Futuros clásicos a guitarra y voz, cerca de una leyenda lista para el despegue

Neil Young. "Sugar Mountain: Live at Canterbury House 1968", tercer rescate de su archivo personal

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SEBASTIÁN AUYANET

Dos noches de pequeños conciertos en una universidad forman parte de esta tercera entrega de la serie "Neil Young Archives". Una instantánea de un ícono mundial justo antes de encarar su carrera en solitario.

Pese a que sean grandes escritores de letras, hombres que definieron una sensibilidad y una forma de narrar la música en inglés, no se necesita ser experto en el idioma ni entender exactamente lo que dicen sus canciones gente como Bruce Springsteen, Bob Dylan o Johnny Cash para que éstas surtan efecto.

Esto tiene que ver con el poder de sus melodías, de su voz y de otras variables menos visibles y misteriosas. De ahí que seguir esas canciones con un inglés inventado y de interpretación libre -un chiste que el argentino Diego Capusotto ha sabido explotar con su personaje Roberto Quenedi- sea algo común en quienes necesitamos más de una escucha para internalizar las letras cantadas en ese idioma, aún más si llevan un vocabulario elevado.

Con Neil Young sucede eso. Los motivos son los mencionados. Sus canciones conmueven ni bien el hombre empieza a cantar y a tocar. Si su acompañamiento es una banda de virtuosos del rock y otras variantes como los músicos de la banda Crazy Horse, su aptitud para el rock de grandes estadios queda probada. Y pasa lo mismo si elige el formato de guitarra y voz, y si el escenario, en vez de un arena para miles, está definido por la intimidad y la cercanía de un sitio como la Canterbury House, un pequeño edificio dentro del campus de la Universidad de Michigan, Estados Unidos. Este tercer rescate de la serie "Neil young Archives", que anteriormente había lanzado un registro del canadiense en el año 1971 (Live at Massey Hall), lo encontraba consolidado y camino a Harvest, la que para muchos es su obra maestra, y que llegaría un año después.

Pero este concierto -buscado con obsesión por sus fanáticos- se ubica en una etapa de ensayo, nervios e incertidumbre, palpables en cada uno de los tracks desempolvados.

Hacía apenas meses que Young se había separado de Buffalo Springfield, la primera banda con la que se hizo un nombre en la música. Neil Young estaba para mucho más que los Buffalo, pero en aquel momento tenía dudas. Los historiadores dicen que el miedo casi lo hace desistir de un concierto para el que esperaba ver menos de la mitad de la gente que asistió.

Pero esa tensión no le juega en contra a este disco. Le añade valor. Con el cantautor haciendo bromas al público y pequeñas introducciones a cada uno de los temas, la atmósfera está cargada de la sensación de que allí está sucediendo algo histórico. En el recital, Young reclama su autoría en varios temas de los Buffalo, como Mr Soul o Expecting to fly, a la vez que adelanta canciones que se volvieron clásicos de la música cuando el rock se terminó de asentar como industria y sus cuerdas vocales se volvieron una fuerza incontenible.

En tanto -y ahora sí, una vez escuchadas las canciones y atendidas las letras- se confirma como un generador de imágenes y sensaciones. La canción que da nombre al disco, una letra adolescente que luego aparecería en varios singles y recopilaciones es la muestra más clara.

Dos meses más tarde, grabó con los Crazy Horse Everybody knows this is nowhere, en una vertiente muy diferente a la de estas canciones y comenzó a volverse un referente. Por eso este registro previo es tan importante. Para quienes conocen el final de la historia, Sugar mountain es una instantánea sin adornos ni maquillajes, rústica, de uno de los grandes narradores de la Norteamérica profunda en un momento expectante.

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