Presidente Obama

Antonio Mercader

El triunfo de Barack Obama reedita hoy el viejo sueño norteamericano de la igualdad de oportunidades. Muestra que cualquiera, incluso un negro de cuna humilde, puede ascender a las alturas si es capaz de aprovechar las ventajas del sistema educativo de Estados Unidos y las facilidades que ofrece el país en materia de movilidad social. Detrás de su éxito hay millares de jóvenes demócratas que, con un fervor desconocido desde los tiempos de John Kennedy, militaron sin pausa, recaudaron fondos como nunca antes y abogaron por la causa del senador de Illinois.

Enfrentados al "establishment" dominado por la dupla Bush-Cheney, opuestos a muerte a la guerra en Irak, desconformes con la burocracia de Washington, encontraron a su campeón en Obama. Fue amor a primera vista desde que el debutante senador llamó la atención de la nación entera con los brillos de su oratoria en la convención del Partido Demócrata que, cuatro años atrás, proclamó a John Kerry como candidato presidencial. Desde entonces, no le perdieron pisada y cuando llegó la hora de pelear en las internas del partido, esos jóvenes alzaron su nombre y apostaron a derrotar a quien parecía imbatible, Hillary Clinton.

El irresistible avance de Obama en su lucha contra la maquinaria de los Clinton, probó que él no era el clásico candidato anti-sistema, el idealista puro y duro que arremete contra los molinos de viento sabiendo que será imposible vencer, pero inspirado en la consigna de marcar a fuego a sus poderosos rivales. Desde el comienzo de su campaña en las primarias, Obama dio la sensación de ser un fondista, alguien que iba a más, dotado como estaba de un atributo que lo distinguía de los demás candidatos: fue de los pocos senadores que se opuso de entrada y sin concesiones a la intervención armada de EE.UU. en Irak.

Se convirtió así en el portaestandarte de la ola antibelicista que fue creciendo en todo el país hasta convertirse en un tsunami incontenible. A la vez, se transformó en la imagen del cambio, esa palabra de mágicas resonancias en cualquier elección doquiera se celebre.

John McCain, quien callado y quieto, demasiado quieto, apostó al desgaste de Obama en su cuerpo a cuerpo con Hillary, terminó haciendo, con sus 72 años y su filiación republicana, un terrible contraste con el atlético senador que fascinaba al público dentro y fuera del país. Además, McCain no pudo desprenderse nunca del abrazo de Bush.

Es cierto que la debacle de los créditos hipotecarios primero, y de los mercados financieros después, le dieron una mano a la campaña de Obama. Y que las limitaciones de McCain, más algunos errores -su sobresalto cuando la crisis en Wall Street, la opción por Sarah Palin como vice, por citar dos de ellos- dejaron al viejo héroe de guerra atrás en las encuestas. Al final, quienquiera los vio frente a frente en los tres debates televisados pudo calibrar a un Obama superior, con pasta de presidente, serenidad y buen juicio, que sorteó los trances sonriente y sin apuros.

Su consagración en las urnas prueba que la democracia estadounidense goza de buena salud y que está apta para renovarse en momentos difíciles como los actuales. Prueba también que la mayoría del pueblo norteamericano no es conservadora, sino que es capaz de asumir el riesgo de votar a un novel senador cuya real personalidad no ha revelado aún todas sus facetas. Y por último, prueba que el electorado es menos racista que lo previsto, al punto que, a cuatro décadas del sueño de Martin Luther King, un negro será el nuevo inquilino de la Casa Blanca.

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