MIGUEL CARBAJAL
El sol aterriza sobre las colinas de Roma. Es un hermoso día de verano. La mitad de la población ha resuelto alivianar los ardores con una típica jornada en Ostia. El ferrocarril es el medio de transporte mayoritario en una Italia que está lejos del consumismo. El esquema es más o menos siempre el mismo. El matrimonio Ave Ninchi-Aldo Fabrizzi parte hacia la estación cargado de canastas, muchachas en flor y muchachos tapiados de testosterona. La excusa es dar un poco rienda suelta a los apremios de la juventud. Ambos, Ninchi y Fabrizzi, constituyen el epítome de la comedia de costumbre, aunque el bautismo de Fabrizzi fue trágico en Roma ciudad abierta. Nadie se toma en serio las calenturientas anécdotas romanas: muchas curvas, varios jóvenes salidos de la adolescencia y el repertorio machista de costumbre. En los Cincuenta operaban las cosas así en el cine italiano. Se había salido del neorrealismo y se estaba en plena comediola. Todavía quedan resabios de las divisiones de clases existentes hasta entonces. Uno de los principales directores de cine era un aristócrata milanés: Luchino Visconti. Uno de los cómicos más famosos era un marqués del Sur al que los sicilianos consideraban el colmo de la gracia.
Aún no han salido a la luz las grandes películas de la burguesía, aunque ya vienen algunas en camino. Un fallido trabajo de exhumación del cine de Elio Petri demuestra la calidad de los intérpretes italianos. Petri es, con Damiani, uno de los mayores exponentes del cine político y testimonial. Sus herederos reunieron parte del material fílmico e intentaron reconquistar un espacio que parecía perdido del todo. El material es pobre, la historia demasiado arrevesada, lo que sobra son los intérpretes. Ese muchacho de perfil sedoso volvió locas a las mujeres en Il bell`Antonio. Se convertirá con el paso del tiempo en el actor europeo más importante de la segunda mitad del siglo pasado, pero Mastroianni casi ni aparece como referencia. Las estrellas de Petri son Giancarlo Giannini y Gian María Volonté. Ambos son dos actores excepcionales. Giannini posee los ojos de un galán pero su mirada es demasiado fuerte y sus ademanes algo marcados de más como para que pueda hacer el doble tipo de carrera que hizo famoso a Mastroianni. Volonté es otra luminaria con brillo propio, más volcado al costado documental. Es menos histriónico que Giannini, pero igual de prestigioso. Desde el cine francés de preguerra, cuando Gabin brillaba en París como un faro solitario, que no existía un cine europeo de la envergadura de la que pretextan los elencos de Petri. Todo se construye en realidad sobre cuarenta dólares y la fama gratuita que han conseguido las películas del verano con muchachas ardientes y muchachos pasados de revoluciones. Ave Ninchi intenta llevar un poco de control pero el temperamento italiano la desborda. Se está lejos del cine erótico pero la filmografía tiene una temperatura tórrida que estalla en gente joven e inquieta y manos ligeras como aspas de molino.