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Logro. La versión de Omar Varela tiene gran personalidad
CARLOS REYES
La sala mayor de la Alianza Uruguay-Estados Unidos viene desarrollando desde hace años una progresiva apuesta por los espectáculos musicales. Ese camino ascendente tiene un hito en "Cabaret".
Muchas sorpresas esperan a los espectadores de este montaje. La primera, que no busca seguir los pasos de Liza Minelli, sino que Sara Sabah encamina su protagónico por una senda personal, armonizando la voz y la actuación. La segunda, que más que un musical, es una obra de teatro con canciones (como ya había advertido el director), hecho que le da un perfil diferente.
Claro que siempre está detrás la historia, que a través de situaciones en su mayoría sutiles pinta el terrible panorama del ascenso del nazismo. En ese sentido, la historia del relato recorre desde los años ´30 (cuando nació en forma de novela), pasando por el musical de Broadway para culminar en la película que magníficamente interpretó Minelli. Y en ese recorrido, muchos elementos brechtianos llegaron a Broadway, dándole al musical un marcado sesgo político en forma y contenido.
Esos elementos son aprovechados por Varela, que apuesta por montar pequeñas escenas de teatro de época que son realmente convincentes. Algunas incluso con cierta comicidad, como las que desarrollan Ana Rosa y Sergio Pereira, muy bien caracterizados como personas mayores.
El tono medido y prudente de estos dos personajes (la dueña de la pensión y el vendedor de verduras), sirve de contraste para subrayar el empuje prepotente de los representantes del nazismo: y en ese punto el director y su equipo se manejan con tacto, dejando que unos pocos elementos hablen explícitamente del fascismo. Simultáneamente, otros toques sutiles remarcan con cuidado el creciente ambiente de opresión y brutalidad.
Mientras las escenas más teatrales corren con claros toques de época (también están muy bien las actuaciones de Álvaro Pozzolo y Bettina Mondino, esta última irreconocible en su gran papel de Fraulein Kost), los aspectos musicales y coreográficos aportan ritmo y dinamismo, sobresaliendo la notable interpretación que Sabah hace de Sally Bowles.
La cantante, convertida en actriz, logra armonizar lo vocal y lo actoral, a la vez que infunde a su rico personaje todos los tonos que éste tiene: desde los arrebatos de esperanza al miedo y la inseguridad. Desde la voluntad de vivir sin ver la realidad, hasta la intuición de que algo horrible está por ocurrir.
El marco escenográfico y sobre todo la orquesta en vivo, suman méritos a este espectáculo realmente recomendable. Entre los detalles, los accesorios del vestuario y los sombreros cobran especial importancia, en un equilibrio entre lo austero y lo suntuoso.
Nacho Cardozo (que está muy bien en su rol de maestro de ceremonia) quizá no tuvo un vestuario que acompañara la armonía del conjunto. Otro detalle que resta calidad al montaje es la pronunciación, por ejemplo, del alemán, que en unos actores tiene un tono francés, en otro chino, y en muchos casos distorsiona el sentido de lo que se quiere comunicar.
También la puesta en escena cuenta con un intervalo que no aporta y enlentece el desarrollo de la función. Pero más allá de los asuntos pequeños, el director, los productores, los artistas y los gestores de la sala, consiguen con este Cabaret un musical que tiene un sabor a la vez internacional y local.
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