BEIJING JOSÉ REINOSO, EL PAÍS DE MADRID
Un día como el jueves 18 de diciembre, pero hacía 30 años, daba comienzo en Beijing el Tercer Pleno del 11 Comité Central del Partido Comunista Chino (PCCh), liderado por Deng Xiaoping. Sería histórico.
China acababa de dejar atrás la trágica Revolución Cultural, el movimiento lanzado por Mao Zedong en 1966 para avivar el espíritu revolucionario y deshacerse de sus rivales políticos, y que sólo terminó con su muerte, en 1976. El 22 de diciembre, finalizaba el cónclave de cinco días, y Beijing iniciaba el proceso de Reforma y Apertura, la mayor transformación económica y social que ha vivido un país en la historia de la Humanidad. Tres décadas después, China se encuentra en un momento crucial, y afronta grandes desafíos, acrecentados por la actual crisis económica, bajo el gobierno único de un PCCh aferrado al poder.
Durante estos años, China ha alcanzado unos logros económicos y sociales extraordinarios, que han recibido el aplauso de organismos internacionales y Gobiernos extranjeros: se ha convertido en la cuarta economía del planeta (el PIB ha crecido a una media anual del 9,7%), ha establecido su poderío diplomático y ha sacado a cientos de millones de personas de la pobreza, aunque siga habiendo 318 millones -de una población de 1.300 millones- que viven con menos de dos dólares diarios.
Pero el modelo de desarrollo a cualquier precio ya no vale, según aseguran los actuales dirigentes, liderados por el presidente, Hu Jintao, y el primer ministro, Wen Jiabao, porque las desigualdades sociales han alcanzado cotas sin precedentes, la corrupción está ampliamente extendida, y la degradación medioambiental es muy grave. La renta per cápita mensual en las zonas urbanas ascendió a 1.148 yuanes (167 dólares) el año pasado, 3,3 veces más que la del campo, y la diferencia no cesa de aumentar. Cuando llegaron al poder, en octubre de 2002, Hu y Wen hicieron de la defensa de los más desfavorecidos su prioridad, y fijaron como objetivo disminuir la brecha entre ricos y pobres.
En aquella histórica reunión de 1978, el PCCh enterró "la lucha de clases como política central", y adoptó una serie de reformas económicas, conocidas como "Las cuatro modernizaciones", que contemplaban la agricultura, la industria, la ciencia y la tecnología, y el ejército. El astuto y pragmático Deng lanzó así una era de cambios, que siguen hoy en marcha, bajo el paraguas de lo que denominó "el socialismo con características chinas". Adoptó mucho del capitalismo occidental y, para frenar el debate ideológico sobre las reformas, lanzó la famosa frase: "Qué más da gato que el gato sea blanco o sea negro, lo importante es que cace ratones". El legado maoísta había pasado a la historia.
giro. La nueva "revolución" comenzó en el campo, donde se dio marcha atrás a la colectivización de la tierra y las comunas, pero rápidamente se extendió a las ciudades, y se pusieron en marcha las primeras zonas económicas especiales, en el sur.
El giro crucial se produjo a mediados de la década de 1990, con el cierre de miles de empresas estatales, el despegue de la iniciativa privada y la verdadera apertura al capital extranjero. Asegurar estos cambios radicales, requería estabilidad política, y el PCCh continuó gobernando con mano de hierro, como demostró la violenta represión de las manifestaciones pro democráticas de 1989.
La actual crisis económica mundial ha puesto de manifiesto algunos de los puntos débiles del modelo chino, entre ellos, la falta de un sistema de seguridad social o la precariedad del sistema sanitario. Miles de fábricas han cerrado en las últimas semanas, y sus trabajadores se han quedado en el paro, debido a la ralentización de la demanda extranjera, lo que ha dado lugar a un número creciente de protestas.
Beijing ha tomado medidas tajantes para insuflar oxígeno a la economía, como fuertes bajadas de los tipos de interés y un plan financiero por valor de 586.000 millones de dólares hasta 2010.
La pérdida de empleos representa uno de los mayores desafíos para el PCCh, que durante estos 30 años ha buscado legitimarse en el poder, en buena medida, gracias al fuerte crecimiento que ha experimentado el país.
El Diario del Pueblo, órgano oficial del partido, afirmó que China se enfrenta a la difícil tarea de mantener la paz social, ante la situación económica. Beijing ha dado orden a los Gobiernos provinciales de que abran vías de diálogo con los manifestantes, al tiempo que garantizan la estabilidad.
Hoy, prácticamente todos los hogares chinos tienen televisión, y, en las ciudades, lavadora, algo raro hace tres décadas; 15 millones de familias poseen coche particular, y muchas son propietarias de su propia casa.
Pero por el lado de las reformas políticas, ha habido pocos avances. El Partido Comunista sigue anclado al poder, ya que sus dirigentes consideran que es la mejor garantía para que China continúe el proceso de desarrollo.
Además, las violaciones de los derechos humanos siguen siendo continuas, y la disidencia es reprimida con dureza. El gobierno replica que el primer derecho humano es poder comer y que la situación ha mejorado mucho en estos años.
Siempre el PCCh
Hu Jintao ha prometido una mayor participación ciudadana en los asuntos políticos para 2020, el año que ha fijado para lograr lo que denomina una "sociedad moderadamente acomodada". Pero ha advertido que cualquier avance será efectuado bajo el gobierno absoluto del Partido Comunista Chino. En pocas palabras, más reformas y más apertura económica, pero nada parecido a la democracia.