JORGE ABBONDANZA
Son bestias inocentes, pero el hombre las mata por deporte (como a los toros), las mata para ataviarse (como a los visones), las mata para devorarlas (como a las vacas), las mata por el macabro placer de la caza (como a los ciervos). Los peces que nos gusta comer mueren lentamente por asfixia, los vacunos son matados a martillazos, los cerdos que también saboreamos agonizan chillando de espanto y de dolor antes de convertirse en jamones, las langostas de mar -ese manjar- son quemadas vivas en agua hirviendo, miles de perros mueren diariamente en Asia bajo el filo de los carniceros porque también integran el menú de los consumidores, por no hablar de los tétricos campos de exterminio que son los criaderos de pollos. Esa matanza permite que buena parte de los 6.300.000.000 de personas se sienten a la mesa de mañana y de noche, empuñando el tenedor y el cuchillo.
Pero el hambre del género humano compite con otras amenazas mortales que penden sobre los animales. Por culpa de la destrucción de los ecosistemas (el ritmo vertiginoso de la tala de bosques, por ejemplo), del aumento de las temperaturas globales y de la caza furtiva, corren peligro de extinción 1.141 de las 5.487 especies de mamíferos que pueblan el planeta, desde el lince ibérico o la chinchilla hasta el venado de los pantanos o el gato andino.
Sin embargo los mamíferos son apenas una parte del reino animal, en el que se registran 44.838 especies, de las cuales 16.928 están en riesgo de desaparecer (3.246 de ellas en la categoría de "peligro máximo"). Esos datos integran la Lista Roja de Especies Amenazadas, que dio a conocer la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza en el congreso mundial que realizó la semana pasada en Barcelona.
Mientras tanto, la humanidad mantiene sus hábitos depredadores. Anualmente, sólo en Europa se sacrifican (o torturan) once millones de mamíferos en experimentos científicos para desarrollar cosméticos o medicamentos que luego tendrán uso humano. Y eso ocurre a pesar de las protestas de los grupos defensores de animales, cuya investigación permite saber que diez de los once millones de criaturas sacrificadas "sufrieron y murieron innecesariamente". En Brasil y en España se practican tradiciones populares que consisten en empujar a un buey para que se desbarranque por un acantilado o en matar a un burro a pedradas. Pero en Dinamarca pasa algo todavía más horripilante. Todos los veranos en las islas Feroe, cientos de delfines y ballenas son arreados hacia una bahía donde los jóvenes proceden a matarlos a sangre fría con ganchos y sierras, "para demostrar su coraje y su virilidad". Nadie parece pensar en el padecimiento de los animales cuando asiste a una corrida de toros, cuando tolera fiestas populares que también son asesinas, cuando comparte esa repugnante costumbre dinamarquesa, cuando carga la escopeta de caza o cuando ve pasar por Montevideo los miles de carros hurgadores tirados por caballos que no dan más. Todo ello sucede en un mundo civilizado, donde al hombre -esa otra bestia- le cuesta ver más allá de la punta de su nariz.