda velocidad, llevando a la mujer en su interior.

Un periodista hace señas, tratando de averiguar en qué punto cruzó la mujer, pero nadie quiere apuntar con el dedo en dirección alguna, pues las cámaras de la Patrulla Fronteriza registran cada movimiento y los contrabandistas no desean descubrir sus secretos.

Carlos, quien pidió que no fuera revelado su apellido para evitar problemas con las autoridades de inmigración de Estados Unidos, admite que recibió 200 dólares por coordinar el cruce de la mujer, las maniobras de distracción y el resto.

Carlos retorna a su lugar favorito y saca un cigarrillo de marihuana de uno de sus bolsillos. Lo enciende y sonríe ampliamente mientras suelta el humo. ``Lo único que falta para que la noche sea perfecta es una maldita guitarra´´, dice.

AP

El País Digital

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