El Uruguay de Aréchaga

Leonardo Guzmán

En octubre de 1949, Justino Jiménez de Aréchaga publicó "Panorama Institucional del Uruguay a mediados del siglo XX" en la Revista de Derecho, Jurisprudencia y Administración, que entonces dirigía Eduardo J. Couture.

En diciembre de 2008, La Ley Uruguay tiene el buen gusto de reproducirlo, con nota de su Director Héctor Gros Espiell.

Es texto fundamental, de lenguaje llano y sentimiento rotundo.

Estremece cómo transita de la norma a la vida, del instante a la historia y de la libertad a la responsabilidad, con el inconfundible vibrato del último y más completo de los tres Justino Jiménez de Aréchaga que hollaron nuestro Derecho.

Duele medir con su vara la vida que llevó el propio Justino en el Uruguay de después, donde, por rechazar el juicio ideológico-gremial, renunció a la cátedra y al título de Profesor emérito. Donde llegó a inspeccionárselo en Andebu desde la función vil que la dictadura entregó a unos pobres policías. Y donde se confinó en su casona de Pablo de María y murió proscripto.

Podría todo eso sumirnos en dolor sin esperanzas por "il tempo felice" perdido, si estas páginas que hoy releemos no tejieran el minuto ido con conceptos que traspasan siglos.

Sin invocar posgrado de sociólogo, antropólogo o politólogo y sin pretenderse historiador ni filósofo, el Maestro sintetiza nuestras instituciones desde la realidad y la norma a la vez, con mirada integral y casi humorística -opuesta a los reduccionismos que ya asomaban. Y muestra en lengua llana cómo, entre tantos países con letra parecida en la Constitución, el Uruguay se yergue distinto merced a sus singularidades.

Una de ellas es la manera amplia de entender la igualdad a partir del concepto de que "todo bípedo implume es un hombre". De esa idea dimanaban ya en los 50 los derechos ciudadanos y civiles de la mujer y surgen -hoy, 2008- múltiples cambios en marcha, entre los cuales, habiendo visto a qué desgracias conduce idolatrar lo inferior, se abre paso el hambre por igualarnos hacia arriba.

Seguro de que "no existe país alguno sobre la Tierra en el cual los extranjeros reciban de la ley un tratamiento más igualitario con relación a los nacionales que el que les dispensa el Derecho uruguayo", afirma Aréchaga que nuestro sentido institucional reposa sobre el modo -"singularmente amplio"- de entender la libertad, el poder político del pueblo y la contención de la autoridad pública.

Y explica: las singularidades no son casuales. "Advertimos una diferencia de importancia entre nuestro país y muchos otros de nuestro Continente: mientras durante la Colonia aquellos fueron poblados por gentes de la nobleza española o, al amparo de los Virreyes, fundaron sus propias aristocracias de sangre dobladas por una jerarquía eclesiástica y militar poderosa, la Banda Oriental fue tierra de trabajo y aventura para chacareros, artesanos y contrabandistas, guardados por capitanes y auxiliados espiritualmente por curitas de escasos latines. De ahí que nuestros ricos lo sean sin pergaminos, como lo somos todos nosotros, y que el origen familiar modesto no pueda ser, entre las gentes de nuestro país, un obstáculo…"

Como la Constitución, Aréchaga llama a sobrepasar al bípedo implume originario, edificando un monumento de vida en cada persona.

Tócale hoy a su mensaje abrirse paso entre carritos juntapapeles, lenguaje de letrina y pujos por asimilarnos a gobiernos impresentables.

Si lo oímos, ¡qué bello país para Campeón!

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