El dilema entre la sabiduría y el amor humano

Luciano Álvarez

Durante una clase de catecismo, cuando tenía diez años, escuché esta historia: San Agustín paseaba por una playa meditando sobre el problema de la Trinidad cuando se distrajo a mirar a un niño que jugaba. Éste hizo un pozo en la arena, fue hasta el mar con un baldecito, lo llenó y lo volcó en el hoyo, una y otra vez. Sorprendido por la inútil tenacidad preguntó por el motivo del intento: "Estoy vaciando el mar y lo voy a poner en este hoyo". San Agustín replica que tal cosa es imposible y el niño concluye: "Más imposible es tratar de hacer lo que tú estás haciendo: comprender en tu mente pequeña el misterio de Dios".

Ignoro por qué este relato se mantiene activo en mi memoria. Lo cierto es que, ya maduro, cuando las tormentas sacudieron la llanura de mis ideas religiosas, Agustín salió nuevamente a mi encuentro.

Casi todo lo que sabemos de la vida de Aurelio Agustín, (354-430), nacido en Tagaste (actual Argelia), está contenido en sus "Confesiones", una autobiografía que no hubiesen rechazado los letristas de tango.

Hijo de una familia relativamente acomodada, fue a estudiar a Cartago. Era el año 371 y tenía 17 años. Allí descubrió el gusto por el teatro, la noche, las mujeres, las farras y el vino, diría el letrista. Mientras tanto, su madre lloraba y rezaba por la salvación de ese hijo descarriado; lo hizo durante quince años, hasta arrancarlo del pecado carnal y la herejía. Cumplida su misión, murió en brazos de Agustín, ya convertido.

En realidad, los pecados fueron exagerados por un Agustín que confesó y juzgó su juventud desde la atalaya de un intransigente converso de 43 años.

Desde los 18 años, y durante catorce, convivió con una joven que le dio un hijo, Adeodato, al que amó y educó. Sin embargo, su madre logró arreglar un matrimonio con una niña de diez años y "la mujer con quien compartía mi lecho -dice Agustín- fue alejada de mí como impedimento para mi matrimonio. Mi corazón está aún unido a ella: quedó traspasado y herido dentro de mí, y de la herida brotó sangre". Sin embargo -y esto es bien significativo- el autor nos ha vedado el nombre de aquella mujer con la que había vivido un matrimonio de hecho, tan auténtico que al irse, ella juró que "nunca conocería a otro hombre".

Para agudizar su confesada culpa, Agustín reconoce que tomó otra amante mientras esperaba que su prometida llegara a la pubertad.

Pero, salvo estos hechos, que no salían de las normas culturales de la época, Agustín no parece haber sido el libertino tanguero que él mismo insiste en mostrarnos.

En los hechos su mayor amor fue el conocimiento, un amante celoso y excluyente: "¿Crees que la hermosura castísima de la sabiduría se te mostrará si no es el objeto único de tu deseo?" (Soliloquios" XIII, 22)

Desde joven fue un intelectual atormentado. La parábola del niño y el mar refleja esa angustia que produce lo inasible y lo inalcanzable. Quizás por eso no he podido olvidarla.

Ese intelectual atormentado transitó con ahínco por diversas filosofías y confesiones.

Durante nueve años adhirió a los maniqueos, una secta caracterizada por su pesimismo acerca de la bondad humana. Los maniqueos eran apasionados, poseían disciplina personal, eran virtuosos y obstinados. Aun cuando renegó de la secta, nunca dejó de ser, psicológicamente, un maniqueo.

En el 384 obtuvo una cátedra de retórica en Milán y dos años más tarde encontró su revelación cristiana. En el 388 regresó definitivamente al África, tierra de intransigencias y violencia religiosa. En el 395 fue nombrado Obispo de Hipona.

Como suele suceder con los intelectuales conversos, el atormentado perseguidor de la verdad, una vez que creyó encontrarla, se convirtió en perseguidor de hombres y el sensual enamorado dejó lugar al más áspero enemigo de la sexualidad.

En este rubro escribió alguno de los textos más terribles salidos de una pluma cristiana: "Siento que nada derriba la fortaleza viril tanto como los halagos femeninos y [...] el contacto corporal". (Soliloquios X, 17)

Según la teoría agustiniana, Adán y Eva, antes de la caída, no conocían el deseo sexual. Si hubiesen quedado en ese estado de inocencia, o sin pecado, "el hombre sembraría y la mujer recibiría el semen cuando y cuanto fuere necesario, siendo los órganos genitales movidos por la voluntad, no excitados por la libido". (Ciudad de Dios XXIV, 1)

Respecto a la disidencia religiosa, interpretó el texto de Lucas 14:23 "Oblígalos a venir" como una justificación de la persecución "constructiva". Para Agustín, los herejes y heterodoxos no debían ser expulsados sino obligados a retractarse y someterse, aun por la fuerza o la tortura.

Como suele suceder con los intelectuales radicales, predicó que era deber del pensador ortodoxo "identificar la herejía incipiente, obligarla a manifestarse y denunciarla, por lo tanto obligar a los responsables a abandonar por completo su línea de investigación o aceptar su condición de herejes". (Johnson)

Sobre estos supuestos persiguió sin descanso a los heterodoxos de su tiempo, con la palabra y la acción.

No hay duda de que Agustín fue una fuerza de la naturaleza. Como dice Barrows Dunham "Todo lo que podemos encontrar en la naturaleza -y sobre todo en la naturaleza humana- lo hallamos en él: culpa y pureza, celo y prudencia, lujuria y disciplina, furor y generosidad, violencia y amor".

Difícilmente otro humano haya escrito tanto como Agustín; más significativo aún, es que su obra se ha conservado y divulgado ampliamente durante más de dieciséis siglos.

Para Benedicto XVI -que hizo su tesis doctoral sobre San Agustín-, el Obispo de Hipona "ha dejado una huella profundísima en la vida cultural de Occidente y de todo el mundo". Lo mismo sostuvo Paulo VI en 1970: "De su obra se derivan corrientes de pensamiento que penetran toda la tradición doctrinal de los siglos sucesivos".

Según Paul Johnson, autor de una Historia del Cristianismo, y amigo personal de Juan Pablo II "Agustín fue el genio sombrío del cristianismo imperial, el ideólogo de la alianza entre la Iglesia y el Estado".

Algunos novelistas han tratado de imaginar lo sucedido si Agustín no hubiese abdicado del amor por aquella desconocida mujer. Quizás se hubieran dulcificado las violentas relaciones del Cristianismo con los disidentes, con la mujer y el sexo. Quizás hubiesen podido beber más puramente de la fuente de aquel nazareno que sentaba a su lado a María Magdalena, le gustaban sus halagos y sus perfumes y bebía vino con sus amigos.

Quizás nuestro mundo le debiera menos a la angustiada intolerancia y al férreo clericalismo misógino de Agustín. Quizás nos hubiera llegado la luz de Pelagio, un monje irlandés a quien Agustín acosó durante siete años por sostener que los hombres nacemos con capacidad para lo bueno y para lo malo; que fuimos engendrados sin virtud y sin vicio y que "Dios no ha querido ordenar nada imposible, ya que es recto; y no condenará a un hombre por lo que no puede evitar".

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