Francisco Gallinal
La renuncia del Presidente de la República Dr. Tabaré Vázquez a su calidad de afiliado al Partido Socialista tiene un significado y alcance profundo, que va más allá de la sola y ya de por sí importante circunstancia de su desvinculación de dicha colectividad. Refleja un estado de ánimo que seguramente abarca a buena parte del conglomerado frenteamplista, que es representativo del sentir de miles y miles de adherentes a esa coalición de Partidos y que muestra hasta qué punto están complicadas las cosas de cara al Congreso del próximo 13 de diciembre.
No es ese nuestro tema ni nuestro problema. El Frente Amplio sabrá cómo encarar el desarrollo del Congreso, la definición de las candidaturas y la mar en coche. Lo que sí nos generó enorme preocupación en ocasión de la Asamblea General del Poder Legislativo en que se trató el tema, fue la absoluta falta de respeto con que desde ese conglomerado y desde el Partido al que pertenecía el Dr. Vázquez, se habló y se trató a la Institución Constitucional que es la Presidencia de la República.
Lo que nos llamó la atención fue el poco valor que algunos integrantes del propio gobierno le otorgan a la jerarquía máxima que tiene este país democrático que es el Presidente de la República y, lo que es más grave aún, la escala de valores con que se manejan esos referentes gubernamentales. Escala de valores en la que para muchos legisladores del Frente Amplio, primero está el Partido y después el Presidente. Olvidando que el Partido sí es de ellos, pero el Presidente no.
Contrariamente a lo que desde el Partido Nacional se nos enseñó toda la vida. Contrariamente a lo que ha sido la prédica de Saravia, de Herrera, de Wilson, de Dardo Ortiz que tantas veces reiteró aquella feliz expresión de que "lo que es bueno para el país es bueno para el Partido Nacional", para estos señores y señoras legisladores primero están sus objetivos y sus reivindicaciones, y recién después están las Instituciones del país y el trato y el merecimiento que les corresponde.
Porque en definitiva que a esta altura de los acontecimientos seamos nosotros los que tengamos que decir que el Dr. Tabaré Vázquez, el 1º de marzo del 2005 dejó de ser el candidato del Encuentro Progresista, el afiliado del Partido Socialista, para convertirse en el Presidente de todos los Orientales sin excepción, nos resulta no sólo paradójico sino además muy preocupante.
No fuimos nosotros precisamente quienes lo convertimos en Presidente sino la gente votando libremente, adhiriendo a la propuesta de candidatura proclamada por estos propios legisladores que hoy lo disminuyen.
Todos, cualquiera sea nuestra pertenencia política, tenemos el derecho de discrepar con el Presidente de la República y no vamos a ser precisamente nosotros quienes coartemos este derecho. Pero de allí al cuestionamiento del que fue objeto, en una Asamblea General promovida y convocada a instancias del propio Frente, por el solo hecho de haber objetado un proyecto de ley que, a su juicio y al nuestro también, atenta contra derechos humanos a los que nuestra República adhiere desde siempre, hay un trecho largo que no aceptamos. Y que debilita el fortalecimiento Institucional que todo Estado de Derecho se merece tener, aunque no lo puedan entender algunos distraídos de siempre.