Margarita esperaba aliviar el dolor en su cadera con el agua termal de Arapey, aunque tuviera que bañarse con algo de ropa para cubrir su piel delicada. Pero no la dejaron bañarse vestida, porque el lugar tiene "fines turísticos, no medicinales".
Hace dos años, Margarita Cayota sufrió graves quemaduras en un accidente casero, que le afectaron 22% del cuerpo y una pierna hasta el hueso, lo que le ocasionó problemas en la cadera. La recuperación implicó varias operaciones, aplicación de injertos de piel sacada de su pierna sana, intervenciones estéticas y apoyo psicológico para aceptar su nuevo cuerpo.
Su piel todavía es frágil "como la de un bebé, se lastima enseguida", describió su esposo, Alejandro González. Por eso, no puede tomar sol ni ir a la playa, donde la arena puede provocarle infecciones. Así que decidió ir en septiembre a las termas del Arapey, en las que además esperaba encontrar alivio para su problema de cadera.
Era la primera vez que iban y como otros visitantes, habían escuchado de las propiedades curativas del agua. Cayota pensaba bañarse con calzas y una camiseta con mangas, para proteger su piel, que se lastima con facilidad.
González fue hasta la administración del complejo para avisar y explicar la razón. Allí, "me dicen que mi señora no se puede bañar y que me recomendaban que se bañara en las duchas, sentada en una silla de noche, cuando la gente no la vea", contó. "Pero no es un problema estético, es de salud", insistió el hombre. Pero la decisión se mantuvo y Cayota sintió que, tras una trabajosa recuperación, la habían tratado como a "alguien distinto, como un monstruo".
Espacio común. Sin embargo, el administrador del complejo y subdirector de turismo de la Intendencia de Salto, Heber Vázquez, sostuvo que sólo aplicó la regla común que impera en el espacio público.
"En enero vino una congregación judía ortodoxa, les aclaramos de antemano que no iban a poder bañarse vestidos, y nos pusimos de acuerdo en que ese tipo de uso de las piscinas no se iba a realizar", ejemplificó Vázquez. "Cuando la señora tomó la reserva no lo aclaró, si no hubiéramos corregido a tiempo el malentendido. No es el servicio que ella pensaba que se le podía brindar. Este es un centro turístico, no curativo", añadió.
"Si vendiéramos un producto con características medicinales, entiendo que le asiste la razón de protestar. En tanto vendemos un producto turístico, el reclamo escapa un poco a lo que es nuestro régimen de trabajo. No pongo en tela de juicio que se haya sentido herida, pero el tema es regular el uso de la pileta y el respeto a los otros", dijo Vázquez.
"Si las otras personas que hacen uso de la pileta ven a alguien entrar vestido van a pensar que es porque algo tiene, eso genera un cierto desagrado. Van a pensar `a mí me piden que me bañe y esta mujer entra vestida`", ejemplificó Vázquez.
Por su parte, Cayota entendió que fue víctima de "discriminación", y señaló que no se llegó a consultar a quienes hacían uso de las piletas sobre si les molestaría la situación.
Aunque las propiedades medicinales del agua termal para dolores óseos, musculares y para la hipertensión están difundidas en el saber popular, en el complejo municipal de las termas de Arapey no hay un espacio delimitado para personas con alguna enfermedad o discapacidad.
"Tenemos cinco piletas y las cinco tienen el mismo tipo de uso, no hay una específica por ejemplo para curación de reuma. Eso queda a criterio de quien lo usa, es una cuestión de sensaciones", afirmó Vázquez.
Al irse antes de tiempo, la pareja pidió la devolución del dinero que habían pagado por adelantado, pero la política del lugar no es devolver en efectivo, lo que aumentó el malhumor por la situación.
"Habitualmente, la devolución la hacemos en días para otra estancia. Trabajamos mucho con clientes que vienen periódicamente y con excursiones. Quizás en este caso la persona ya no desee volver y veremos la forma de devolverle el dinero como corresponde", aclaró Vázquez.