El gran olvidado

Rodolfo Sienra Roosen

El historiador inglés Tony Judt en su estupendo libro, impreso en julio de este año en España, "Sobre el olvidado Siglo XX" se plantea la preocupación por el exceso de confianza, la autosuficiencia con que dejamos atrás el Siglo pasado y nos adentramos en el presente, provistos de medias verdades egoístas, como el triunfo de Occidente, el final de la Historia, el avance de la globalización o el libre mercado.

En esa prisa por dejar atrás el pasado, por ejemplo, olvidamos el significado de las guerras, que en ese período predominaron en Europa y buena parte de Asia hasta la década de 1970. Con la excepción de Estados Unidos -donde para muchos analistas políticos la guerra funciona, a pesar de la humillación de Vietnam y ahora en Irak, lo que justificó que la guerra haya sido una opción como lo demostró la decisión de atacar Irak en 2003- esas guerras destrozaron a los países beligerantes. Otra característica del siglo fue el auge primero y la caída después del Estado, lo que es aplicable en dos sentidos. El primero refiere a emergencia de los Estados Nación autónomos durante la primera década del siglo, y la ulterior disminución de sus poderes a manos de corporaciones multinacionales, instituciones transnacionales y el movimiento acelerado de personas, capitales y mercancías fuera de su control. En otro sentido, el Estado tiene una significación política. En parte como resultado de la guerra, ese Estado del siglo XX adquirió recursos y capacidades sin precedentes. En su forma benéfica derivó en el "Estado de bienestar" y en su forma maligna, esos recursos centralizados fueron la base de los Estados totalitarios de Alemania y Rusia.

Pero en el último tercio del siglo fue lugar común tratar al Estado como fuente de ineficiencia económica e intromisión social no deseable en asuntos ciudadanos (Thatcher, Blair y otros). Sostiene Judt lo discutible de este enfoque. Con esa concepción del Estado no hubiera sido posible el New Deal, ni el programa de la Gran Sociedad de Johnson, ni muchas instituciones y prácticas que caracterizan a Europa occidental. La realidad indica que el Estado a veces hace las cosas muy bien, y otras muy mal. Al "Estado de bienestar" se le califica despectivamente como europeo y socialista. Europeo podría ser si concedemos que Canadá, o Nueva Zelanda, y hasta Estados Unidos atendiendo al sistema de salud para los ancianos, son europeos, pero esto no tiene nada que ver con el socialismo. Es una grave confusión por desconocimiento del pasado, porque fuera de Escandinavia, en Austria, Alemania, Italia, Holanda y otros países, no fueron los socialistas sino los demócratas cristianos los que dieron actividad al "Estado de bienestar".

Judt se pregunta cuáles son los límites del Estado democrático, dónde está el equilibrio adecuado entre la iniciativa privada y el interés público, entre la libertad y la igualdad. La interrogante de siempre, sigue presente en los desafíos del siglo actual. La historia reciente ayuda a hacernos entender que no estamos ante el fin del capitalismo ni pamplinas por el estilo. El drama vivido en Estados Unidos está demostrando cómo, cuando es necesario, debe acudirse al Estado regulador para salvar una sociedad.

El autor compendió en el libro ensayos desde 1994 hasta 2006.

Fue premonitorio.

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