Arriba y abajo

JORGE ABBONDANZA

La crisis que está destripando las finanzas del mundo pone de relieve los salvajes contrastes de fortuna entre la gente.

Esa crisis no inauguró nada, pero agudiza los abismos que ya existían y que se han acentuado con el paso del tiempo. Ante ese panorama, las viejas imágenes que guardaba la memoria son las del dictador Mobutu escapando del Congo con varios cientos de millones de dólares, las de "Baby Doc" Duvalier huyendo de la paupérrima Haití para apoltronarse en un castillo del sur de Francia o las de Pinochet abriendo grandes cuentas bancarias en Estados Unidos bajo un nombre retocado.

Pero esos saqueadores eran unos aficionados si se los compara con los titulares de las vertiginosas fortunas que hoy suben y bajan, en circunstancias siempre sospechosas y con métodos operativos a menudo canallescos.

El magnate ruso Roman Abramovich, por ejemplo, supo sacar hacia Inglaterra una montaña de dinero estimada en 30.000 millones de dólares antes de que lo atraparan las garras de Vladimir Putin.

Ya instalado en Londres hizo negocios de fábula, compró el club de fútbol Chelsea y el caserón más caro del mundo. Claro que ahora el derrumbe de la Bolsa de Valores de Moscú le devoró parte del patrimonio, pero es difícil que eso arruine su zarista tren de vida.

Y sin embargo también Abramovich se empequeñece ante la proeza del norteamericano Bernard Madoff, un corredor de valores de Wall Street que el jueves 11 marchó preso acusado de cometer un fraude de 50.000 millones de dólares. El hombre tomaba dinero para colocar, con la promesa de altos intereses y así estafó a cientos de familias ricas de su país (y a otros miles de depositantes menos poderosos), pero estuvo apenas cinco horas en prisión.

Salió el mismo jueves bajo una fianza de diez millones de dólares, que seguramente tenía en el monedero.

Por debajo de los ricos, la crisis no se detiene. El Bank of America ya anunció que en 2009 deberá despedir a 30.000 empleados, que son el 10% de su masa de oficinistas, mientras la industria automovilística norteamericana reclama el auxilio del Estado para no naufragar.

Como se sabe, las tres empresas mayores de esa categoría (General Motors, Ford, Chrysler) están echando a la calle a otros miles de trabajadores, a una altura en que su sede histórica -la ciudad de Detroit- sufre un fenómeno revelador. Allí vivían 2.000.000 de personas en la década de 1980, pero hoy la población se ha reducido a 800.000, con barrios enteros totalmente desiertos. Es la distancia que va de ayer a hoy.

Y todavía más abajo de ese nivel, suceden otras tristezas. En Nueva York sigue creciendo el número de "homeless", la gente sin techo que duerme en las estaciones de subte y vaga por la ciudad cargando un atado de ropa. Se calcula que hoy existen unos 50.000 menesterosos en Manhattan, 35.000 de los cuales sobreviven en refugios municipales, incluyendo a 15.150 niños.

Mucha gente modesta está perdiendo sus empleos en compañías de limpieza, mensajerías o en la industria de la construcción y sólo en el mes de noviembre unas 1.400 familias se presentaron ante las autoridades en busca de techo y comida.

Las organizaciones que asisten a esos desposeídos señalan que la situación será más grave en los próximos meses, mientras avanza uno de los inviernos más rigurosos de la década. Así crece el escalón entre los que tienen todo y los que no tienen nada.

¿Encontraste un error?

Reportar

Te puede interesar