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Nuevo mapa. En el Viejo Continente se vive un proceso inverso al de América del Sur La derecha se extiende, ha sabido reciclarse y ahora promueve las políticas que antes le estaban "vedadas" | Nuevo mapa. La globalización dio un golpe de muerte al Estado-Nación En Francia, el socialismo vive su mayor crisis y en Alemania tiene pocas chances Se duda si es un fenómeno reversible | Dureza contra la inmigración... de un gobierno socialista
NEWSWEEK Y EL PAÍS DE MADRID
Si la política, como la economía, se mueve en ciclos lentos pero inexorables, entonces la centro-izquierda que durante tanto tiempo ha definido la política europea parece estar en una profunda y prolongada recesión.
No importa cómo se llamen a sí mismos -socialdemócratas, socialistas o laboristas- pocas veces se han mostrado, de manera simultánea, tan preocupados. Al contrario de lo que ocurre en América Latina, donde la izquierda goza de un momento hegemónico, la derecha, en sus distintas denominaciones, gobierna hoy en 19 de los 27 países que conforman la Unión Europea (UE).
En Gran Bretaña, la popularidad del primer ministro Gordon Brown ha llegado al fondo. Los socialdemócratas de Alemania son un partido en declinación, que está apretado entre los conservadores en el centro y los populistas extremistas en la izquierda. En Francia e Italia, dirigentes derechistas de nuevo estilo han logrado hacer trizas a la oposición izquierdista. En ese último país, por primera vez en la historia, el Parlamento no tiene sentado ni un solo diputado comunista.
Hasta José Luis Rodríguez Zapatero, en España, el último izquierdista que gobierna sin rivales a una potencia europea, parece cada vez más asediado, a medida que el milagro económico español se desmorona a su alrededor.
Ni siquiera los países escandinavos son lo que eran. El famoso modelo sueco nunca había estado tan amenazado: los socialdemócratas ya no dirigen a Estocolmo ni al gobierno finlandés. Y los sondeos les son adversos en Noruega, donde dirigen una heterogénea gran coalición.
¿Por qué la izquierda europea tiene tantas dificultades? Hace tres semanas, los socialdemócratas de Alemania destituyeron a su cuarto presidente en igual número de años y designaron a un burócrata de carrera, sin carisma, el ministro de Relaciones Exteriores, Frank-Walter Steinmeier, para enfrentar a la popular canciller Angela Merkel en las elecciones nacionales de septiembre de 2009. Pocos días antes, los socialistas de Francia, en su confabulación anual de fines del verano, en La Rochelle, estallaron en discrepancia e intriga sobre la orientación del partido. Por cierto, los problemas de cada partido están delineados por reacciones personales y circunstancias: desde el hartazgo de los votantes británicos con Brown después de once años de gobierno laborista hasta la venerada tradición italiana de una izquierda dividida y autodestructora. Asimismo, luchan con un cúmulo común de problemas, entre los que aparece una centro-derecha que se muestra con creciente aptitud para promover políticas que en otros tiempos fueron consideradas "de izquierda" en áreas como la educación, la defensa del ambiente y la justicia social. La declinación económica actual también tiende a favorecer a los conservadores, a quienes los votantes ven como más prudentes en temas que afectan a la economía.
Sin embargo, el mayor dilema es que la mayoría de los partidos de izquierda no ha descifrado la manera de adaptar sus viejas ideologías del Estado de bienestar social a las realidades económicas modernas, mientras buscan ser atractivos para los votantes que ven a las reformas modernas como una traición a los ideales socialistas tradicionales de sus partidos y que pueden inclinarse por partidos de extrema izquierda. El ex legislador del Partido Laborista, David Marquand, sostiene que la izquierda tiene mayores dificultades que la derecha para buscar un acercamiento con la oposición. "Su herencia como partidos de clase ha mantenido vivo el poderoso mito de la perfidia y traición de clases si tratan de cooperar con la derecha", afirma. El resultado es que los partidos principales de izquierda en Europa enfrentan no una caída temporaria, sino la crisis más grave en décadas.
confusiones. El caso emblemático de estos dilemas es el Partido Social Demócrata (SPD) de Alemania, pese a que comparte el poder como el socio menor de una coalición con los demócratacristianos de Merkel. El oscuro acuerdo de trastienda que produjo la designación de Steinmeier no pudo estar en contraste más agudo con el espectáculo público y orgulloso que tuvo lugar al mismo tiempo al otro lado del Atlántico, a medida que los dos grandes partidos de Estados Unidos finalizaban el proceso de elección de sus candidatos a la Presidencia. El principal rival interno de Steinmeir, el presidente del SPD, Kurt Beck, no se retiró con un digno llamado a la unidad partidaria, sino que renunció con indignación, culpando a "intrigas" y "complots" no especificados.
Mientras, el apoyo a nivel nacional del SPD se deslizó hacia apenas un 20%.
El Partido Socialista de Francia se encuentra en peor situación. Sin líder y sin un programa claro desde que Nicolas Sarkozy le dio una paliza en las elecciones presidenciales del año pasado, está dividido entre unir fuerzas con los comunistas y varios grupos marginales izquierdistas, o correrse hacia un territorio político de centro más socialdemócrata.
Sarkozy también ha hecho una tarea brillante para desestabilizar a los socialistas, no sólo mediante la designación de prominentes izquierdistas a su ostentoso gabinete bipartidario. Un día antes del encuentro veraniego de los socialistas, Sarkozy reveló planes para un nuevo subsidio al trabajo que será financiado con un impuesto a los capitales de inversión. Los empresarios franceses están furiosos, pero también lo están los socialistas, quienes parecen impotentes mientras miran cómo Sarkozy sazona sus políticas con medidas que son clásicas de la izquierda.
El primer ministro de Italia, Silvio Berlusconi, también ha realizado una tarea brillante de utilizar parte de las políticas izquierdistas. Ha golpeado a los bancos y empresas de energía con un nuevo "impuesto Robin Hood" de 1.000 millones de euros, después que su izquierdista antecesor redujo los impuestos a las empresas. Su ministro de Economía, Giulio Tremonti, es un prominente agitador contra la globalización.
Lo mismo puede decirse del Partido Conservador de Gran Bretaña, que se encuentra en ascenso con 45% de popularidad en las últimas encuestas, en comparación con sólo 26% del Partido Laborista. El líder conservador, David Cameron, ha adoptado un conservadurismo más suave y agradable al abrazar políticas de defensa ambiental y justicia social. Pero, en un nivel más profundo, el laborismo sufre de una enfermedad ideológica.
La clase media sospecha que el laborismo -y especialmente Brown, que ha retrocedido del apoyo sin vacilaciones de Tony Blair a las políticas de libre mercado- tiene una instintiva debilidad por la estrategia de viejo estilo de "gasto e impuestos" que no ha dado dividendos. Por ejemplo, el gasto en educación y salud se ha más que duplicado sin la correspondiente mejora de los servicios.
La derecha también ha actuado con eficacia para explotar las preocupaciones europeas sobre la inmigración, mediante la aplicación de políticas que van más allá de la habitual posición dura en materia de fronteras y delitos. Bajo líderes como Merkel y Sarkozy, la derecha ha logrado desarrollar vías de integración de las minorías musulmanas pobres y dejado por el camino el tradicional "laissez faire" multicultural que fracasó en el pasado.
virajes. "La izquierda no ha sabido cómo afrontar el relativo declive del Estado en comparación con la globalización", explica el historiador británico Eric Hobsbawm, de 91 años.
"El Estado nacional, que ha sido el marco esencial para muchos de los programas de la izquierda, ya no está en posición de o bien generar los cambios que la izquierda reformista estaba dispuesta a poner en marcha, o transformarse a sí mismo totalmente en una economía socialista", sostiene.
A su juicio, "la izquierda ha sido reemplazada, quizás temporalmente, por grupos de presión especiales a favor de asuntos a veces identificados con la izquierda en el pasado, que no son completamente idénticos al programa general de la izquierda, como la emancipación de las mujeres, el liberalismo cultural o el medio ambiente".
La mayoría de los dirigentes de izquierda no piensa (o no quiere pensar) en este mar de fondo y prefiere apuntar a un fenómeno coyuntural. "Creo que se trata de un efecto péndulo; en 2000 la situación era exactamente la inversa y la izquierda dominaba claramente", sostiene Enrique Barón, jefe de los socialistas españoles en la Eurocámara. Otros, como el ex ministro de Trabajo de Zapatero, Jesús Caldera, aseguran que lo que está en retroceso es el pensamiento "neoconservador", y pone como ejemplo el ascenso de Barack Obama en EE.UU. y su acogida en Europa.
En las antípodas se encuentra el historiador Josep Fontana, profesor emérito de la Universitat Pompeu Fabra. No es que la izquierda europea esté en declive, apunta, sino que directamente se ha extinguido. "Los viejos partidos socialdemócratas se han convertido solo en demócratas: partidos moderados de centro, que se preocupan por los derechos individuales, pero no por los sociales. Y a la izquierda de eso no le ha quedado nada". El corrimiento hacia el centro -y más allá también- ha sido frecuente en los últimos años (ver nota aparte).
El mundo ha cambiado y sus nuevos contornos son todavía demasiado difusos, pero para algunos académicos la crisis no es sólo de la izquierda. Así lo cree Rodney Barrer, profesor de la London School of Economics: "La izquierda está en crisis por la misma razón por lo que la derecha está en crisis: durante la mayor parte del siglo XX había un mapa ideológico claro, con posiciones ideológicas coherentes izquierda-derecha. Si en 1950 le digo que estoy a favor de nacionalizar industrias, usted habría sabido qué pienso sobre armamento nuclear o las relaciones Iglesia-Estado. Y si le dijera que estoy a favor de más disciplina en la familia sabría qué pienso sobre el impuesto de transmisiones patrimoniales o los sindicatos. Ahora ya no hay posiciones ideológicas claras y los partidos las están buscando continuamente. A menudo, sólo a nivel de la imagen".
19 Son los ejecutivos de derecha en el total de los países de la Unión Europea. El bloque cuenta con 27 estados integrantes.
El Partido Socialista francés, situado bien a la izquierda de la socialdemocracia europea, es considerado un termómetro de esta ideología en el continente. Y su reciente encuentro anual en La Rochelle ofreció un espectáculo deprimente. Tanto, que uno de los participantes dijo que el mejor discurso que escuchó fue... el de Barack Obama en Denver, durante la Convención Demócrata que se realizaba paralelamente en Estados Unidos.
En noviembre, los socialistas -no gobiernan desde 1995 y fueron vapuleados por Nicolas Sarkozy en 2007- elegirán a su nuevo líder, cuando Francois Hollande se retire. Entre los candidatos a sucederlo están Segolene Royal, la perdedora de los comicios de 2007 (aunque se comenta que no se presentaría) y Bertrand Delanoë, el actual alcalde de París.
El problema de los socialistas es que, quien asuma la conducción partidaria sólo tendrá autoridad limitada, debido a que los miembros del partido pueden elegir a otra persona como candidato a la Presidencia. Según las encuestas, Delanoë sería el líder socialista, pero Royal es la preferida para los comicios de 2012. Hay un futuro de grandes luchas internas. the economist
Los austríacos irán hoy a las urnas para decidir una nueva mayoría tras desintegrarse en julio la coalición gubernamental izquierda (SPÖ)-derecha (ÖVP). Las encuestas de intención de voto están sumamente reñidas, pero le dan una pequeña luz de ventaja a los socialdemócratas, entre un 27% y un 29% de los votos, contra un 26% para los conservadores. La paridad entre las partes en pugna se debe a que a ambas formaciones se le atribuye el fracaso de la lucha contra el aumento del costo de vida. Aún así, si el favorito, Werner Faymann, vence, la izquierda europea encontraría un respiro entre tantas malas noticias que sufrió en los últimos años. AFP
EL PAÍS DE MADRID
Y THE ECONOMIST
La hegemonía de la derecha no se expresa sólo en la apabullante mayoría de Estados que gobierna en la UE. Va más allá. En los escasos países donde la izquierda sí gobierna se impulsan a menudo políticas indistinguibles de los Ejecutivos de derecha: endurecimiento de las políticas migratorias, recorte de libertades civiles en nombre de la política antiterrrorista, liberalización a ultranza del mercado laboral, supeditación a EE.UU. El gobierno laborista británico ha sido la avanzada de esta agenda en la UE, adonde ha encontrado siempre la complicidad de la izquierda de los países del este, que tras décadas de totalitarismo parece haberlas incorporado en su ADN.
El mismo Ejecutivo de José Luis Rodríguez Zapatero, la actual estrella de la izquierda europea, parece apuntar en la misma dirección. El símbolo del giro es el Departamento de Trabajo: de Jesús Caldera, el responsable de las regularizaciones de inmigrantes y del acento social del gobierno, se pasó a Celestino Corbacho, abanderado de la mano dura y el cierre de fronteras.
Pese a que el gobierno niega giro alguno, los socialistas españoles lo hicieron patente al votar en la Eurocámara la directiva de inmigración, que autoriza la retención de sin papeles durante 18 meses: 16 de los 19 socialistas españoles se desmarcaron del grupo y la apoyaron.
Además de que la derecha ha logrado reinventarse, dos motivos estructurales también importan. Uno es la declinación pos industrial de los sindicatos. Esto ha quitado a los partidos de izquierda su base natural de poder. Un segundo factor es el envejecimiento de la población europea. Los votantes de edad avanzada tienden a ser más conservadores, así como están más preocupados por temas como la inmigración, el Islam y la seguridad, que la izquierda tiene problemas para abordar, aunque son asuntos favoritos de la derecha. Pero, el mayor problema de la izquierda ha sido enfrentar la globalización, a la que se ha pasado denunciando, y que horadó al Estado-Nación, donde funcionaban mejor las políticas socialdemócratas.
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