El gran bonete

GONZALO AGUIRRE RAMÍREZ

En el Frente Amplio, así como en su gobierno, todos son buenos... y correctos. Podrán meter la pata -y trabajar poco, como el señor Presidente de la República- pero no la mano en la lata.

Y, si a este respecto, se registra una excepción, como la del "indigente" senador que usó de los dineros y servicios públicos "pro domo sua", es solo eso. La excepción que confirma la regla de la turbia cristalinidad de estos señores... y señoras.

En consecuencia, a nivel administrativo y político, nunca se generan responsabilidades. El relajo puede ser mayúsculo, las omisiones pueden ser de todo tipo y calibre, los jerarcas pueden estar durmiendo la siesta mientras sus subordinados actúan en base al amiguismo político, pero todo ello es "pecata minuta".

Son minucias. O "conspiraciones de la derecha", como salió a decir el experto en secuestros, defendiendo lo indefendible.

La ministra de Salud Pública, en cuyos servicios se verificaron los hechos, las omisiones y el descontrol que permitieron al pobre senador "pobre" ser atendido y operado sin pagar lo que es de precepto, es frenteamplista, por supuesto. Por cuya causa, muy suelta de cuerpo, sustenta la tesis anti republicana que ha quedado expuesta. De tal palo tal astilla.

¿Por qué dije anti republicana? Porque en el sistema republicano de gobierno, como enseñaba Justino Jiménez de Aréchaga, (de pie, señores), no hay autoridad que no deba rendir cuentas. De sus aciertos, de sus errores y de sus horrores.

De los suyos, personalísimos, y de cuantos están sometidos a su jerarquía.

De todo ello, por acción o por omisión, por sus abusos, su desfachatez, su distracción o su somnolencia, son políticamente responsables los señores ministros, de acuerdo a los artículos 119, 147 y 148 de la Constitución. Y, también, los secretarios de Estado que lucen polleras o pantalones, como la doctora Muñoz. El sexo no altera los principios republicanos.

Los azares de la vida, determinados en este caso por una gira política de mi amigo Jorge Larrañaga, me llevaron a participar de la sesión del Senado en que se dio entrada, trámite y aceptación, a la exigida dimisión del ciudadano Nicolini.

Exigida, aunque la cauta senadora Topolansky Saavedra dijo que no se la habían reclamado " a punta de pistola" (sic), con vocabulario propio de sus fragorosos años juveniles. Ya lejanos, por fortuna para todos los uruguayos y para ella también.

Eran de verse los esfuerzos dialécticos de los correligionarios del usufructuario del carné de pobre, para no ubicar a ningún responsable de tamaño desaguisado.

Siguiendo la línea de doña María Julia, que en apenas cuatro días dispuso, sustanció y concluyó una investigación administrativa tan relampagueante como inútil, el senador Rubio, entre otros, concluyó que nada grave había pasado y que, en definitiva, no había responsables.

Eran cosas propias del tradicional "despiole" imperante en Salud Pública y de un error cometido por un cuasi imberbe becario de 22 años.

Hombre "joven e inexperto", dijera Dardo Ortiz en su célebre catilinaria contra José Germán Araújo. Como si ese chivo expiatorio -e irresponsable- no tuviera, por encima de él, una cadena de responsables.

Lo que me llevó a recordar, en el Senado, aquel jueguito de la infancia, donde el único que tenía el objeto buscado (o perdido) era el Gran Bonete.

Lo mismo pasa en este sainete. El único culpable es el Gran Bonete. ¡Sí señor!

Eran de verse los esfuerzos dialécticos de los correligionarios del usufructuario del carné de pobre, para no ubicar a ningún responsable.

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