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A gran altura sobre el Mar de Bering, donde el oscuro cielo del Ártico hace una curva hacia Alaska, bombarderos rusos TU-95 avanzaron para liquidar su objetivo. A 11.000 kilómetros de distancia en las cálidas aguas de Florida, un escuadrón naval, ruso también, se acercaba con una carga de megatones de armas nucleares como jamás pudieron soñar los cubanos durante la crisis de los misiles de 1962.
El objetivo de Rusia: enlazar con las fuerzas militares del venezolano Hugo Chávez, quien se presenta a sí mismo como el sucesor de Fidel Castro para liderar la hostilidad hemisférica contra EE.UU.
El escritor de novelas de suspenso geopolíticas, Tom Clancy, podría pintar ese escenario. Miradas al pasado reciente pueden proveer el contexto: la invasión punitiva de la pequeña Georgia por tropas rusas en el último verano del hemisferio norte; el desfile de tanques y misiles en la Plaza Roja, en mayo pasado; las arcas repletas de cientos de miles de millones de dólares pagados por Europa occidental que es adicta al gas y el petróleo de Rusia; y la promesa del ex agente del KGB, ex presidente y actual primer ministro, Vladimir Putin, de usar ese botín de guerra para crear una poderosa maquinaria militar. Clancy podría presentar todos esos elementos como las vísperas de la Tercera Guerra Mundial. Sin embargo, el vocero del Departamento de Estado, Sean McCormack, hizo que las últimas operaciones rusas sobre el Ártico y el Caribe, denominadas "Estabilidad 2008", parecieran casi un chiste. En tono despectivo por la debilidad de la flota rusa que navega hacia Venezuela, McCormack dijo: "Veremos si realmente pueden llegar. Alguien me comentó que los acompaña un remolcador en caso de que tengan desperfectos".
No todo es lo que parece en la nueva Guerra Fría, si es que ésta existe. Rusia no es la Unión Soviética. Y las potencias de Occidente no quieren ser llevadas a un juego de engaño que solo aumentará el prestigio de Putin. "Una guerra fría es suficiente", le dijo el ministro de Defensa de Estados Unidos, Robert Gates a Putin, en una conferencia realizada, el año pasado, en Alemania. Durante demasiados años, la Casa Blanca miró al mundo a través de un lente crudo y dialéctico: "con nosotros o contra nosotros", "guerra o apaciguamiento". Desde que Robert Gates asumió en el Ministerio de Defensa, a fines de 2006, exigió al gobierno, que estaba en declinación, "una combinación pragmática de decisión y contención". Por su parte, la secretaria de Estado, Condoleezza Rice, habla de un "realismo estadounidense único". Tiene un tinte ideológico idealista que favorece a amigos y aliados que comparten los valores de Occidente. Pero, habiendo dicho eso, el tipo de realismo de Rice admite rápidamente que una Rusia autócrata, y en ese sentido también China, sean aceptadas como competitivas en algunos temas y abrazadas como cooperativas, en otros.
El enfoque se retrotrae 60 años cuando el profesor de la Universidad de Chicago, Hans J. Morgenthau, encabezó la que fue conocida como una escuela realista de relaciones internacionales. "La política exterior debe ser conducida de manera que haga posible preservar la paz y no convierta al estallido de la guerra en algo inevitable", escribió. Moderado y razonable, insistió en mirar la escena política desde el enfoque de otras naciones y promovió el compromiso en los temas que no son absolutamente vitales para el bienestar de un país.
Los enfoques de esas características siempre fueron difíciles de exponer a los ciudadanos de EE.UU. En especial después de la invasión a Georgia, los estadounidenses tienden a prepararse para confrontaciones definitivas. Hablar de responder con lo que Gates llama "herramientas no militares de poder nacional" suena blando. Pero, cuando hay predominio del poder, se puede administrar los recursos y contener al adversario.
Eso era lo que decía McCormack al referirse a la desvencijada flota de Rusia. Moscú no es la amenaza que aparenta. Con más de 5.000 cabezas nucleares y en su condición de mayor exportador de energía del mundo, no puede ser llamado un tigre de papel, ni militar ni económicamente. Pero, en los dos aspectos, es un oso disfuncional. "Las fuerzas armadas rusas ladran mucho más de lo que muerden", dice Alexander Kliment, analista de la consultora Eurasia Group. Durante la Guerra Fría, Occidente tuvo a las armas nucleares como un elemento que igualaba, respaldando a una fuerza convencional inferior. Eso es lo que los rusos hacen ahora. Desde el colapso de la Unión Soviética, el país invirtió la mayor parte de sus recursos de defensa para mantener sus armas nucleares, mientras dejó deteriorar a las fuerzas convencionales. "Ahora, es veinte años después", dice Kliment. "La mayor parte de la Armada rusa se herrumbra en el dique seco". Tiene un solo portaaviones, en comparación con una docena de la flota estadounidense. Cuenta con 1,2 millones de soldados, lo que representa la cuarta parte que en 1986 y la moral es baja. "Un soldado ruso tiene menos derechos que un prisionero ruso", señala Valentina Melnikova, quien lidera la Unión de Madres de Soldados.
CAMBIOS. Putin prometió sumas millonarias para resolver algunos de los problemas de la estructura militar. En el frente financiero, su gobierno formó una enorme reserva de unos US$ 600.000 millones en moneda extranjera durante los últimos nueve años. Pero, esos recursos pueden ser necesarios ahora para impedir el desastre económico y no para volver a crear la vieja maquinaria de guerra. La suerte de Rusia está unida a los volátiles precios del petróleo y el gas, los que están en aguda declinación, debido a la crisis económica. Los mercados rusos comenzaron a sufrir una hemorragia de capitales antes del enfrentamiento con Georgia y luego recibieron golpes masivos cuando las repercusiones de la crisis global de crédito se sintieron a lo largo del país. Las bolsas de valores rusas tuvieron que suspender las operaciones varias veces. La semana pasada, cayeron 21% en un día. Antes de la actual crisis, la escala de la economía de Rusia, de US$ 1,3 billones estaba a la par de las de México y Brasil y muy por detrás de China (US$ 3.3 billones) y Estados Unidos (US$ 13.8 billones).
El segundo punto destacado es el papel de la OTAN y la Unión Europea en la transformación del viejo bloque del Este en una colección de países democráticos con creciente prosperidad y de aliados firmes que comparten los valores de EE.UU. En la década de los `90, OTAN encontraba dificultades para justificar la idea central que determinaba su existencia.
El fundamento de Europa occidental para la alianza después de la Segunda Guerra Mundial fue "mantener a los estadounidenses adentro, a los rusos afuera y a los alemanes abajo". La caída del Muro de Berlín puso punto final a ese juego. No habría más guerras europeas como las que suscitaron la creación de la OTAN, por lo que la alianza debería adaptarse a conflictos pequeños. Esas pequeñas guerras no tardaron en aparecer. Primero fue Kosovo, en 1999, en lo que constituyó una victoria rápida y relativamente limpia, luego Afganistán, en una lucha que continúa desde hace siete años y se hace más fea cada día.
SEÑUELO. La historia del poder blando de OTAN fue diferente. El colapso de la Unión Soviética dejó un vacío en Europa Central, y OTAN se apresuró a llenarlo, no con tropas, sino mediante ideas sobre la buena gobernabilidad y las sociedades democráticas. Para los nuevos gobiernos vulnerables, la alianza presentó la tentadora perspectiva de incorporarse como miembros con garantías de ser defendidos. Pero, eso tuvo su precio. De acuerdo con lo que señaló Ronald Asmus, ex subsecretario de Estado para Europa, en la década de los `90, "la administración, a conciencia, utilizó la eventual membresía en OTAN como señuelo para alentar a las naciones de Europa Central y Oriental a que consoliden las reformas política y económica, resuelvan los temas de las minorías y las disputas fronterizas, y establezcan controles civiles de los militares". La ampliación de OTAN fue impulsada por valores y no por motivos militares, indicó Asmus. A medida que la UE también amplió su número de miembros, las fronteras de Occidente fueron empujadas 1.600 kilómetros al Este. "No hubo ni un disparo, ni se desplegó siquiera una brigada. El poder blando había triunfado", graficó.
OTAN intentó desalentar a sus nuevos socios de embarcarse en campañas para fortalecer la capacidad de librar guerras convencionales, debido a que podían parecer una provocación a Moscú. Una guerra con Rusia, sin importar el grado de debilidad del Kremlin, no era lo que quería Bruselas. En efecto, EE.UU. intentaba que los nuevos miembros de OTAN llenaran lugares útiles de su extendida "guerra contra el terrorismo", ya fuera en Irak o Afganistán. Pero, los aspirantes, de manera inevitable, vieron su entrenamiento bajo una luz diferente. En definitiva, sus rencillas eran contra Rusia.
Georgia se convirtió en un caso central de esa animosidad creciente y de la máxima de Morgenthau de "nunca permitir que un aliado débil tome las decisiones por otros". Si bien el pequeño país del Cáucaso no era miembro de OTAN, los entrenadores militares de EE.UU. estaban enseñando a las tropas locales las tácticas básicas de operaciones de contrainsurgencia. En un estremecedor error de cálculo, el presidente de Georgia, Mihail Saakashvili, prestando demasiada atención a los comentarios sobre "valores comunes" con Occidente, tomó la decisión de atacar las posiciones rebeldes en Osetia del Sur, lo que llevó a los rusos a actuar para aliviar a sus aliados. OTAN dio un paso atrás. Las fuerzas militares de Moscú pasaron por arriba a las tropas georgianas.
Desde ese momento, quienes actúan con realismo, han mantenido el rumbo y los hechos los han fortalecido. Ni bien comenzó la lucha, EE.UU, OTAN y la UE demostraron apertura para asumir un compromiso con un gobierno ruso sensible -un papel que el presidente Dmitri Medvedev asumió con rapidez- aunque mostraron desprecio por el oso espantado. Gates dijo en una conferencia en el Palacio Blenheim, donde nació el bulldog de los realistas, Winston Churchill, que Georgia sería reconstruida con US$ 1.000 millones aportados por Washington, para ayudarlo en su camino. Sus vínculos con Occidente serían fortalecidos. Pero, "Rusia enfrenta una decisión: ser un socio plenamente integrado y responsable en la comunidad internacional, lo que sería bienvenido o quedar como una nación asilada y en antagonismo, vista por la mayor parte del mundo como poco más que una estación de servicio para Europa".
RODEADO. El sector que responde a Medvedev parece haber optado por reintegrarse y no aislarse. Hace dos semanas, las tropas rusas se retiraron de los puestos de control que habían establecido en la profundidad del territorio de Georgia, y retrocedieron a los enclaves en disputa, donde estaban antes de la guerra. Sin embargo, la tensión se mantendrá, por lo menos, mientras la expansión de OTAN continúe, y progrese el rodeo de Rusia política y no militarmente.
En cualquier dirección que Moscú mire, sus vecinos (ex provincias y satélites) firmaron Planes de Asociación y Acción, que constituyen el primer paso hacia su incorporación al club militar en Bruselas. Desde que Georgia firmó en 2004, Azerbaiyán, Armenia, Moldavia y Kazajistán, también lo hicieron. Están a larga distancia del Atlántico Norte, pero justo en el medio del Exterior Cercano.
Desde los combates en Georgia, a OTAN le resulta más difícil eludir sus compromisos con los nuevos miembros. París, Londres y Washington pueden sostener que no ven a los rusos como sus adversarios, pero los países del Báltico sí los ven, y están haciendo esfuerzos por planes de defensa terrestre concretos que nunca antes tuvieron de OTAN. Mientras, pese a la moderación de Mevedev, los halcones de la televisión estatal rusa continúan proclamando el poderío militar demostrado por los ejercicios Estabilidad 2008.
Los hombres fuertes del Kremlin parecían decididos a mostrar que si Estados Unidos y OTAN pueden jugar en el patio trasero de Rusia, ésta, a su vez, puede jugar en el patrio trasero de Estados Unidos. Por tanto, la flota encabezada por el crucero misilístico de la clase Kirov, Pyotr Veliky (Pedro el Grande) sigue navegando hacia Caracas. Y, según los últimos informes, también lo hace el remolcador.
Juventud está entre la música electrónica y Stalin
Moscú | Son las 20.00 horas de un jueves cualquiera en Moscú. En el céntrico pub Pancho Villa, las bellas jóvenes rusas copan la larga barra y otras parejas de amigos y jóvenes comen tacos en las mesas, mientras un grupo toca en vivo la canción "Colegiala".
Cerca de las 20:30 horas, la samba irrumpe por los parlantes. Los jóvenes se paran de sus asientos y se van al centro de la pista para bailar junto a un animador brasileño y a una rusa que viste un mínimo traje rojo. La cerveza corre -cada una cuesta 150 rublos (US$ 6)-. La fiesta no se detendrá hasta dentro de varias horas.
Esa misma noche, otros jóvenes se inclinan por ir a bailar música electrónica o lo más nuevo de la escena neoyorquina o europea. Los más tranquilos prefieren juntarse en uno de los café Starbucks -o de otras cadenas extranjeras que mantienen sus puertas abiertas durante las 24 horas del día-. Algunos se juntan a conversar, pero otros prefieren ir sólo con la compañía de sus notebooks para trabajar o estudiar.
El caso de la bella Genia, una rubia de 22 años que vive en San Petersburgo, es distinto. No todas las noches puede salir. "Trabajo como mesera de este café hasta las 6 de la mañana. Lo tengo que hacer para pagar mis estudios de telecomunicaciones", explica. Pero cuando tiene una noche libre, tiene claro donde ir: el club 3L, exclusivo para gays y lesbianas en "Venecia del Norte".
Los jóvenes rusos viven y se divierten como cualquier occidental en Nueva York, París, Madrid o cualquier otra capital. "Claro que sí, si geográficamente estamos en Europa", dice Paulina Strukacheva, una joven moscovita.
También tienen los mismos problemas que los jóvenes occidentales, como el alcoholismo. Sólo el año pasado murieron 90 mil ciudadanos víctimas de esa enfermedad. Pero aunque viven al "estilo occidental", no han olvidado su pasado soviético. Según una encuesta que el Centro de Estudios Levada hizo en 2007 a rusos de entre 16 y 29 años, el 63% cree que el colapso soviético fue la más grande catástrofe geopolítica del siglo XX y el 54% piensa que Stalin realizó más cosas buenas que malas. La razón de sus respuestas podría estar en el nacionalismo ruso que resurgió junto al gobierno de Vladimir Putin. Además, el 64% de los jóvenes utiliza las palabras "enemigo" o "rival" para describir a Washington. "La política de EE.UU. es la de un enemigo. Los misiles que quieren poner en República Checa y Polonia, ¿son en contra de quién? En los tiempos de Gorbachov apareció una política en la que Washington era amigo de nosotros. Pero en 1998, cuando comenzaron a bombardear Yugoslavia y Rusia protestaba, a Washington no le importó. Después vino Irak. Ahí entendimos que un imperio como EE.UU. no tiene amigos", afirma con seguridad Paulina.
Y concluye: "Cuando Rusia sufría una grave crisis económica y era débil, EE.UU. habló mucho sobre nuestra amistad. Pero ahora que Rusia se levantó, la amistad se terminó. Y es normal, porque Rusia otra vez empieza a ser un imperio". el mercurio/gda