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MARCELLO FIGUEREDO
Acosta de tanto espasmo bursátil, hemos inaugurado la era del ataque de pánico colectivo. Un pánico capaz de convertirse en pandemia en menos de lo que canta un gallo: de Estados Unidos a Europa, de Europa a América Latina, de América Latina a Asia y así sucesivamente hasta llegar a la remota Islandia, donde por muy sedantes que sean las aguas termales parece que también están aterrorizados.
Ya ven, no ganamos para sustos. En términos históricos, el mundo recién se estaba familiarizando con el ataque de pánico individual, ese complejísimo trastorno tan a la moda según el cual una persona siente que va a morirse pero no se muere, a ahogarse pero no se ahoga, a infartar pero no infarta, a marearse pero no se marea; en fin, siente que le pasa de todo pero no le pasa nada, cuando de pronto debemos hacernos a la idea de que también las sociedades enteras pueden ser víctimas de semejante chucho a nivel global. Pánico en las bolsas, pánico en los bancos, pánico en los mercados, pánico en los gobiernos, pánico en los países. Ése es el diagnóstico.
"El miedo es una fuerza inmensamente poderosa, tal vez más que la codicia", ha resumido al Herald Tribune Andrew Lo, un profesor del Instituto Tecnológico de Massachussets que estudió la conducta de los inversores. Según investigaciones científicas citadas por el experto, la amígdala, que es la región del cerebro que controla el miedo, responde mucho más rápido que otras regiones encargadas de las funciones cognitivas. El miedo es una fuerza motivadora mucho más fuerte. Y la pérdida de mil dólares ejerce un impacto mucho mayor que la ganancia de la misma suma, dice Lo. El mundo empieza a preocuparse por los efectos de la crisis en nuestra salud, y las comparaciones organicistas se multiplican. En La Nación, Daniel Montamat, doctor en Ciencias Económicas, pronosticó el fin del consumo bulímico y el inicio de una nueva era de vacas flacas. Según él, la "historia clínica" de la crisis estaría incompleta si la liquidez mundial de la década, el crédito fácil y la explosión de sus derivados financieros no se relacionaran con un consumo que fue exacerbado irresponsablemente para prolongar el ciclo de vacas gordas. "La raíz de la crisis que hoy conmueve a la economía mundial hay que buscarla en la bulimia consumista que predomina en la sociedad americana, y a la que el resto del mundo fue funcional. Durante años, la economía americana consumió por encima de sus posibilidades al operar como comprador de última instancia de los excedentes comerciales del resto del planeta. Estados Unidos va camino a atravesar un período de abstinencia, en el que el buen diagnóstico de lo ocurrido y las derivaciones prescriptivas que sobrevendrán deberán concentrarse en evitar un nuevo atracón bulímico", opina Montamat. Bush, por su parte, asegura que su multimillonaria receta empezará a dar efecto 20 días después de aplicada. Él no es médico, ni psiquiatra, ni mucho menos experto en quitarle el miedo al mundo. Pero ahora se ha vuelto socialista, y si no queremos que cunda el pánico, más vale tomarle la palabra.
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