THE ECONOMIST
Qué alegría de vivir este amanecer. Esa fue la reacción de muchas personas alrededor del mundo ante la elección en Estados Unidos de un presidente que emociona: joven, negro y con dones políticos e intelectuales por encima de lo común.
Pero, el mundo que enfrentará Barack Obama cuando se mude a la Casa Blanca, a partir del 20 de enero, no será un paraíso. En realidad, es un desastre.
En su libro de 2006, La audacia de la esperanza, Obama escribió sobre la necesidad de que Estados Unidos construyera un nuevo consenso internacional para hacer frente a las amenazas transnacionales. Argumentó que el mundo definido por la rivalidad de las grandes potencias "ya no existe". ¿Pero, eso es cierto? Puede argumentarse que la competencia al viejo estilo entre las potencias ha vuelto con venganza desde el fugaz interludio pos soviético de la década de los `90, cuando Estados Unidos avanzó por el planeta sin oposición. Robert Kagan, uno de los intelectuales estadounidenses más lúcidos en materia de política exterior (es partidario de John McCain), apunta en su libro El retorno de la historia y el final de los sueños, que un diplomático del Siglo XIX reconocería, de inmediato, este nuevo-viejo mundo de intereses en colisión y alianzas entre las grandes potencias.
La política exterior de Estados Unidos tiene en estos tiempos un extraño sabor del Siglo XIX. Embarcados en guerras que se libran a miles de kilómetros de distancia, los estadounidenses, al igual que los británicos antes que ellos, luchan contra fanáticos musulmanes desde la Mesopotamia hasta Afganistán y Pakistán.
Por cierto, ese no sería el panorama que hubiera elegido Obama. Un abogado egresado de la Universidad de Harvad, cortés y cerebral, con el don de inspirar y unir a la gente de los más diversos orígenes, aparece como el conciliador necesario para coordinar el rescate de la economía mundial, abordar el cambio climático, reformar las instituciones globales y, por sobre todo, revivir a Estados Unidos. Sin embargo, el nuevo presidente no puede elegir el lugar donde comienza su historia. "A uno puede no interesarle la guerra", dijo Trotsky una vez, "pero la guerra se interesa por uno". Gracias al legado de Osama Bin Laden y George Bush, Obama comenzará su mandato como un presidente de tiempos de guerra, que ha prometido terminar la guerra de Irak y ganar la de Afganistán. Esas, que no son menores que rescatar a Estados Unidos de la recesión, serán las preocupaciones desde el primer día.
Ninguna será fácil. Si los 200 mil alemanes que se congregaron para aclamar a Obama en Berlín, en el pasado verano del norte, son un indicio, tendrá espectacular buena voluntad global. Pero, los enfervorizados germanos no enviarán más tropas para ayudar en Afganistán. El mundo aplaudirá si Obama cierra Guantánamo, la prisión que simboliza todo lo que estuvo mal en la "guerra contra el terror" de Bush. Pero, aunque la cierre, Al Qaeda no se disolverá. Michael McConnell, director de Inteligencia de Estados Unidos, dijo a los dos candidatos presidenciales, que Al Qaeda seguirá "muy letal" durante los próximos 20 años. Obama tiene un resonante mandato, pero las encuestas muestran que el 60% de los estadounidenses quiere que el nuevo presidente enfoque su acción en los temas internos y sólo 21% en los del exterior. En política exterior no podrá usar todos los instrumentos familiares y musculares del poder que estuvieron a disposición de sus antecesores, porque la maquinaria militar del país, así como la financiera, están fatigadas.
RIESGO. Un punto luminoso es que la promesa de Obama de retirar la mayoría de las fuerzas de combate de Irak, en mayo de 2010, parece más realizable ahora que cuando comenzó la campaña electoral. El refuerzo de tropas que hizo Bush y la explotación de la respuesta de los sunitas contra Al Qaeda redujeron la tasa de muertes este año. Estados Unidos, por fin, entrenó a un Ejército iraquí medianamente competente, que ha robustecido la confianza del gobierno de Irak.
De cualquier manera, Irak se encuentra lejos de la estabilidad. La calma actual engaña. El gobierno está dominado por shiítas que nunca aceptaron un lugar suficientemente grande para los sunitas que dominaron en otros tiempos, ni resolvieron una explosiva divergencia con los kurdos por el control de Kirkuk. Si estas fallas no son arregladas, la guerra civil podría reanudarse. Obama puede estar tentado a una retirada mientras la situación está mejor, y anotarse una "victoria" lograda principalmente en el mandato de Bush. Sin embargo, una salida demasiado rápida puede convertirse en el catalizador de una nueva masacre.
Ha prometido hacer todo lo posible para impedir que los iraníes adquieran una bomba nuclear. Debido a que las amenazas de usar la fuerza que hizo Bush y las sanciones económicas no lograron que Irán dejara de enriquecer uranio, Obama puede intentar una hazaña diplomática, buscando el acercamiento. Dice que Estados Unidos debe tener voluntad de hablar con los enemigos, incluido Irán. Estados Unidos e Irán tienen algunos intereses en común, incluyendo exportaciones de energía del Golfo, un Irak estable y hostilidad contra los talibán, en Afganistán. Si Irán está en paz con Estados Unidos, podría abandonar su ambición nuclear, terminar de exhortar a la disolución de Israel y poner fin a su apoyo a grupos como Hamas y Hezbolá, que también quieren destruir a Israel.
Es una teoría seductora. Las intenciones de Irán son difíciles de descifrar. ¿Valora tanto las buenas relaciones con Estados Unidos para dejar de lado su ambición nuclear y aceptar a Israel? ¿Cuánta influencia exigiría a cambio? Al haber visto a Bush fracasar, ¿estima que el poderío estadounidense está en declinación y ve una oportunidad de dominar en Medio Oriente sin hacer concesiones? Obama deberá estar atento ante el riesgo de que Irán genere el diálogo, mientras continúe haciendo girar las centrífugas que producen el combustible que puede ser enriquecido para una bomba.
DELICADO. En la campaña electoral, Obama reiteró el habitual apoyo de Estados Unidos a Israel ("un concepto fundamentalmente justo") y calificó a su seguridad de sacrosanta. Al mismo tiempo, ha mostrado más simpatía que la mayoría de sus antecesores por las penurias de los palestinos, quizás influido por la amistad que forjó en Chicago con Rashid Khalidi, un prominente académico. Si Obama puede transformar el apoyo a Israel y la empatía por los palestinos en una inicitiva de paz, es otro tema. La historia señala que los presidentes que abordan este problema muy avanzado su mandato, no logran resultados. Hasta los presidentes que hacen el gran esfuerzo pueden fracasar. La frustrada cumbre realizada por Bill Clinton en Camp David, en 2000, todavía persigue a los posibles promotores de la paz. A la luz de ese fracaso, la Intifada palestina incendió a Israel y los territorios ocupados.
El escenario que enfrentará Obama es más tranquilo, aunque las condiciones no son más propicias para la diplomacia.
Las elecciones en Israel, fijadas para febrero, pueden hacer volver a un gobierno "halcón" de la derecha religiosa en reemplazo del centrista Kadima. En otros tiempos, Yasser Arafat habló por la mayoría de los palestinos, pero ahora éstos se encuentran divididos entre Hamas y Fatah.
Quizás Obama juzgará mas sensato concentrarse primero en buscar un acuerdo con Irán o separar a Siria de Irán, logrando que Israel devuelva las Alturas del Golán, antes de agarrar la espina del conflicto con los palestinos. La inestabilidad existente de Medio Oriente a Pakistán dominará la atención del novel gobernante.
En términos globales, aparece un desafío mucho mayor. A fines del Siglo XIX, Gran Bretaña era la superpotencia del mundo. A fines del Siglo XX, lo era Estados Unidos. La transición fue precedida de dos guerras mundiales. En algún momento del corriente siglo, el equilibrio de poder cambiará de nuevo. Obama hereda un mundo de apremiantes problemas. Sin embargo, a medida que los aborde, tendrá que mantener la mirada atenta en un juego de más largo plazo: cómo prepararse para el día que Estados Unidos no sea la única superpotencia y solo la primera o quizás la segunda entre varias grandes potencias.
Conducir esa transición de manera pacífica y seguir promoviendo el libre mercado y la democracia liberal serán el sello de un verdadero gran presidente para el Siglo XXI.
72 Los días que faltan para que Barack Obama se transforme en el primer presidente negro de Estados Unidos.
175 Son los miles de millones de dólares del plan de estímulo a la economía que impulsa Barack Obama como primera acción.
Por ahora, con cautela ante Rusia
Barack Obama tuvo una reacción de cautela ante la reciente acción militar de Rusia en Georgia. Esa postura sugiere que está ajustando la estrategia para la relación con el Kremlin.
Los analistas no lo critican por ese punto, debido a que los máximos expertos todavía están descifrando la desafiante actitud de Rusia bajo la conducción de Dmitry Medvedev y Vladimir Putin.
Hay voces que exhortan a Obama a asumir una línea dura ante Rusia, pero el presidente electo no ha expuesto hasta ahora lo que hará.
Las relaciones con la Unión Europea y otras naciones de ese continente serán armoniosas durante el mandato de Obama. Se espera cooperación en temas políticos y económicos.
La dificultad surgiría si pide a los europeos que envíen más tropas a Afganistán. Es una guerra impopular en ese continente.
China está en el radar de hechos inquietantes
El ascenso de Asia significa que el Siglo XXI no estará dominado, como ocurrió en el anterior, por las potencias atlánticas. Sin duda, Estados Unidos es la fuerza militar más poderosa del mundo y con la Unión Europea tienen las economías más grandes del planeta. Si bien el principal objetivo inmediato de China, a raíz de los dolores que causa el crecimiento, es preservar la estabilidad, su economía podría superar a la de Estados Unidos en 2030. El Director de Inteligencia estadounidense pronostica que China comenzará a ser un poder militar global en 2025.
Un presidente con visión de largo plazo, debe asegurar que, en el momento en que China llegue a su pleno poderío, Estados Unidos y las otras potencias en ascenso, deben estar en un sistema internacional justo, que permita que Occidente siga prosperando. Eso requerirá reformas en instituciones como Naciones Unidas y el FMI, y un cambio de mentalidad en Estados Unidos.
Una de las tareas de Obama será evitar que el Congreso se refugie en el proteccionismo y en fustigar a China, mientras la economía estadounidense se enlentece. La posibilidad de cooperar con China será dificultada, no sólo por conflictos de intereses, sino también por valores. Obama no podrá ignorar que China es autoritaria y que Japón y Corea del Sur dependen de Estados Unidos para defender su libertad si un día China se vuelve agresiva. The economist