Desnudos en el cine

MIGUEL CARBAJAL

Hace cincuenta años Isabel Sarli se dio el baño sin ropa en "El trueno entre las hojas", un film de Armando Bo basado en un cuento de Augusto Roa Bastos. En el operativo hubo mucha agua y jabón, algunas hojas y las famosas curvas de la actriz en su debut en cueros.

Visto en perspectiva resultó un atrevimiento virtual. Coca Sarli viajaba todavía en compañía de su madre, totalmente al margen de los exhibicionismos que iba a protagonizar su hija en paisaje paraguayo.

Tampoco la Sarli estaba preparada para una confrontación total con su público. Lo que vendría luego (aunque desnudo integral nunca existió), cuando se consolidara la relación entre el director y su pupila, entrara a jugar la censura en la Argentina y la pareja lograra un éxito interesante en los cines "hard" que festonean el circuito de Estados Unidos.

No fue el primer desnudo del cine, pero los argentinos así lo asumen con ese complejo de Maradona que aqueja a un pueblo inteligente que adora equivocarse. Cuando Sarli se despoja de prendas y concreta su carrera kitsch, hace medio siglo que los desnudos, de alguna manera otra, han aparecido en el mundo del espectáculo.

De los primeros y mucho más explícitos son las postales "cochon" francesas en donde alternan las prostitutas con señores (de cara oculta) que resuelven ganarse unos francos extra.

Es en ese momento, y en los desplantes cortesanos, que Francia asienta su imagen de país liberal. La fama se mantuvo, intacta, hasta en la época en que Martine Carol enardecía las plateas masculinas en películas inocentes a las que ella dotaba de una segunda intención. Ella fue la actriz más promiscua del cine, aunque Brigitte Bardott reinara desde la época en que se empapó una camisola de lino en "Y Dios creó a la mujer" y luego mantuviera el rito privado de desnudarse ante los fotógrafos en todos sus cumpleaños.

Verdadera antecesora de la Sarli fue la austríaca Hedy Lamarr. Era una belleza de rasgos finos y ojos muy claros cuando concretó la maratón sin vestimenta que la hizo notoria en "Éxtasis", en 1933, logrando que Hollywood se interesara en ella. Pero la historia venía de más atrás.

Si los protagonistas de "May Irvin-John Rice Kis", donde aparece el primer beso que capta el cine, tenían intenciones más aviesas, se hubiera necesitado en 1896, un largo metraje completo para conseguir sacarse la ropa que llevaba la actriz que parecía tener 50 años de los de antes (no los de Madonna), cuando en realidad era una veinteañera. Vestida con una prenda de franela con corte de camisón que le llega hasta el mentón y le arropa el cuello, luce invulnerable.

El actor va hasta de corbata y camisa almidonada. Ese sí fue un escándalo y no los falsos acaloramientos de la Sarli, que fue aumentando su busto a medida que le agregaba kilos a figura sin silicona. Tenía mucha carne, la mostraba bastante, pero lo que la convirtió en un parámetro cinematográfico fue el humor involuntario del director y la voz desprovista de deseo de la actriz.

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