MIGUEL CARBAJAL
La globalización cambió el sonido internacional y el inglés, de la mano del rock, se apoderó del oído; eso por un lado, y por el otro está la forma monopólica en que actúa la Argentina, tan expansiva que al Uruguay sólo le deja los resquicios de la copia. Hace medio siglo atrás no había baile de carnaval uruguayo que no culminase con una farándula cantándole loas a Río como cidade maravilhosa. Río sigue siendo un prodigio pero se la desconoce.
Y ni el peso imperial de San Pablo logró reconquistar esas pérdidas culturales. La bossa nova, que acaba de cumplir el cincuentenario de su aparición pretextando análisis y revisiones de todo tipo, fue el último gesto invasor del Brasil.
Medio siglo después de su estallido la crítica se pregunta qué pasó con ella, si supervive, quiénes la integran, cuánto pesa en la realidad musical de un país que está a salvo de la corrupción cultural. Y no sólo es el idioma el que le proporciona su coraza de defensa.
Ruy Castro, el periodista que se transformó en un documentalista, publicó un libro sobre la bossa nova al que tituló Chega de saudade. Allí intenta contar la historia oficial, y las paralelas, del movimiento musical que puso a Brasil en el centro de la consideración mundial. Y que tuvo una relación muy estrecha con la música norteamericana.
La anécdota que cuenta sobre el enriquecimiento de Stan Getz a partir de que incorpora socios cariocas y bahianos, es relevante al respecto. Getz-Gilberto, el disco que revela a los yankis el mundo que inventan Joao Gilberto, Vinicius de Moraes, Jobin y otros aliados, sale en Nueva York en julio de 1964 con un éxito arrasador.
Con el dinero que le produce el disco, Getz se compra una casa en Manhattan que perteneció a Frances Gershwin, la hermana del compositor. El edificio parecía salido de Lo que el viento se llevó, con 23 dormitorios, y columnas blancas que brotaban de todas partes.
La única que faltaba era Scarlett O`Hara. En su condición de coautor, Joao Gilberto recibió una primera entrega de 23 mil dólares y la consagración de dos Grammys. No le dio para hacerse rico. Astrud Gilberto, que con su hilo de voz, cantó Garota de Ipanema en inglés y provocó un impacto continental sólo cobró 120 dólares, el salario que autorizaba el sindicato de músicos en aquel momento.
Así se distribuía la riqueza. Sergio Mendes, que hizo luego una carrera rutilante en USA, se sacó, él, las ganas: adquirió un apartamento que había sido de Carole Lombard, lo llenó de obras de Cavalcanti y se llevó de Río un decorador carioca para que le reinventase el estilo Copacabana. Finalmente le agregó un estudio y cuando vendió el conjunto alcanzó ribetes de fortuna.
Detrás de esos cambios económicos estuvo siempre la bossa nova.