MATÍAS CASTRO
En la esquina del diario, en Zelmar Michelini y San José, se para cada dos por tres un tipo que vive en la calle y se pone a cantar. Sucio y desprolijo (¿qué otra cosa se podía esperar?) canta en voz lo suficientemente alta como para ser escuchado a más de media cuadra. El único que reaccionó a sus melodías, hasta donde pude ver, es otro hombre de la calle. Sentado en la vereda le gritaba "Calláte", el día que me los crucé. El resto de las veces que he visto a este cantor, estaba solo, y eso incluye a los que pasábamos a su alrededor.
En el otro extremo (y esto no es una reivindicación social ni nada por el estilo), Claudia Fernández volvió a conquistar los medios en esta semana. Por una parte anunció que está dedicada por completo a la planificación de su vida familiar, junto a su futuro esposo. Por el otro en estos días corrió el rumor de que podría convertirse en candidata a diputada por el Partido Nacional. Eso es ser verdaderamente un ganador en esta vida: la eliminación de Bailando por un sueño no fue una derrota, sino una anécdota más.
Claudia ya conquistó la montaña. Ya pasó la etapa de pedir espacios, pedir una y mil veces entrevistas con productores teatrales, comerse las uñas por la incertidumbre de querer entrar en un medio sin saber si se podrá, y de tratar de llamar la atención como se pueda para atraer la mirada de quien pueda ayudar en la carrera.
El tipo que canta en la esquina del diario está exactamente en las antípodas. Se podría decir que está mal de la cabeza, después de todo, uno no canta en la calle a viva voz. Pero ese gesto extraño, que hasta puede poner nervioso a algún desprevenido, es la única forma que tiene de llamar la atención sobre su existencia y hacer que los demás veamos que está ahí. Son los segundos de fama de quien está muy abajo.