Piratas

Desde los albores de la sociedad organizada, los criminales del mar han asolado los mares.En el Mediterráneo, bien antes de Cristo, marinos convertidos en piratas y operando desde calas e innumerables pequeños puertos naturales en las islas el Egeo, hostigaron sistemáticamente el comercio que llevaban a cabo los fenicios y luego a las embarcaciones de Egipto, Grecia, Cartago y Roma. Finalmente el imperio Romano dijo basta y en pocos años borró a los bucaneros del Mediterráneo por casi 1.000 años.

Roma tuvo la voluntad de eliminarlos y organizó flotas que los perseguían hasta sus refugios, hundiendo o quemando sus buques y matando a sus familiares. Los apresados iban a parar a las galeras, pero antes les cortaban los pulgares. Así les impedían rebelarse y empuñar armas, pero no remar. La expectativa de vida en una galera Romana era de unos dos años. También hicieron lo suyo los Vikingos en las costas del mar Báltico y del Norte, especialmente entre el siglo IX y XII. Combatidos por Francia e Inglaterra y luego por los reinos escandinavos, terminaron sirviendo al reino de Suecia en su estructura militar. Otro azote fueron los Normandos que operaban desde Sicilia y contra ellos luchó Venecia y otros Estados de la península italiana, España y algo Francia. En el Mediterráneo luego tuvieron protagonismo los árabes, turcos y berberes durante la Edad Media. Estos últimos fueron muy resistentes pero terminaron siendo severamente diezmados por los EE.UU., durante la presidencia de Theodore Roosevelt, a principios del siglo XX, quien ordenó perseguirlos en sus guaridas, en la costa de lo que hoy es Marruecos.

Después en los siglos XVI, XVII y XVIII, hubo gran auge de la piratería, provocada por la codicia que despertaba el oro, la plata y las especies del nuevo mundo, la puja entre España y Gran Bretaña. Para hacerse de recursos, durante décadas los ingleses y los franceses dieron patentes de corzo a los piratas, que empezaron a llamarse elegantemente, corsarios. Los soberanos les extendían permisos y salvaguardias, contra parte del botín "incautado", siempre que el barco apresado fuera de la nación estipulada en la patente. Quien no recuerda a Francis Drake, John Hawkins, Walter Raleigh o Henry Morgan, la toma de Panamá, de Cartagena de Indias, de la Habana y otros puertos importantes. Cuando América Latina comenzó a independizarse y Francia quedó derrotada, a principios del siglo XIX, Gran Bretaña decidió terminar con la piratería que dañaba al comercio mundial que propiciaba. Disponiendo de una excelente flota, se dedicó a perseguir y ahorcar a todos los piratas que agarraba. Salvo raros y salteados episodios, mezclado con el tráfico de estupefacientes en las Bahamas y algún yate turista sorprendido cerca de la costa brasileña, esta lacra desapareció de las costas de nuestro continente. Pero con la derrota del imperio holandés, a finales del siglo XIII y el paulatino ocaso del Británico y el Francés, volvió a reaparecer, cada vez con más virulencia, en distintas zonas.

En el cuerno de África existe un estado fallido, Somalia, poseedor de una larga costa ubicada estratégicamente a la entrada del Mar Rojo. Al NE se halla la península arábica y la salida de los petroleros, los más chicos por el canal de Suez y los otros bordeando África, con destino a EE.UU. y Europa. Allí, la piratería es noticia diaria. Acaban de secuestrar un superpetrolero con 2 millones de barriles de petróleo. Siguen en cautiverio unos 300 marineros de distintos barcos y más de 2 docenas de embarcaciones de porte diverso, con alimentos, carga general, productos químicos, armas, vehículos, maquinaria.

Distintas naciones han enviado buques de guerra para patrullar y proteger la navegación, pero la costa es enorme y la disuasión no basta. Finalmente se está organizando un sistema de convoyes con escolta. Sólo la armada India, país seriamente afectado por la actividad de los piratas somalíes, les ha hundido un barco a cañonazos. En los abordajes, los delincuentes utilizan buques nodrizas desde los que salen de 3 a 9 lanchas veloces, con 30 a 90 hombres bien armados que trepan a los barcos, matan, hieren y amedrentan a los sobrevivientes. Sólo los largan después del pago de suculentos rescates y muchos cautivos llevan largos meses encadenados, cuando el armador no tiene recursos o se desinteresa al cobrar el seguro.

Es hora de que la U.E., el Consejo de Seguridad de las U.N. o a través de la NATO, se actúe con vigor para terminar con este flagelo. Si no a la romana o la inglesa, medidas radicales tendrán que ser.

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